
Erik Santoyo Suárez, joven creador de contenidos históricos en formato de videopodcast, dedicó uno de sus programas a la reposición de la obra musical de teatro regional El Rosario de Filigrana. Sin embargo, para reconstruir aquel episodio recurrió como principal fuente a Luis Velázquez, un amigo tabasqueño que no participó en ninguna de las puestas en escena de la obra y que, por lo mismo, no fue testigo directo de los acontecimientos.
La reposición de El Rosario de Filigrana, realizada en 1983, aún puede documentarse a través del testimonio de quienes la hicieron posible y que, afortunadamente, continúan con vida: Socorro Cerón Herrera, Tomás Ceballos y Víctor Salas.
Cuando la obra se estrenó originalmente, en 1953, Socorro Cerón ya formaba parte del ambiente teatral yucateco. Actuaba en el teatro Fantasio junto con integrantes de su familia y conocía de primera mano aquella producción.
Al asumir la dirección del Teatro José Peón Contreras, en 1983, surgió en ella la idea de devolver El Rosario de Filigrana a los escenarios. Solía recordar que los célebres chuyubes eran interpretados apenas por tres o cuatro muchachas que bailaban al mismo tiempo. La verdadera grandeza de la obra residía en la música y en un libreto de reducidas dimensiones, cuyo original, dedicado por Fernando Mediz Bolio, se encontraba en poder de la actriz Ofelia Zapata.
Por aquellos mismos días, Tomás Ceballos acababa de llegar de la Ciudad de México para incorporarse al CEDART de Mérida. Al escuchar el proyecto comprendió de inmediato sus posibilidades y propuso realizar una reposición mucho más ambiciosa que la original.

Yo conocía personalmente a Ofelia Zapata. Había trabajado con ella, con Héctor Herrera «Cholo» y con Sakuja durante las temporadas de teatro regional que se presentaban en el teatro Fantasio, en 1965, cuando las revistas regionales vivían uno de sus mejores momentos.
Solicité una cita para visitarla en su casa, ubicada en la calle 73 entre 68 y 70. Tanto Tomás Ceballos como yo tuvimos que realizar una larga labor de convencimiento para lograr que aceptara volver al escenario. Se encontraba convaleciente de una operación de rodilla y temía que el esfuerzo físico agravara su estado de salud. Incluso confesó su miedo de sufrir un infarto a causa de la emoción de presentarse nuevamente en aquella obra y en ese teatro. Sólo aceptó con la condición de contar con una suplente.
Fue entonces cuando Tomás Ceballos pronunció una frase que terminó por convencerla:
—Usted es la Gatita Blanca yucateca.
La comparación aludía a la célebre actriz y cantante María Conesa, conocida en toda Hispanoamérica como «La Gatita Blanca», y emocionó profundamente a Ofelia Zapata.

La partitura original se encontraba en poder de familiares de Rubén Darío Herrera. En un principio se negaron a facilitarla, a menos que se les reconociera un porcentaje por concepto de derechos de autor. Finalmente se aceptó esa condición y fue posible recuperar la música indispensable para llevar nuevamente la obra a escena.
Al proyecto se incorporaron destacadas figuras del medio artístico yucateco. El reconocido estilista Adrián Glass se hizo cargo del diseño de peinados y caracterización; Ramón Rivero asumió la dirección de los coros; Marcela Zorrilla diseñó la escenografía y el vestuario; la pianista Loyda Loria Prado estuvo al frente del acompañamiento musical; el maestro Antonio Cabrero dirigió la orquesta, y la cantante Cristina González participó como solista.
Tomás Ceballos enriqueció el libreto con una escena ambientada en París, en la que Cristina González interpretaba una canción al estilo de Edith Piaf. También creó una majestuosa introducción basada en La plegaria, para la cual se construyó una romántica ventana de grandes dimensiones, desde donde una elegante mestiza escuchaba, en silencio, los versos del poema. Aquella imagen se convirtió en uno de los momentos más evocadores de la puesta en escena.
El éxito fue extraordinario. Por primera vez, la producción generó recursos suficientes para cubrir semanalmente la nómina de todos sus participantes, algo poco común en el teatro regional de la época.

Durante muchos años El Rosario de Filigrana permaneció en la memoria del público yucateco. Era frecuente escuchar peticiones para que la obra volviera a representarse.
Tiempo después se organizó una nueva reposición. Tomás Ceballos me invitó nuevamente para hacerme cargo de la coreografía, pero pocos días después me comunicó que el director del Instituto de Cultura, Raúl Vela Sosa, le había expresado una instrucción categórica:
—Cualquiera, menos Víctor Salas.
O sea, el nuevo responsable de la coreografía podía ser un cualquiera.
Mi participación quedó descartada.
La nueva reposición de 2013 no alcanzó la trascendencia artística ni el impacto que tuvo la realizada en 1983. Tampoco logró despertar el entusiasmo del público ni generar el deseo de que la obra regresara nuevamente a los escenarios.
Se integraron al proyecto el famoso estilista Adrián Glass, en la dirección de coros Ramón Rivero, en el diseño de escenografía y vestuario, Marcela Zorrilla, en el acompañamiento musical, la panista Loyda Loria Prado y en la dirección de la orquesta el músico sinfónico Antonio Cabrero, y la cantante Cristina González.
Tomás Ceballos agregó una escena en París donde Cristina González, canta al estilo de Edith Piaff. E hizo una monumental introducción con la plegaria, para la cual se construyó una romántica ventana de enormes proporciones donde aparecía sentada una elegante mestiza que escuchaba las palabras de aquel poema.
El éxito fue tan grande que se pudo pagar una nomina semanal con todos los participantes.
Durante años estuvo en boca de medio mundo Rosario de Filigrana, y pedían reponer la obra.
Para la reposición de 1983, Tomás Ceballos me invitó a participar nuevamente como coreógrafo. Días después me informó que no era posible porque Raúl Vela, director de Instituto de Cultura le djo que cualquiera, menos Víctor Salas. O sea, el nuevo responsable de la coreografía podía ser un cualquiera.
Lamentablemente de esa reposición no se habla tanto como de la de 1983, y tampoco se pide un nuevo montaje.




