El gobierno kitsch

Querido diario:
En el capítulo VIII de La nueva era del kitsch. Ensayo sobre la civilización del exceso, Gilles Lipovetsky y Jean Serroy dedican un apartado a “El gobierno kitsch”, donde afirman que los lazos entre la propaganda y el kitsch son fuertes y están presentes en todo tipo de regímenes políticos: democracias parlamentarias, democracias republicanas (como México), regímenes fascistas, nacionalsocialistas o soviéticos.
¿Qué es lo que tienen en común? El uso masivo de soportes visuales –carteles, mantas, anuncios en TV, cines, plataformas de streaming, etc.–, y una retórica que enfatiza que la sociedad está dividida entre buenos y malos, patriotas y traidores, con el claro fin de justificar las prácticas políticas de quienes controlan el poder.
[…] En la propaganda sucede lo mismo que en las películas o en las novelas kitsch: la finalidad es conmover a las masas, despertar la sensibilidad, exacerbar los sentimientos (amor, odio, resentimiento, patriotismo), disimular y embellecer la realidad de los regímenes, conseguir la adhesión masiva de los ciudadanos que tienen que identificarse con la causa defendida. Por supuesto, existe todo tipo de kitsch político (nazi, fascista, soviético, chino, democrático), pero “es el ideal estético de todos los hombres políticos y de todos los movimientos políticos” […] p. 317.
¿Te parece algo conocido los discursos demagógicos que apelan más a los instintos, a las emociones, a la sensibilidad y no a la razón, que utilizan clichés y mitos para intentar distraer la atención sobre los problemas sociales realmente graves, disfrazar la realidad y explotar nuestra pereza mental? Pues entonces estás ante lo kitsch de la política.
Gilles y Jean proporcionan ejemplos de regímenes totalitarios que se caracterizaron o se caracterizan por sus delirios de grandeza: Idi Amin Dada, Jean-Bedel Bokassa, Muamar el Gadafi, Sadam Husein, Nicolae Ceausescu, Mobutu Sese Seko, Recep Tayyip Erdogan, Kim Jong-un, Vladimir Putin y el mismo Donald Trump, quienes se inventan pasados o triunfos gloriosos, se construyen mansiones faraónicas, emplean un discurso súper kitsch o se muestran como ejemplos de virilidad, de machos alfa.
Donald Trump, a juicio de ambos autores, representa un nuevo tipo de kitsch surgido del mundo hipermoderno.
[…] Surgido a la vez del capitalismo de negocios y de la telerrealidad, este hombre encara la política con la doble mirada del mundo del business y del mundo mediático. Incluso su persona, y la forma que tiene de ponerla en escena, se ajustan a ese estilo chillón y llamativo, hecho para captar la atención. El corte de pelo con ondas doradas y mecha laqueada, la famosa gorra rojo chillón con eslogan, todo ello acompañado de los signos ostentosos del éxito de los famosos: hermosa mujer muñeca de lujo, múltiples residencias con piscinas de mármol blanco y decoración imitando el estilo Luis XIV, muebles dorados recargados de bibelots, falsa vajilla antigua, techos decorados con pinturas al fresco, cuadro colgado de su despacho de la Casa Blanca que lo representa rodeado de los presidentes republicanos más memorables y, por supuesto, la Trump Tower, con sus paredes recubiertas de mármol rosa, sus ascensores dorados y sus 58 pisos lujosos sobre la Quinta Avenida: el hombre y su universo constituyen por sí solos un catálogo del kitsch pompier […] p. 321
Sin embargo, lo realmente interesante del apartado que comentamos es lo siguiente: ante la inexistencia de las grandes ideologías mesiánicas de ayer y la falta de credibilidad de los gobiernos, avanzan sin freno la individualización, la despolitización y el escepticismo, circunstancias que propician que los ciudadanos tiendan a juzgar a los líderes con base en su comportamiento privado, aunque sin dejar de lado los resultados de su gestión.
Como consecuencia de lo anterior el kitsch ha dado un nuevo giro de tuerca: ahora las y los políticos en el poder buscan mostrarse sencillos, sensibles, cercanos a la gente, casi casi angelicales.
[…] Sin embargo, en nuestras democracias, el aspecto político-kitsch que más posibilidad tiene de tener (sic) una continuación es el del pathos compasivo, el de la empatía manifiesta ante los dramas personales de los necesitados y los excluidos, de aquellos que sufren y son víctimas de grandes catástrofes. Actualmente, para conseguir la adhesión de los ciudadanos, los líderes tienen que demostrar obligatoriamente que tienen corazón y que son sensibles a las grandes desgracias que golpean a los hombres y a las mujeres. Beneficiarse de una imagen pública positiva supone la exhibición de su capacidad de compasión, de parecer “humano”, cercano a las víctimas […] p. 327
Este kitsch compasivo también se observa en las onegés, sociedades caritativas, iglesias, asociaciones de beneficencia, etc. Empero, tanto para los políticos como para las organizaciones de la sociedad civil, este espíritu político compasivo se ve minado por la violencia, el miedo y la incertidumbre del mañana.
Así que ya lo sabes, querido diario: cuando comiences a emocionarte por escuchar unas palabras o ver un gesto, un abrazo, la imagen de una política o de un político en escenarios perfectamente planificados, sonriendo, dando abrazos, besos, etc., etc., renuncia de inmediato a tu sentimentalismo y ponte en modo racional. ¿Lo crees factible? No estoy seguro, pero lo intentaré.
Hasta la próxima.
P. D. Comenzaré a leer la trilogía de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga. Por cierto, al fin pude conseguir en una librería de segunda del vecino país del norte, y a un precio accesible, México: país de ideas, país de novelas. Una sociología de la literatura de Sara Sefchovich publicado por Grijalbo en 1987.



