
Parece que fue ayer cuando el mundo se movía al ritmo trepidante de un rocanrol de los sesenta. Aquellas épocas en las que el cuerpo no pedía permiso para desvelarse y la música de Los Beatles o de alguna banda local llenaba los rincones de una Mérida que todavía dormía con las puertas abiertas. Hoy, las cosas han cambiado, y mirarse al espejo es descubrir que los años no pasaron en balde, si no que se quedaron a vivir en las líneas de la cara, como los surcos de aquellos viejos discos de vinilo de treinta y tres revoluciones.
Hoy, me siento melancólico, porque para mí ser un adulto mayor no es otra cosa que haberse convertido en un cronista del tiempo. Es mirar las calles de la ciudad y recordar dónde quedaba la nevería de la infancia o cuál era el teatro donde tocaban los mejores grupos de *rock and roll*. Uno se vuelve una especie de guardián de las anécdotas, el que rescata del olvido los nombres de los viejos amigos y los acordes de las canciones que marcaron los primeros amores. Algo es cierto, y es que mi cuerpo ya no tiene la misma elasticidad para cargar el bajo o la guitarra, y los dedos a veces me protestan ante la humedad del ambiente. Pero, estimado lector, tengo que reconocer que aún el ritmo de la vida no se pierde; simplemente se vuelve más pausado, más sabroso, como un bolero bien ejecutado.
Hay algo muy particular en esta etapa de la existencia. Y es que en algunas muchas ocasiones inclusive se aprende a convivir con la nostalgia sin que esta se convierta en tristeza, sino en una dulce compañía. Uno se descubre disfrutando de las tardes frescas en la mecedora, viendo pasar el tiempo con la misma calma con la que se toma un café, y entendiendo que llegar a viejo —así, sin eufemismos— es el mayor de los privilegios. Es la edad en la que ya no se busca demostrarle nada a nadie, donde los compromisos se eligen por puro gusto y el oído se vuelve más selectivo, no solo para la música, sino para las conversaciones. Y esas, sí que las añoro.
Fin.



