
Este 2 de octubre, Gordon Matthew Thomas Sumner, mejor conocido como Sting, llega a su 75 cumpleaños. Un momento vital que, para muchas estrellas, suele sugerir el sosiego del hogar, la calma de la jubilación y la mirada nostálgica hacia el retrovisor.
Aunque para el exlíder de The Police, esta edad es simplemente otra estación en plena marcha. Y es que la efeméride lo encuentra recorriendo el mundo con su inseparable bajo Fender al hombro, supervisando su propia producción vinícola entre las colinas de la Toscana y proyectando ese “aura” que conjuga la disciplina física y mental del yoga con la sensibilidad armónica del jazz y el pulso del rock.
Más allá de su silueta enérgica y de una trayectoria avalada por más de 100 millones de discos vendidos en todo el mundo, está la historia de superación de un chico de clase trabajadora del norte de Inglaterra; aquel que logró eludir el destino industrial y gris de los astilleros locales para formar parte de la banda sonora del último medio siglo.
De la clase trabajadora al olimpo del rock
Su biografía dista mucho de haber comenzado en cuna de oro. Su padre alternaba el reparto matinal de leche con la ingeniería naval, mientras su madre compaginaba su trabajo de peluquera con una discreta pasión por el piano.
De aquellos primeros años entre niebla y metalurgia perdura una imagen casi cinematográfica que el artista conserva grabada a fuego: “Un barco gigantesco al final de mi calle, elevándose por encima de las casas y tapando el sol”, recordaría tiempo después para la BBC.
En aquella comunidad obrera, el horizonte vital parecía sellado de antemano entre el carbón de las minas o la chapa de los muelles. Sin embargo, el destino tomó otro rumbo gracias a un instrumento olvidado: una vieja guitarra española que un tío suyo dejó en la casa familiar antes de emigrar.
Y es que, aunque Gordon se formó académicamente y ejerció durante dos años como maestro de escuela primaria, las noches pertenecían a la música. En garitos locales templó su técnica al bajo en formaciones de jazz como Phoenix Jazzmen y Last Exit.
Fue durante uno de aquellos directos donde nació la leyenda de su alias. El trombonista Gordon Solomon reparó en el suéter a rayas amarillas y negras que vestía el joven músico, bromeando con que parecía una avispa y rebautizándolo al vuelo como “Sting” (aguijón).
Y así, el apelativo se adhirió a su piel hasta borrar prácticamente su identidad civil: “Ahora es mi nombre. Mis propios hijos me llaman Sting”, admitiría años más tarde ante The Kennedy Center.
El punto de inflexión definitivo ocurrió a finales de 1976, cuando el baterista estadounidense Stewart Copeland lo descubrió sobre un escenario de Newcastle y quedó magnetizado por la presencia y el singular registro agudo de aquel maestro reconvertido a bajista.
Con la incorporación del guitarrista Andy Summers, The Police quedó formalmente constituido en 1977. Bajo el camuflaje estético de la emergente ola punk británica, el trío desplegó en realidad una sofisticada arquitectura sonora que entrelazaba el pulso del reggae, las texturas del dub y la melodía pop.
Aquel despegue, sin embargo, tuvo que sortear estrecheces casi novelescas. Durante la grabación de su primer álbum, Outlandos d’Amour (1978), la precariedad era tal que el grupo no disponía de fondos para comprar cintas vírgenes de grabación.
Décadas más tarde, Sting rememoraba la anécdota con franqueza y un punto de humor: “Fue un delito, pero no teníamos elección: simplemente no podíamos costear cinta de dos pulgadas. ¿Crees que todavía pueden procesarme por eso?”, confesaba en una charla con The Guardian.
Aquel trance inicial dio paso a un huracán de popularidad. Clásicos indiscutibles como ‘Roxanne’, ‘Message in a Bottle’, ‘Every Little Thing She Does Is Magic’ y la infaltable ‘Every Breath You Take’ los catapultaron a llenar estadios por todo el planeta.
Pero el éxito masivo suele cobrarse su precio en la convivencia. En 1984, tras tocar techo con el aclamado álbum Synchronicity, las tensiones internas entre tres personalidades arrolladoras se hicieron insostenibles. Por eso, lejos de acomodarse, Sting decidió marcharse en la cima para emprender su etapa en solitario.
El trío solo volvería a reunirse de forma efímera en 2007 para una gira mundial de despedida que congregó a 2.5 millones de espectadores. Fiel a su lucidez pragmática, el músico británico resumió aquel periplo sin adornos románticos: “Fue un ejercicio de nostalgia. Estábamos rentabilizando un activo, probablemente por última vez”.
Mientras tanto, en el presente la palabra jubilación sigue sin encontrar hueco en su vocabulario. Embarcado en su reciente gira de formato trío eléctrico, llamada “Sting 3.0”, Gordon Sumner demuestra que la verdadera vitalidad no depende de la fecha que figure en el documento de identidad, sino de conservar la audacia para continuar reinventándose.
Con información de El Sol de México



