
Una persona hablaba de una conducta anómala de dos señoras mayores en un supermercado. Primero, sin justificación alguna, durante unos momentos se colocaron muy cerca del señor y su esposa, cada una a un costado, y minutos más tarde una de ellas intentó meter la mano en un bolso abierto en la canasta superior del carrito, del cual se habían alejado para buscar algún producto en la estantería. El presunto intento de robo se frustró gracias a que el señor se percató a tiempo y se acercó a toda prisa al carrito con el consiguiente alejamiento de la señora.
Este hecho me hizo recordar que en una ocasión se me hizo raro que una mujer de más de 50 años pareciera estar más pendiente de las personas que de los estantes del supermercado. Y cuando en algún momento dejé unos segundos en un pasillo mi carrito para buscar sobres de comida de gato, al regresar ya no lo encontré. Me asomé a dos de los pasillos y de un tercero apareció aquella señora con el carrito. “Es suyo, ¿verdad? Disculpe”, me dijo con voz que me sonó de persona autoritaria y regresó por donde había venido. Le habrá llamado la atención que en la canasta de arriba tuviera yo varias bolsas de mandado, donde bien que podría haber alguna billetera, celular o tarjeta bancaria. No había nada de ello, por suerte, pero el hecho de esa desaparición del carrito en unos cuantos segundos sí que me preocupó. ¿Cuántas veces no han ocurrido ese tipo de robos?
Si en los supermercados y tiendas departamentales hay gente merodeando para sustraer cosas o dinero a clientes o a la misma empresa, qué será en las calles y el transporte público. En un taxi colectivo un hombre mayor que iba en el asiento largo de atrás nos convidó a comer chocolates a los demás pasajeros. Con voz fuerte y notorio acento del Altiplano, fue insistente en su ofrecimiento con quienes estaban sentados cerca de él, pero de modo amable todos declinaron tomarlo. Si alguien hubiera aceptado me habría yo atrevido a intervenir para recomendar que no comieran la golosina. Y me quedé con las ganas de decirle a los pasajeros que nunca acepten de personas desconocidas nada de comer ni de oler porque pueden contener sustancias adormecedoras.
Hace unos días en una calle de la Ciudad de México una mujer mayor le ofreció un chocolate a un hombre también mayor, quien luego de comerlo se sintió muy mal hasta caer desfalleciente, lo cual aprovechó la señora para robarle sus pertenencias. Gracias al sistema de cámaras, se le pudo seguir en su recorrido peatonal hasta que fue capturada y remitida a los separos.
Esto no significa satanizar a los adultos mayores como criminales, más aún cuando yo mismo pertenezco a la tercera edad, sino tener en cuenta que son parte de una de las maneras de cometer delitos dentro de ese sistema de ancestrales costumbres criminales e innovaciones sorpresivas. En este caso, no aceptar como verdad fija que ante algún acercamiento físico hay que sentirse con plena confianza por tratarse de personas de la tercera edad, asumiendo que son inofensivos. Nunca ha sido necesariamente así.
