Opiniones

Los charritos, una genuina creación yucateca

Los charritos.

En los últimos tiempos, en Campeche se está corriendo el falso rumor de que, los charritos, esa deliciosa botana, es una creación de Richaud. ¡Nada más falso! Los charritos son una creación totalmente yucateca; y lo puedo afirmar porque soy testigo presencial de su creación y de cómo eran elaborados artesanalmente. Pasemos a contar la historia de los charritos.

Corría la década de los 50, mi familia solía visitar a Doña Gertrudis Canto viuda de Tejero, Doña Tulita para la familia. Doña Tulita vivía en la Colonia Vicente Solís, más exactamente en el popular rumbo de El Cabrío. Largas tardes pasamos con Doña Tulita en la terraza delantera de su casa, meciéndonos en los cómodos sillones campechanos de petatillo de su casa. Por una feliz coincidencia nos tocó ser testigos de un hecho, aparentemente sin importancia, el nacimiento de los charritos.

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Del otro lado del Parque del Cabrío, había una casa pequeña, situada en un amplio terreno con mucho fondo, ahí vivía la familia Herrera. La casa, se encontraba situada al fondo del terreno, así que la parte delantera era un amplio espacio profusamente arbolado. Pues bien, no puedo decir exactamente en que momento se inició la creación y elaboración de los charritos, el caso fue que, Doña Tulita, en una de esas tardes de tertulia, les dijo a mis papás: – Doña Mimí, licenciado, les voy a dar una botana deliciosa y que, sólo se hace en este mi rumbo, y diciendo esto, se levantó, cruzó la calle y el parque, y regresó con un envoltorio de papel de estraza llenó de crujientes y todavía calientes, charritos.

Ese primer encuentro con los charritos fue un éxito, todos quedamos encantados con aquella novedad deliciosa. Dorados, crujientes, con su buen punto de sal, los charritos pasaron a ocupar un lugar importante en las reuniones familiares.

La curiosidad ha sido una constante en mi vida, y esa vez no fue la excepción; una de esas tardes de reunión familiar en casa de Doña Tulita, le dije a la amable señora: – Doña Tulita, me gustaría ver como se hacen los charritos. Con la amplia sonrisa que la caracterizaba, Doña Tulita me respondió: – Claro que si Arielito, con mucho gusto. Vamos, y diciendo y haciendo me tomó de la mano y cruzamos el Parque del Cabrío para llegar a la casa de los Herrera.

El frente de la casa estaba limitado por una albarrada con una reja de madera que estaba abierta de par en par. Entramos al terreno y encontramos a una mujer y un hombre trabajando afanosamente. – Buenas tardes Don Fernando, saludó Doña Tulita, este niño quiere ver cómo se hacen los charritos. Con amplias sonrisas, el matrimonio respondió: – Con mucho gusto, eso precisamente estamos haciendo. Y así, tuve la oportunidad de ver cómo se hacían domésticamente los charritos.

Del costado izquierdo, bajo un frondoso árbol de ramón, los señores tenían una amplia mesa de madera burda, sin pintura; sobre la superficie de la mesa, extendían una masa de harina delgada que, con un par de rodillos de madera, los señores la hacían aún más delgada. Con un par de cuchillos muy filosos, los señores procedían a cortar la masa extendida en pequeños cuadritos.

Junto a la mesa, había dos peroles grandes de negro hierro; uno estaba colocado sobre tres piedras, con leña encendida, y en su interior, hervía una gran cantidad de aceite. El otro perol, junto al que tenía aceite, estaba lleno de sosquil Con una gran cuchara espumadera de hierro negro, los señores levantaban de la mesa una gran cantidad de cuadritos de harina, y los depositaban en el aceite hirviendo, con un fuerte chasquido. Al contacto con el aceite hirviendo los cuadritos de harina se revolvían con fuerza, y un instante después, como por magia, se inflaban, convirtiéndose en los deliciosos charritos.

Con la misma espumadera, los charritos eran retirados del hirviente perol, y eran depositados en el perol vecino, y entre el sosquil, iban escurriendo el exceso de grasa. Un rato después, ya que se habían enfriado un poco, los charritos eran ligeramente espolvoreados con sal y depositados en sacos de pita de henequén, para ser vendidos al menudeo en la misma casa. Pasó mucho tiempo antes que Don Fernando Herrera se decidiera a hacer más amplia su producción, y empezar a entregar el producto a las tienditas de la esquina. Fue hasta ese entonces que los charritos se hicieron realmente populares.

Pasó más tiempo aún, para que, Fernando Herrera hijo, iniciara la producción masiva de los charritos. Fernando Jr., fundó “Botanas Herrera”, y no sólo amplió la producción de charritos, sino que, diversificó la producción elaborando muchos productos más.

Con el paso del tiempo, el yucateco le fue poniendo su aportación al consumo de los charritos. Hoy en día, los charritos hacen un excelente maridaje con el chile jalapeño y el queso Daisy, y hay hasta quien le agrega jamón picado a la mezcla.

Definitivamente, los charritos nacieron en Yucatán, nacieron en el Parque del Cabrío y son una creación de Don Fernando Herrera. Tengo la autoridad para afirmarlo por haber sido testigo presencial de su elaboración en forma doméstica, cuando sólo se conocían en la Colonia Vicente Solís.

Es verdad que Richaud hace muy buenos charritos, a mi en lo personal me gustan mucho los charritos de Richaud; pero de eso a que quiera adjudicarse su creación, es un atrevimiento sin razón. Por eso, levanto enérgicamente la voz para afirmar que, los charritos son una genuina creación yucateca.

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