Cultura

Crónicas Gastronómicas 19

Charritos, queso y jalapeño: paisaje alimentario yucateco para ver el Mundial

Una fritura de trigo, queso y chile jalapeño basta para contar una historia de trabajo, gusto y vida cotidiana en Yucatán.

Cada cuatro años, con el Mundial de fútbol, se reorganiza la vida cotidiana. Cambian los horarios, se posponen pendientes, la televisión vuelve a reunir a quienes normalmente comen de prisa o a solas, y la mesa se convierte otra vez en cancha alterna. Pero junto con el fútbol también se activa otra cartografía: la de las botanas que acompañan la espera, la charla y el comentario de cada jugada. En Yucatán, esa geografía del antojo permite mirar con seriedad una preparación popular que, aunque suele parecer menor, revela una historia más amplia de territorio, modernidad alimentaria y convivencia: los charritos servidos con queso y chiles jalapeños.

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            La fuerza de esta preparación está en la mezcla concreta. Los charritos ponen la base crujiente de harina de trigo; el jalapeño, a menudo curtido o en escabeche, introduce acidez y picor; el queso añade cuerpo, contraste y equilibrio. Juntos forman una gramática del gusto que no puede reducirse a una “botana” en abstracto. Esa combinación precisa: fritura, chile y lácteo es la que conviene tomar en serio si se quiere entender cómo opera el antojo yucateco contemporáneo.

            Primero los charritos

            Conviene comenzar por lo evidente: sin charritos no hay escena. La base de la preparación es una fritura de harina de trigo, crujiente, salada, fácil de transportar y de compartir. Justamente por eso importa pensarla no como un antojo ancestral, sino como un producto de la modernidad del siglo XX que terminó por abrir una nueva tradición alimentaria. Su harina remite a circuitos históricos de abasto y procesamiento que vienen de fuera de la península, pero su arraigo, producción y reconocimiento social ocurrieron aquí. En otras palabras, los charritos son yucatecos no por la pureza de sus ingredientes, sino porque fueron creados, consumidos y apropiados en este territorio.

            Y también importa su forma material. El charrito no exige cubiertos ni ceremonia. Se toma con la mano, se reparte rápido, cruje al primer contacto y deja sobre la mesa esa sensación de antojo inmediato que pertenece al descanso, al entretiempo y a la charla. En una región de calor persistente y ritmos laborales que favorecen alimentos breves y compartibles, esa condición portable y crujiente ayuda a explicar su éxito social.

            No es raro ver, en obras y otros espacios de trabajo físico, a obreros y albañiles salir por charritos con jalapeño a media jornada. En esos contextos no funcionan sólo como botana: a veces hacen las veces de almuerzo breve, de tentempié rendidor para matar el hambre y seguir la faena. Su condición salada, crujiente y sustanciosa ayuda a entender por qué esta preparación también circula en esos paisajes laborales y acompaña el esfuerzo cotidiano.

            Ese marco general puede precisarse con un testimonio sobre el origen y la primera elaboración doméstica de los charritos. Ariel Avilés recordó haber visto, en la década de 1950 y en el rumbo de El Cabrío, cómo Don Fernando Herrera y su familia los hacían de forma artesanal: extendían una masa muy delgada de harina, la cortaban en cuadros pequeños, la freían en peroles de hierro, la dejaban escurrir, la salaban y la vendían al menudeo desde la propia casa. Más tarde, según esa memoria, la producción se amplió hasta llegar a las tienditas de la esquina. Ese recuerdo ayuda a fijar el contexto histórico: los charritos como creación yucateca de la segunda mitad del siglo XX, nacida en un espacio barrial, primero artesanal y luego cada vez más comercial.

            Luego el jalapeño

            Pero el charrito por sí solo todavía no dice todo. La botana adquiere su gramática completa cuando entra el chile jalapeño. Y aquí conviene ser precisos: no se trata de un jalapeño abstracto o genérico, sino de un chile que con frecuencia aparece curtido o en escabeche, muchas veces enlatado. Ese detalle cambia la lectura, porque el picante no es solamente sabor; también es sistema alimentario, conserva, envase y circulación comercial.

            Además, el jalapeño abre la escala geográfica de la preparación. Si el charrito remite a una creación yucateca de harina de trigo, el chile inscribe a la botana dentro de una geografía mexicana más amplia del picante. Ahí reside buena parte de su riqueza: en una sola porción conviven una fritura regional, un chile ligado a circuitos más extensos del gusto mexicano y un modo local de ensamblarlos. Y aunque su origen sea yucateco, los charritos forman parte hoy del paisaje alimentario de toda la península: circulan y se consumen también en Campeche y Quintana Roo, donde la combinación se reconoce y se adapta según el gusto local. Sin ese filo avinagrado del jalapeño, la preparación perdería una parte central de su identidad sensorial.

            Esa expansión peninsular también admite giros locales. En el Café La Parroquia de Campeche, por ejemplo, me los sirvieron con cebolla roja curtida, muy en la línea de la que acompaña a los panuchos. El detalle no cancela la fórmula más reconocible; al contrario, muestra cómo una botana bien asentada puede dialogar con otros repertorios regionales sin dejar de ser la misma.

            Y finalmente el queso

            El tercer elemento es el queso, decisivo para convertir una fritura simple en una botana reconocible. No se trata sólo de sumar un lácteo, sino de introducir otra textura y otro espesor gustativo: el queso enfría el picante, lo acompaña y al mismo tiempo redondea la sal y la grasa. El tipo de queso puede variar, aunque la asociación más común suele ser con un queso tipo Daisy (una adaptación peninsular del cheddar). Eso muestra que no estamos ante una receta rígida, sino ante una combinación socialmente reconocible que admite cambios sin perder identidad.

            Desde el punto de vista culinario, el queso hace visible algo fundamental: la cocina como ensamblaje. Los charritos solos pertenecen a la esfera de la fritura; con jalapeño y queso pasan a otra cosa. Aparece entonces una gramática sensorial muy clara: crocancia, sal, grasa, frescura y picor. Sin el queso faltaría una parte esencial del equilibrio de la botana y también de su reconocimiento social.

            Los tres juntos: una botana con geografía

            Lo verdaderamente interesante aparece cuando los tres elementos se leen juntos. Los charritos aportan la base crujiente y portable; el jalapeño introduce el picante avinagrado de la conserva; el queso añade cuerpo, contraste y una capa de suavidad. Esa combinación concreta permite ver cómo territorio, comercio, gusto regional y formas de convivencia se articulan en Yucatán. No una botana vaga, sino una preparación específica cuya fuerza está, precisamente, en esa mezcla.

            Por eso funcionan tan bien en tiempos del Mundial. Están hechos para ponerse al centro, para compartirse sin solemnidad, para sostener una conversación y acompañar el nervio de un partido. No requieren gran protocolo, pero sí producen escena social. En el trabajo, en la casa o frente a la televisión, ayudan a organizar ese momento colectivo donde la botana no sólo sacia: también reúne.

            Del antojo clásico a los charrinachos

            A esa combinación clásica se le han ido sumando, poco a poco, otras capas del gusto popular. Además del jalapeño y el queso, hoy no es raro encontrar charritos con jamón, crema, salsas a base de chipotles u otros chiles, elotes y otros agregados que expanden la botana hacia registros más cargados y vistosos. En tianguis y puestos callejeros pueden verse incluso los llamados charrinachos, una versión que lleva más lejos esa lógica de acumulación y que muestra cómo el antojo yucateco contemporáneo no sólo conserva una fórmula reconocible, sino que también la reinventa sobre la marcha.

            Una botana moderna, no menor

            Tomar en serio esta preparación también permite corregir una vieja tendencia de la historia gastronómica regional: creer que sólo lo antiguo, lo indígena o lo patrimonializado merece atención. El caso de los charritos con queso y jalapeño muestra lo contrario. También las creaciones modernas, industrializadas, semindustrializadas o de hechura casera pueden volverse profundamente regionales cuando arraigan en prácticas de consumo, trabajo y convivencia. En ese sentido, los charritos forman ya parte del paisaje alimentario de Yucatán.

            Así que sí: había que hablar de los charritos, del queso y de los chiles jalapeños. Son ellos, y no una abstracción vacía, los que organizan el gusto de esta crónica. También permiten ver que una botana puede guardar la memoria del trabajo, del comercio, del picante, de la técnica, del descanso y de la costumbre. Mientras el balón rueda en otra parte del mundo, aquí la mesa resuelve a su modo otra jugada: convertir una fritura, un chile y un queso en un pequeño mapa de Yucatán.

            Y, para cerrar, añadiré que mi versión preferida es sencilla: una bolsa de charritos, queso patagrás picado en cuadritos y chiles jalapeños rojos. Los prefiero así porque suelen ser más amables con mi estómago y, además, hoy son fáciles de encontrar en muchos supermercados. Basta añadir un poco de sal, el jugo de un limón y un chorrito de aceite de oliva. Para quienes prefieran evitar el picante, siempre queda la opción de sustituir el chile por zanahorias en escabeche, que también suelen venir ya enlatadas.

Fuentes consultadas

            Avilés, A. (s. f.). Los charritos, una genuina creación yucateca. EstamosAquí MX. https://estamosaqui.mx/los-charritos-una-genuina-creacion-yucateca/

            Ayora Díaz, S. I. (2014). El performance de lo yucateco: cocina, tecnología y gusto. Alteridades, 24(48), 59–69. https://alteridades.izt.uam.mx/index.php/Alte/article/view/811

            Ayora Díaz, S. I. (2017). Translocalidad, globalización y regionalismo: cómo entender la gastronomía regional yucateca. Anales de Antropología, 51(2), 96–105. https://doi.org/10.1016/j.antro.2017.03.004

            Boragnio, A. (2023). Comensalidades de oficina: estrategias colectivas para comer en el trabajo. En R. F. Ferreiro, M. C. V. S. Carvalho, E. P. Vargas y S. D. Prado (Eds.), Corpos e comensalidades em discursos (pp. 107–131). EDUFBA. https://doi.org/10.7476/9786556308807.0006

            Giménez, G. (1999). Territorio, cultura e identidades: la región sociocultural. Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, 5(9), 25–57. https://ru.dgb.unam.mx/items/cb547582-5e85-406f-a501-15f5c380f01d/full

            Vonthron, S., Perrin, C., & Soulard, C.-T. (2020). Foodscape: A scoping review and a research agenda for food security-related studies. PLOS ONE, 15(5), e0233218. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0233218

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