Opiniones

La casa de las ventanas que sonríen

El título de este trabajo nació de un lugar entrañable: la casa que Susana Alexander tiene en Tlayacapan, Morelos, donde vive desde hace veinte años, rodeada de perros, de plantas con las que conversa y de un solar poblado de árboles que cada día vuelven a deslumbrarla.

Es una casa abierta a la luz. Hay ventanas por todas partes, y ninguna parece mirar hacia un sitio indiferente. Una se abre a la montaña; otra, al cielo; alguna más descubre un jardín, el follaje de los árboles o uno de esos pequeños rincones donde la naturaleza parece haberse detenido. Cada ventana encuadra su propio paisaje y convierte lo cotidiano en una imagen distinta.

rel="nofollow"

Quizá por eso Susana la llamó La casa de las ventanas que ríen. Porque allí las ventanas no sólo dejan entrar la luz: parecen celebrar lo que miran.

En ese pequeño paraíso de dos mil metros cuadrados transcurre hoy buena parte de su vida. Allí ha aprendido también otra forma de compañía y de soledad. Julián y Tatiana, sus dos hijos, han seguido sus propios caminos, absorbidos por sus profesiones, sus familias y las exigencias naturales de sus vidas. Y Susana permanece entre sus perros, sus plantas, sus árboles y esas ventanas abiertas al mundo, en una casa donde la naturaleza parece acompañarla y donde, cada mañana, la luz vuelve a entrar como si fuera la primera vez.

Tiene 83 años y sube escaleras, camina todo su espacio, atiende a siete perros, que antes eran veinte, y habla con fluidez envidiable memorizando todo su pasado y señalando drásticamente su presente. Aunque se vale por si misma ha tenido que tomar la decisión de poner a la venta su casa y regresar a Ciudad México para llevar una nueva vida sin los animales que la acompañan y sin el panorama que le ha dado toda a energía que desborda en la entrevista que le ha hecho Matilde Obregón.

¿Qué ha sucedido? ¿Por qué ese cambio de rumbo? Llega un momento biológico en el que la valentía y la fuerza de voluntad no bastan para sostener al individuo, porque las articulaciones de las rodillas, de las caderas y la columna vertebral, ceden cambiando la morfología de la postura corporal y entonces aparecen el bastón, el burrito ortopédico, la silla de ruedas o la fuerza de otros cuerpos para ayudar a sostenernos, levantarnos, caminar y asearnos. Perdemos independencia y comenzamos a depender de algún tercero, sujeto u objeto.

¿Qué ha sucedido? ¿Por qué, después de veinte años, cambiar el rumbo?

Hay un momento en la vida en que la voluntad continúa intacta, pero el cuerpo comienza a imponer sus propias condiciones. La valentía ya no basta; tampoco el deseo de permanecer independientes. Las rodillas, las caderas, la columna vertebral van cediendo lentamente y modifican la postura del cuerpo. Entonces aparecen el bastón, el andador, la silla de ruedas o, sencillamente, los brazos de alguien más para ayudarnos a sostenernos, levantarnos, caminar o realizar los actos más íntimos y elementales de la vida cotidiana.

En el siglo XXI ya no siempre es posible confiar en el apoyo de algún familiar: o porque vive lejos de nuestra geografía; o porque sus propias responsabilidades absorben su tiempo y han transformado los vínculos familiares; o, sencillamente, porque no está dispuesto a asumir una responsabilidad tan grande y exigente como el cuidado de una persona de edad avanzada.

Susana Alexander, como miles de personas de la tercera edad, habrá de construir otra forma de vida y, acaso, también una nueva manera de habitar la soledad. ¿Vivirá en la Casa del Actor de la ANDA o en alguna estancia para adultos mayores? Cualquiera que sea su decisión, tiene algo fundamental a su favor: los recursos económicos para elegir y procurarse una vida digna y confortable.

Pero ¿qué sucede en Mérida cuando se llega a la tercera edad y no se tiene familia, o cuando esta no puede hacerse cargo de nuestros cuidados?

En los últimos años han surgido numerosas estancias dedicadas al cuidado y acompañamiento de los adultos mayores. Ofrecen habitación, alimentación, atención a la salud, actividades recreativas y, en algunos casos, servicios espirituales.

¿Son caras? Los precios varían considerablemente. Las hay de lujo, pero también existen opciones más accesibles. Y descubrí una modalidad particularmente interesante: algunas ofrecen hospedaje temporal por días, semanas o meses. Si una persona tiene a su cargo a un adulto mayor y necesita viajar o ausentarse durante algún tiempo, puede dejarlo al cuidado de una de estas estancias, con la tranquilidad de que recibirá atención mientras ella no se encuentre presente.

Descubrí algo más que me sorprendió todavía más: existen lugares que reciben a personas durante el periodo posoperatorio, especialmente cuando no tienen familiares que puedan —o quieran— hacerse cargo de sus cuidados. Cuentan con médicos, enfermeras, servicios de rehabilitación y atención especializada de acuerdo con las indicaciones del cirujano.

Todas estas realidades, que hasta hace poco desconocía, comenzaron a revelárseme a partir de una entrevista que vi con Susana Alexander. Su manera de enfrentar esta etapa de la vida, con lucidez, autonomía y sin dramatizar lo inevitable, me pareció digna de atención y, en muchos sentidos, un ejemplo a seguir.

La vejez debe mirarse, en estos tiempos, con criterios reales. La vida tiene que continuar para todos: para quien envejece y también para quienes lo rodean. Cuidar a alguien no debería significar interrumpir la existencia propia, como tampoco envejecer debería significar renunciar a la autonomía y convertirse necesariamente en una responsabilidad para los demás.

Tal vez lo más difícil sea aprender a desprendernos de ciertos sentimentalismos que durante generaciones confundieron el amor con el sacrificio. Acompañar no significa dejar de vivir. Y envejecer tampoco.

Deja un comentario

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba

Descubre más desde EstamosAquí MX

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo