
Es histórica la crítica al consumo alcohólico en Yucatán. En tiempos aún bajo la influencia del temperante —que no prohibicionista— exgobernador Olegario Molina aparece un moralizante escrito titulado “Cantinas. Supresión de las mesitas”, publicado en la página 4 de La Campana, periódico bisemanario independiente de información general, del sábado 23 de marzo de 1907.
El articulo sin firma de aquel periódico dirigido por Julio Río empieza celebrando que el gobierno hubiera prohibido que se vendieran licores a las mujeres en los establecimientos públicos, para después hacer una breve descripción de los comportamientos cantineros y sus consecuencias en los transeúntes, sobre todo de sexo femenino, y los menores de edad:
“Nos referimos al feo y repugnante espectáculo que presentan al público las cantinas en las horas de consumo. En abigarrada multitud vese a la gente apurando la copa junto a la mesa de despacho o departiendo al derredor de mesitas colmadas de copas y botellas. Rostros sudorosos de personas que poco se preocupan de que son causa de pública expectación; manos que se alzan para chocar los vasos, y las más de las veces hombres que, tambaleantes por haberse excedido, lanzan ante un auditorio igualmente excedido discursos de taberna en alta voz y con ademanes de borracho, que hacen que la gente se detenga, aunque sea para reír, y, sobre todo, los niños que en ello encuentran diversión altamente nociva.
Las señoras sufren al pasar por esos lugares y las más de las veces, aun perjudicándose, se abstienen de hacerlo, porque muchas ocasiones sucede que a sus oídos llegan palabras del vocabulario de la cantina, si es que no les sale al paso algún ebrio y les dirige ‘flores’ de alcohol con la insolencia de un estúpido”.
Conforme a lo que se indica, esto se debía a que las cantinas carecían de mamparas, necesarias para “que oculten a la vista del público las escenas nada edificantes que se desarrollan en el interior de los expendios de aguardiente”.
Y su propuesta para desalentar la visita a estos bebederos es verdaderamente extrema: “Que no se vendan refrescos, helados, ni comestibles de ninguna clase, ni aun los llamados tacos”. El argumento que esgrimen es que así quedará claro que quien entrase a la cantina solamente lo haría para consumir licor y no alimentos, por lo cual se abstendrían de entrar por temor al qué dirán. Así que adiós a lo que bastantes años después se llamaría botana.
¿Cuándo se habrá comenzado a comer tacos en Yucatán? Esa mención algo despectiva y en cursivas hace pensar que los tacos no eran aún algo generalizado.
La ergonomía entraba en juego con fines de desaliento, pues en el escrito se proponía también suprimir mesitas y asientos para obligar a los bebedores a estar siempre de pie, “pues con esto se evitaría que se estacionen en las cantinas por muchas horas, que no es lo mismo estar de pie que entregado a la ‘agradable’ charla mientras se sirve la ‘otra’”. Se habla de mesa de despacho, así que suponemos que no había el mostrador con la barra propiamente dicha, donde se puede estar parado, apoyando el pie. (Debo decir que de pie es como me gusta más tomar, pero no siempre es posible).
En aquellos tiempos de escasa iluminación callejera los horarios eran inusitados para nuestros tiempos, pero proponían dejar un día muy limitado, los domingos, en que las cantinas cerrarían por completo “a las horas de ley”, evitando así el pretexto de abrir por estar vendiendo otras cosas.
Comparando con nuestros tiempos, las mujeres ahora pueden consumir licores como clientas o como trabajadoras, e incluso hay un buen número de encargadas de bares y cantinas. Lo de la colocación de mamparas para cubrir las escenas nada edificantes se ha cumplido, pero hay que reconocer que en Mérida aún existe una que otra cantina que las coloca tan de lado que todo el interior queda a la vista de la pública expectación descaradamente. Lo de servir helados ha pasado a la historia, pero los refrescos subsisten, sobre todo para los compuestos y para contrarrestar el alcohol ingerido, y los comestibles son obligados: cantina yucateca sin botana es una aberración.
Ya no hay mesas de despacho, sino mostradores, algunos de ellos con sus barras metálicas, que permiten estacionarse en las cantinas por muchas horas aun estando de pie, y las mesitas proliferan, si no de madera o metal, al menos de plástico. Por último, los domingos todavía se ofrecen bastantes opciones cantineras, así sea bajo el nombre de “restaurant-bar”, un descanso para rematar la semana.
Este de La Campana en 1907 sí que fue un embate bastante infructuoso contra el nada feo ni repugnante espectáculo de los interiores de cantina. ¡Salud!



