Cultura

Motul de antaño: la fiesta de julio

El gremio de zapateros dirigiéndose a la iglesia para la celebración de la misa (fotografía de Felipe Concha Alonzo).

Los dzirises, acompañados de sus papás, andaban alborotados en el salón de clases, un salón con muebles de madera que compartías con otro y se llamaban mesabancos ahora solo son silla individual con paleta. La maestra repartía las boletas de calificación a los padres por ser el fin del ciclo escolar, unos contentos y, unos pocos, tristes por haber reprobado. Los papás enojados con sus hijos reprobados.

Pero, a pesar de ello, estaban contentos ya que iniciaban dos meses de vacaciones y la fiesta del mes de julio, lo que significaba estrenar zapatos y ropa así como salir a la fiesta para disfrutar de los juegos mecánicos, los cochecitos, el remolino, la rueda de la fortuna y comprar en los puestos de venta que traían chácharas.

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Cada día había un gremio de diferentes agrupaciones religiosas que marchaban por las calles de la ciudad, adelante iba el que soltaba a los “voladores” (cohetes), seguido por las personas que cargaban los estandartes con la virgen bordada en el centro y las letras de la agrupación a la que pertenecían, la gente devota iba detrás; una charanga los acompañaba ya que amenizaba los eventos de los gremios con su clásica marcha y eso que nunca fueron a una escuela de música.

Los gremios más esperados siempre fueron y siguen siendo los de los Zapateros, Panaderos, Jornaleros, Mecánicos y Abastecedores; porque en las noches quemaban muchos juegos pirotécnicos como cipreses, voladores de luces, lluvia de colores, la famosa hilada que era una serie de petardos unidos a una mecha larga; y el tan esperado “torito”. Todo era algarabía y emoción.

El torito que será “soltado” para ser “quemado” (fotografía de Felipe Concha Alonzo).

El deporte extremo de los dzirises era tratar de robarse un petardo de la hilada para jugar con sus amigos al día siguiente en su casa o en la esquina donde se reunían a comentar las emociones de la noche anterior.

Las mejores noches era cuando se quemaba el “torito”, la adrenalina subía, todos vestidos de pantalones cortos, con zapatos o alpargatas, pero existía una gran camaradería sin importar si eras de la “casta divina de Motul” o eras pueblo de a pie, todos se divertían recogiendo los palos de los voladores. Mientras otros estaban vigilando que armen el toro y les avisaban a sus compañeros que se dividían los palos de los voladores que caían, para qué, quien sabe, pero era una emoción juntarlos.

Cuando el “torito” se armaba, se escuchaba a la charanga que anunciaba que el astado iba ser “soltado”, es decir, que alguien lo iba a halar, los espectadores buscaban refugio para no ser quemados por los buscapiés o barrapiés que salían disparados de forma aleatoria hacia todas direcciones.

Los chicuelos seguían al bovino que llevaba un arnés con una carga de cohetes de luces, latas llenas de barrapiés y petardos que recorría una distancia de 50 metros de ida y vuelta, pero sus barrapiés salían disparados a hacia diferentes direcciones, unos llegaban hasta el parque, y, otros, donde se encontraba la gente protegiéndose, pero los chiquitos, sin miedo lo seguían, era una forma de divertirse, sin medir las consecuencias, el caso era divertirse.

La “quema” del del torito, a ambos lados hay gente que disfruta del espectáculo de luces de la pirotecnia. (fotografía de Felipe Concha Alonzo).

Después, se reunían para juntar dinero y comprarse refrescos y unas tortas que compartían entre todos sin hacer a un lado a nadie, todo era compañerismo sin interés. Después, a jugar futbolitos o subir al carrusel descuidando al que recogía los boletos. Aventura tras aventura, nadie se quejaba, si uno se caía uno, no lloraba se ponía de pie y de nuevo a subirse, felices divirtiéndose.

Los sábados y domingos, cuando había corrida de toros en el improvisado coso taurino de palos, madera y huano, ¡se trataban de escabullir para ver al toro en acción y el público gritaba “Ole!” cuando el diestro hacia una “verónica”, el torero Chucho, era un héroe del redondel ya que sabía los pases como todo un gran diestro. Aunque no fuera una plaza de toros como La Venta en Madrid o la Monumental plaza de toros de México, en el tablado el espectáculo era emociónate y estaba lleno de espectadores disfrutando del arte de la tauromaquia. Si llovía, nadie se movía, se quedaban hasta el final de la corrida, en aquel entonces el tradicional tablado, se instalaba en la “alameda” (plaza cívica en honor a Felipe Carrillo Puerto).

Que días y noches de julio de eso tiempos, disfrutando de los juegos pirotécnicos, juegos mecánicos, la sidra Pino negra y las tortas populares de “El amigo Raúl”; otros comían salbutes de huevo con Arsenio.

La tristeza iniciaba cuando el centro quedaba vacío y en las noches ya no había eventos, todo era tristeza, el parque lucía solo, los más afortunados iban a Telchac Puerto de “temporada” y los otros no salían de sus casas a menos que sea con sus papás.

Vista del tablado donde se realizan las corridas de las fiestas tradicionales. (fotografía de Felipe Concha Alonzo).

Las tardes de agosto, venían a buscarte por tu amigo para estar con ellos unos días en el Puerto de “temporada” y a los que no iban a Telchac no les quedaba más remedio que ayudar en la casa barriendo el patio, repasando lo visto en clases, practicando la escritura y la lectura  o acompañar a tu mamá al mercado. Los más aventurados se escapaban de su casa para ir a “La Cancha” (bazar municipal) a leer los cuentos (revistas o comics) con don Will por 10 centavos.

En ocasiones, a riesgo de que te pegaran con la soga del lavado o del brazo de la hamaca, te aventurabas hasta el cenote “Sambulá” (en aquel entonces no tenía vigilancia), al tanque de “San Juan” o te ibas a la ex estación del ferrocarril, que tenía casi 10 de haber suspendido su servicio, te subías a algún vagón destrozado o lo que fueron los andenes, así como a las bodegas donde almacenaban el sosquil.

Si te portabas bien, te daban tu gastada de un peso, ibas al cine o a la matiné del domingo para ver las películas de Viruta y Capulina, del Santo y Blue Demon, El regreso del texano o Cantinflas. Comprabas un refresco y una torta de ensalada. A la salida comprabas pepitas y cacahuates que llevabas a tu casa.

En fin, qué tiempos aquellos…

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