
“Cuando Jesús desembarcó y vio tanta gente, tuvo compasión de ellos y sanó a los que estaban enfermos.” (San Mateo 14:14).
¡OREMOS AL SEÑOR! ¡SEÑOR, TEN PIEDAD!
Padre Santísimo: Cristo, vio a una multitud que le traía a sus enfermos a fin de que mostrara Su compasión, Su misericordia, Su gran bondad y Su amor por nuestra humanidad. ¡No sanó a unos cuantos, sino a todos! Las enfermedades, los dolores, las epidemias, las pandemias y las desgracias siempre han perseguido a nuestra humanidad. ¡Todo ello es producto de nuestro pecado, de nuestro desorden, de nuestra debilidad, de nuestra ignorancia y de nuestra irresponsabilidad! ¡Todo comenzó allá en el Paraíso! El demonio, enemigo de nuestra felicidad, desde ese entonces, inició con decisión apasionada el meter el desorden, el caos, la infelicidad, la enemistad y la desarmonía en la familia desde el mismo corazón del ser humano. Desde ese momento, sembró la envidia en el corazón de Caín para que matara a su hermano Abel.
Tú, mismo, Padre Santísimo, exclamaste al aceptar la ofrenda de Noé: que jamás volverías a destruir la tierra con un diluvio ni maldecirla por causa de nuestra humanidad. Desde ese momento confesaste que, el corazón humano desde su juventud está inclinado a la maldad. Esta gran verdad, la confirma el Espíritu Santo, al exclamar en labios del Rey David: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.» (Salmo 51:5).Espíritu Santo: que sea Tu presencia en nuestro corazón la que nos dirija, nos instruya, nos oriente y nos haga comprender que mientras Te tenemos en nuestro interior, todo confluye para nuestro bien. Tú eres la Fuente de toda bondad, de todo don y de todo fruto.
¡Llénanos de Tu luz para que toda palabra salida de nuestros labios tenga ese espíritu, esa vitalidad y ese gran poder para que viviendo en un mundo material, nuestro pensar, nuestro hablar y nuestro operar sea totalmente sobrenatural.Que nos gocemos pronunciando palabras de salud, de abundancia, de felicidad, de amor, de alegría, de bienestar y de poder, pero revestidas de Tu gracia divina para bien de nuestros hermanos que sufren y dejen de sufrir; para nuestros hermanos que lloran y sean consolados; para nuestros hermanos que están abandonados, desalentados y decepcionados, a fin de que Tú por medio de nosotros los levantes, los vivifiques, los consueles y los reinstales en la vida productiva.
¡Bendito seas, Padre Santísimo, por habernos levantado inspirados, sacando fuerza de la debilidad, poder en Tu gracia y por el gran amor que nos tienes, nos vemos llenos de energía, de valor y de entusiasmo! Amén.
P. Cosme Andrade Sánchez+



