
Los símbolos cambian de voz con el tiempo. La comunicación humana adopta formas muy variadas: la palabra, el gesto, la mirada, el color de una prenda o el objeto que se pone en manos de otra persona. La semiótica, disciplina que estudia los signos, nos recuerda que ningún símbolo carga un sentido fijo; lo que expresa depende de la cultura que lo emplea y del momento histórico en que circula. Una flor amarilla puede decir cosas muy distintas según quién la regale, a quién y en qué siglo.
El 21 de septiembre, las redes sociales se llenaron de girasoles, rosas y gerberas amarillas. La costumbre es joven: nació de la canción «Flores Amarillas» de Floricienta, telenovela argentina creada por Cris Morena y transmitida entre 2004 y 2005, cuya protagonista soñaba con recibir ese ramo de su gran amor, y encontró una segunda vida viral en TikTok e Instagram. La fecha coincide con el comienzo de la primavera en el hemisferio sur. A México la costumbre llegó después, por influencia de las redes sociales, y aquí se conservó el 21 de septiembre como el día de regalar flores amarillas. No existe una fecha oficial de su origen; su significado actual gira en torno al amor, la ilusión y el afecto.
Esta nueva costumbre me hizo volver a un librillo que heredé de mi tía Delta. Es pequeño, de papel manchado por los años, con una portada enmarcada por una orla de viñetas tipográficas. Lo abrí buscando las flores amarillas. Las encontré, aunque con un sentido diferente al que hoy se le otorga.
El libro se titula Diccionario del lenguaje de las flores, conteniendo además los significados de los colores, las frutas, las aves y las piedras preciosas. Se imprimió en Mérida en 1865, en la imprenta de José Dolores Espinosa, y su portada indica que fue «corregido y adicionado» por Ovidio Zorrilla, quien lo dedicó «al bello sexo yucateco». Zorrilla, poeta meridano, nació en 1841 y murió en 1907; colaboró en revistas como El Álbum meridiano y La Revista de Mérida. Cuando apareció el diccionario tenía unos veinticuatro años, y la península vivía los años del Segundo Imperio.
La fórmula «corregido y adicionado» era habitual en la imprenta del siglo XIX. El diccionario pertenece a un género con historia propia: en Europa existía desde principios de ese siglo una tradición de libros dedicados a la floriografía, y la publicación de Le langage des fleurs de Charlotte de Latour, en diciembre de 1819, marcó el inicio de su gran difusión. Cómo llegó este género a Yucatán y quiénes lo leían en la Mérida de 1865 son todavía preguntas abiertas.

Lo más interesante está al final. Bajo el título «Lenguaje de las flores silvestres de Yucatán», el libro abandona los nombres de las especies y organiza los mensajes por color y por número, distinguiendo entre «flores y hojas lozanas» y «flores y hojas marchitas». Para el amarillo, el código es el siguiente. Lozanas: una amarilla, «Pasión oculta»; dos, «Tristeza»; tres, «Dudas». Marchitas: una amarilla, «Desengaño»; dos, «Indiferencia»; tres, «Despedida» (Zorrilla, 1865, p. 142).
Hay todavía otra capa. Una regla sobre los ramilletes establece que, cuando se juntan más de tres flores lozanas de un mismo color, debe leerse «el lenguaje de los colores», y en esa tabla el amarillo pálido equivale a «Martirio» y el amarillo vivo a «Riqueza». Si las flores están marchitas, el ramillete significa lo mismo que una sola (Zorrilla, 1865, p. 143). Un ramo amarillo fresco hablaba, entonces, de martirio o de riqueza según el tono; uno seco, de desengaño.
Visto en conjunto, el amarillo de 1865 se inclina hacia el lado sombrío del amor: lo oculto, la tristeza, la duda, la despedida.
Me permito aquí una hipótesis, que ofrezco como tal: ordenar el mensaje por color y cantidad permitía usar cualquier flor del monte yucateco, aunque su nombre no figurara en los diccionarios de otras latitudes. Comprobarlo exige compararlo con otros diccionarios del género publicados en la época.
Conviene también leer la fuente con cuidado. Un diccionario de este tipo prescribe lo que una flor debía significar, pero no demuestra que las yucatecas y sus pretendientes lo usaran así; para saberlo harían falta cartas, diarios o crónicas de sociedad. Su dedicatoria lo sitúa, además, en una cultura galante y letrada, la de una élite urbana lectora de revistas literarias.

Hay otra flor amarilla que no aparece en el diccionario de Zorrilla y que llegó a mí por otro camino. Mi tía María Luisa Trejo López cantaba una copla sobre la flor de la calabaza, que durante años guardé en la memoria a pedazos, sin saber de dónde venía. Buscándola, encontré una versión en el Fondo de Música Tradicional del CSIC: una jota que el folclorista Manuel García Matos recogió en 1960 en Coreses, Zamora, de voz de Lucía Prieto García. Comienza así:
La flor de la calabaza
es una bonita flor,
la que se le da a los hombres
cuando llega la ocasión.
El estribillo deshace cualquier ilusión: entre exclamaciones de «¡Ay, qué sandías! ¡Ay, qué melones!», lamenta las calabazas que llevan los hombres cuando cortejan a las mujeres y no son queridos. La «bonita flor», que es amarilla, es la del rechazo, la misma de la expresión «dar calabazas».
Esta copla circulaba en la tradición oral castellana y se registró en 1960, lo que hace muy probable un origen español, aunque no puede darse por demostrado: cómo y cuándo llegó hasta la voz de mi tía sigue siendo un misterio. La versión que yo recuerdo, además, no coincide del todo con la zamorana, como suele ocurrir con lo que se transmite de boca en boca.
Entre la pasión oculta de 1865 y el amor declarado con un solo clic median ciento sesenta y un años. El color es el mismo; el mensaje cambió por completo, y la copla de la calabaza recuerda que el amarillo también sirvió para decir que no. Todas estas flores responden a la misma necesidad de decir con un objeto lo que cuesta decir con palabras.

El librillo me llegó de Delta; la copla, de la voz de María Luisa. ¿Habrá consultado alguna vez mi tía el diccionario para descifrar un ramo? No tengo modo de saberlo. Lo que sí sé es que una guardó el libro y la otra la canción, y que preguntas como esta fueron las que me hicieron dedicarme a la historia. Gracias a estas fuentes, hoy podemos asomarnos a la manera en que otras generaciones quisieron hablar con flores. Regalarlas, sea cual sea su color, sigue siendo una forma de nombrar el cariño.
Referencias
Enciclopedia de la Literatura en México. (s. f.). Ovidio Zorrilla. Fundación para las Letras Mexicanas. http://www.elem.mx/autor/datos/3278
García Matos, M. (1960). Jota [La flor de la calabaza es una bonita flor; informante: L. Prieto García; Coreses, Zamora; Misión M65-010]. En E. Ros-Fábregas (Ed.), Fondo de Música Tradicional IMF-CSIC. Recuperado el 22 de septiembre de 2026, de https://musicatradicional.imf.csic.es/piece/14526
La Nación. (2026, septiembre). ¿Por qué se regalan flores amarillas el 21 de septiembre? Origen, significado y qué relación tiene con Floricienta. https://www.lanacion.com.ar/sociedad/por-que-se-regalan-flores-amarillas-el-21-de-septiembre-origen-significado-y-que-relacion-tiene-con-nid18092026/
Seaton, B. (1995). The language of flowers: A history. University Press of Virginia.
Zorrilla, O. (Corr. y adic.). (1865). Diccionario del lenguaje de las flores, conteniendo además los significados de los colores, las frutas, las aves y las piedras preciosas. Imprenta de José Dolores Espinosa.
Nota: las imágenes que ilustran este texto fueron generadas con inteligencia artificial a partir de imágenes originales.



