Cultura

Mi diario y yo / 76

Doña Cata

Querido diario:

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Doña Cata era el prototipo de Paquita la del barrio, aunque mi paisana no usaba eso de ¿Me estás oyendo, inútil? sino el más directo de ¡No te hagas pendejo! En mi pueblo casi todas las mujeres, con excepción de las acomodadas que vivían en el centro, además de sus labores hogareñas tenían que hacer algo extra para completar el gasto familiar. Mi madre, por ejemplo, hacía panuchos y garnachas para vender.

No estaba claro si doña Cata se casó o se arrejuntó con don Mario, pero todos sabían que después de varios años de vivir juntos, se separaron porque el señor de la casa era un bueno para nada. (¡Que se busque a otra burra que lo mantenga!)

Luego de librarse de aquel lastre, doña Cata se dedicó al comercio informal para sacar adelante a sus dos hijos. Vendía todo tipo de telas, prendas de vestir, quesos y comida enlatada. Ella iba por las calles pregonando sus productos y los entregaba en las casas, a las cuales regresaba religiosamente por los pagos cada semana o cada mes, según le indicaban los consumidores.

Físicamente era una mujer de un metro setenta o poco más, unos ochenta kilogramos de peso y de tez más o menos clara; usaba cadenas y pulseras doradas, le encantaba masticar chicle, con el que hacía un sonido peculiar, además de hacer pequeños globos que hacían plop cuando estallaban. Usaba vestidos entallados y de colores chillones. (¡Y al que no le guste verme así que vire su jeta para otro lado!). Su timbre de voz era potente, como el de una bocina de consola estereofónica, e intimidaba cuando te dirigía la palabra.

–¿Cómo va el negocio?, le pregunté una vez.

–Solo los xmaoficios se mueren de hambre.

–¿No le da miedo andar sola en la calle?

–¿A ti sí? No jodas. Aquí casi nunca pasa nada.

–¿Cómo y cuándo comenzó a vender por abonos?

–Casi no contaba con dinero cuando eché de la casa a Mario, así que recurrí a mis suegros. Yo mantuve a su hijo durante varios años y jamás les pedí nada. Ahora necesito que me apoyen con unos dos mil pesos para comprar mercancía en Chetumal. Les voy a devolver ese capital. Háganlo por sus nietos, les dije.

–¿Y le respondieron?

–Mi suegro dijo que sí pero no me dijo cuándo; en cambio mi suegra se portó como toda una dama. El sistema de vender a crédito se los copié a los turcos. ¿Si ellos pueden, yo por qué no?

–Usted tiene fama de ser una mujer de carácter fuerte.

–A mí me vieron la cara una vez y fue suficiente. Mi abuelita siempre le decía a mi padre: en esta vida no puedes nadar de muertito. El sí era trabajador pero torció su camino por el trago. Fue mi mamá la que nos sacó adelante a mí a y mis hermanos.

Alguna vez llegué a pensar que a doña Cata la gente le compraba más por miedo que por otra cosa, aunque sus precios eran ligeramente más bajos que las de otros vendedores de contrabando. En mi casa le comprábamos unas camisetas marca Pirata (sin ironía) hechas en Hong Kong y que supongo que llegaban a Chetumal vía Belice, así como Tulip, queso de bola y aceite de oliva Sensat.

Felipe, que era mi compañero de pupitre, y su hermano Fernando, hijos de doña Cata, eran un desastre en la escuela, todo el tiempo se metían en problema y les gustaba pelearse a golpes. Eso sí, en su casa eran unos tiernos corderitos que obedecían sin chistar las órdenes de su mamá.

–Ya les dije a estos cabrones (sus hijos) que si no les gusta la escuela tampoco se van a quedar aquí de huevones porque no quiero que sean como su padre. Ya les mostré que se puede salir adelante con trabajo, pero ya dependerá de ellos.

Con el paso de los años, doña Cata comenzó a tener problemas de salud, cada vez se le hacía más dificultoso recorrer sus rutas, pero no abandonó el negocio, aunque este sí decayó un tanto porque no todos los clientes estaban dispuestos a ir por sus productos al domicilio de la comerciante. Cuando doña Cata falleció fue velada en su modesta vivienda, que resultó insuficiente para albergar a quienes acudieron a darle el pésame a sus deudos.

Según me comentó Felipe, su mamá dejó perfectamente ordenadas todas las libretas de los clientes en las que anotaba los abonos y los saldos y que había conversado con su hermano para continuar el negocio que inició e hizo prosperar su progenitora. Entonces, concluí, la lucha de doña Cata no fue en vano. ¡Qué bueno!

Hasta la próxima.

P. D. Me gusta esta frase de Leila Guerriero: […] Es posible que la dignidad de las ciudades se mida por la naturaleza de los fantasmas que intenta esconder […] ¿Cuáles serán los fantasmas de esta urbe emeritense? Les sugeriré a los integrantes del Consejo de Cronistas (-1) que los descubran y ventilen para conocimiento de nosotros los legos e inexpertos en cazar fantasmas.

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