
Hablando de veranos, no existe ninguno como el nuestro. El yucateco, y esto ocurre desde antaño, por ejemplo desde las décadas de 1950 y 1960. El verano no era una simple pausa en el calendario, sino un ritual de transición conocido popularmente como «la temporada».
Al llegar el mes de julio, la cotidianidad de la capital yucateca se suspendía para dar paso a un éxodo masivo hacia los puertos de Progreso, Chicxulub y Telchac. Esta mudanza no era un viaje ligero de fin de semana; implicaba empacar la vida entera para instalarse frente al Golfo de México durante dos meses completos, transformando las playas en un bullicioso mosaico de reencuentros familiares, descanso y tradición.
La gran odisea comenzaba semanas antes con los preparativos del viaje, una travesía que en aquellos años constituía una verdadera aventura familiar. Quienes elegían el ferrocarril abarrotaban la antigua estación central de Mérida. Entre el vapor de la locomotora y el crujido de los vagones, las familias se acomodaban en los asientos de madera cargando maletas, canastas con comida y los infaltables bastidores para colgar las hamacas. El trayecto hacia Progreso estaba marcado por el paisaje cambiante de los plantíos de henequén y el inconfundible olor a salitre que anunciaba la cercanía del mar.
Por otro lado, quienes optaban por la carretera se aventuraban en los icónicos camiones de pasaje de la época. Estos vehículos viajaban con el cupo al límite, llevando en el techo montañas de equipaje, colchones y mudanzas enteras amarradas con sogas. Era común que, a mitad de la vía a Progreso, los motores hirvieran debido al calor extremo de la península. Lejos de ser una tragedia, estas paradas forzadas a la orilla del camino se convertían en momentos de convivencia donde los pasajeros bajaban a refrescarse a la sombra de los árboles, compartiendo agua de horchata y pláticas mientras el chofer enfriaba el radiador.
Al llegar al puerto, el ritmo del tiempo se ralentizaba. La vida veraniega transcurría entre madrugadas de pesca y largas mañanas en el mar, donde los bañistas, vistiendo las tradicionales «calzoneras» de tela gruesa, nadaban hacia las lanchas de madera de los pescadores locales. Las tardes pertenecían a los sabores de la costa: el pescado frito recién salido del sartén, los cocos fríos y las famosas cremitas que los vendedores ambulantes anunciaban a viva voz por la arena. Los jóvenes encontraban su espacio recolectando conchitas en la orilla o buscando pequeños cangrejos para usar como carnada en los muelles de madera.
Cuando el sol se ocultaba y la brisa marina refrescaba, las terrazas de las casas de madera, la comunidad se reunía para las actividades nocturnas. El malecón de Progreso cobraba vida con el paseo de las familias, el sonido de las ferias locales y la música de la época. En los hogares, bajo la luz tenue de las lámparas, el juego de la lotería unía a abuelos, padres e hijos en largas jornadas de risas y convivencia.
Aquellos veranos de mediados de siglo quedaron grabados en la memoria colectiva de vida como una época de sencillez, comunidad y una profunda conexión con el mar, una estampa dorada de un estado que aprendió a medir su felicidad a través de las olas y el vaivén de una hamaca frente a la playa.



