Cultura

Mi diario y yo / 74

J. y C.

Querido diario:

rel="nofollow"

Tenía doce años cuando lo conocí. En aquel entonces él tendría cerca de veinte; era de temperamento apacible, introvertido; hablaba poco y cumplía diligentemente con las tareas que nos ordenaba nuestro jefe. J. era de tez morena, cabello negro lacio, nariz recta, ojos pequeños color miel y le faltaba el dedo índice de la mano derecha.

En aquel sitio los aprendices teníamos forzosamente que iniciar desde abajo: limpiar y engrasar latas, trasportar a las mesas sacos de harina, azúcar y sal, cubos de agua para las mezclas, latas de manteca vegetal y mantequilla, los rodillos, los paquetes de levadura, deshojar palmas… y soportar las bromas de los panaderos más antiguos, con excepción de J. que se mantenía al margen del barullo. Los pasos siguientes eran aprenderse las fórmulas, elaborar el pan, hornearlo y salir a venderlo, si querías ganarte un extra.

Tomás y yo tomamos la iniciativa de acercamos a él durante la media hora que nos daban para comer y descansar. La razón es que ambos éramos los más jóvenes y medio taciturnos, de manera que con J. formábamos un trío casi silencioso.

Un día, el jefe me llamó aparte:

–Ten cuidado con J.

–¿Por qué, maestro?

–No te puedo decir mucho, pero …

Aquella advertencia no hizo más que intrigarme. Cuando le comenté a mi papá, me dijo que J. acababa de salir de la cárcel.

–¿Por qué, qué hizo?

–Violó a una muchacha.

–¿De verdad?

–Sí.

–¿Y cuánto tiempo estuvo allí?

–Cinco o seis años, lo mismo que los otros dos.

–¿Qué otros dos?

–Sus cuates involucrados.

El único día que nos daban de descanso a la semana, lo aprovechaba para jugar en la calle con mis amigos del rumbo, nos íbamos a nadar al tanque de alguna casaquinta o bien al campo ubicado a las afueras del pueblo para practicar béisbol con bates, mascotas y pelotas de verdad.

En una ocasión, mientras regrésamos caminando a nuestras casas después de uno de nuestros improvisados partidos, conversaba con Ramiro sobre el asunto de J.:

–Conozco a los dos que agarraron primero y que luego cantaron antela policía judicial.

–¿De verdad?

–Viven cerca de casa de tu abuelita.

Cuando me los describió, me dijo sus nombres y me indicó sus domicilios caí en la cuenta de que efectivamente los había visto en varias ocasiones: eran cinco o seis años mayores que nosotros, pero jamás me imaginé que aquellos muchachos, hijos de pequeños parcelarios, pudieran involucrarse en un ataque tan violento.

En el trabajo, Tomás y yo seguimos reuniéndonos con J.; recuerdo que los consejos que él nos daba se reducían a dos: cómo podíamos hacer mejor nuestro trabajo y no meternos en problemas.

Un día, el hijo del maestro panadero, que era el que nos hacía las bromas más pesadas, nos dijo:

–¿No les advirtió mi papá?

–Sí, respondí.

–¿Entonces?

—J. es tranquilo.

–¿Por qué crees que es calmado?

–No lo sé.

–Pregunta en tu casa qué les hacen a los violadores en la cárcel.

Obviamente no le pregunté nada a mi papá, pero sí a un tío mío, que toda su vida había trabajado en cantinas y otros antros: en el tambo te hacen lo mismo que le hiciste a la víctima. Pero ¿y el dedo que le faltaba, también se lo habían cortado en prisión o lo había perdido en algún accidente? Mi tío me dijo más: C., la muchacha violada, se metió a la prostitución, pues nadie del pueblo quería darle trabajo y jamás pudo tener novio ni casarse. Le desgraciaron la vida esos hijoeputas. Y también que el padrote de aquella muchacha era un conocido cochero. Recuerdo perfectamente que solo una vez vi a C. en el coche de aquel sujeto e iba llorando.

Luego de trabajar dos años en la panadería decidí que era tiempo de retornar a la escuela, así que entré a la secundaria. Nunca supe más de J. ni tampoco de C.. Supongo que los dos aún viven.

Hasta la próxima.

 P. D. El pasado 30 de septiembre el presidente francés Emmanuel Macron entregó en Madrid la Legión de Honor al cineasta Pedro Almodóvar y al escritor Javier Cercas. Vale la pena leer su discurso, pero lo que llamó mi atención fue la forma en que se dirigió a los presentes: señor Presidente Pedro, señoras y señores ministros, señora embajadora, señor embajador, señoras y señores en sus respectivos cargos y títulos, queridos amigos. Es decir, no repitió los nombres y los cargos de cada uno de los invitados especiales, como se acostumbra aquí, de suerte que los saludos de cada uno de los que intervienen acaban por convertirse en auténticas y adormecedoras letanías. Más economía verbal, señoras y señores políticos del patio.

Deja un comentario

Botón volver arriba

Descubre más desde EstamosAquí MX

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo