
Del Museo del Ateneo Peninsular no he leído nada escrito por los flamantes cronistas (qué bueno que la palabra termina en a; de otro modo tendría que escribir también cronistos). Estoy seguro de que no lo han hecho por cuestiones ideológicas y partidarias, y no por descuido, lo cual sería imperdonable en quienes se asumen guardianes de la memoria de una ciudad.
He tenido la fortuna de conocer y frecuentar ese edificio desde que era hielera, taquería, guarnición militar y zona comercial; después, MACAY, y ahora Museo del Ateneo. Quizá a los cronistas les produzca escozor que el Tren Maya esté inmiscuido en este asunto. Así son ellos. Los conozco a todos. No de ahora, sino de años atrás. A alguna, incluso, desde niña.
Ayer entré.
¡Ah, qué placer! ¡El aire acondicionado!
De inmediato observé que las paredes no fueron llenadas de clavos, tornillos ni cartoncillos para colocar obras. Resulta muy interesante ver estructuras tubulares que enmarcan piezas de distinta índole, pero todas relacionadas con la cultura originaria de Yucatán. Luego está la iluminación: precisa, bien dirigida y con la potencia necesaria para apreciar los detalles de las piezas expuestas.
A la entrada se encuentra una pieza de mármol que, por sí sola, vale la visita. Tiene esculpidos el lábaro patrio, un globo terráqueo y diversos símbolos del arte y la ciencia.
En su basamento, de manera principalísima, se lee: Loor al Arte. Sobre él se levanta una figura femenina que sostiene una corona de laurel.

Esa es la pieza de bienvenida. Me llamó particularmente la atención porque las puertas del Ateneo tenían esculpidos, en su parte superior, los nombres de las artes. Antes no había visto el mármol al que me refiero.
Las piezas exhibidas son interesantísimas, tanto por su calidad como por sus dimensiones. Las hay diminutas, labradas en concha de caracol, y también monumentales, talladas en piedra.
Pero donde se encuentra el banquete principal, me parece, es en la colección de vasijas de barro. Sus formas son muy diversas; sus diseños y pinturas, poco habituales; y el brillo y la textura de algunas me recordaron las técnicas de vidriado de Puebla y Guadalajara.
También hay breves referencias a la transformación impulsada por Salvador Alvarado, que convirtió el antiguo obispado en lo que hoy conocemos como el Pasaje de la Revolución y el Ateneo Peninsular.
Asimismo, se exhiben imágenes obtenidas mediante tecnología lidar que muestran asentamientos mayas localizados en diversos puntos de la península.
Hay algo particularmente interesante: pese a que el museo es pequeño —creo que consta de cinco salas—, invita a regresar. No tuve oportunidad de observar con detenimiento las plantas ornamentales del patio central, que lucen muy distintas de la maleza crecida en el parque de enfrente, en la Plaza Grande.
El Museo del Ateneo es una obra madura, realizada con conocimiento de causa y muy alejada de esa tendencia que pretende atraer niños mediante atracciones, juegos y toda clase de demagogias. Un museo no es un jardín de niños; es, simplemente, un museo.
Evidentemente, regresaré.



