Opiniones

Mi diario y yo / 59

Amores juveniles

Imagen generada por la IA de Google.

Manolo / En los 70

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Un grupo de amigos vamos de excursión en un camión de redilas. Nuestro objetivo es Can Cún, un puerto apenas en construcción en el Caribe mexicano. Según el chofer, el viaje tardará unas nueve horas porque no hay carretera pavimentada hasta nuestro destino, así que acordamos partir poco antes de las nueve de la noche para llegar temprano.

Todos estudiamos la preparatoria, llevamos bolsas con sándwiches y trajes de baño. Por razones obvias, solo vamos parejas de enamorados, no hay solteros a bordo. Bueno, sí hay uno: el chofer. Fernando, el organizador de la excursión, va en la cabina con su novia. Es una bendición que el chofer haya traído las colchas que usa en las mudanzas.

Nos citamos en la Mejorada a las ocho, así que los primeros escarceos amorosos tuvieron lugar en ese parque mientras se juntaba el grupo.

En la medida de lo posible, cercados por paneles de madera por los cuatro costados, cada una de las cinco parejas nos las ingeniamos para encontrar un sitio apartado en aquellos catorce metros cuadrados de la parte trasera del camión.

Cristina me invita a que nos tendamos sobre la plataforma del vehículo. Unas tres o cuatro horas después que dejamos la capital la penumbra nos acompaña en el trayecto. En medio del continuo bamboleo, ella me toma de la mano y me dice que miremos la vía láctea, pero lo que yo quiero es besarla y acariciarla. Creo que se preparó exhaustivamente para esta loca aventura pues se sabe de memoria e identifica todas las constelaciones.

En un momento dado me libero de su mano, intento incorporarme para darle un beso como se debe, pero en ese momento el camión atraviesa por un hoyanco, la inercia me levanta de la plataforma y me lanza al otro costado de Cristina sin que yo logre mi cometido. Aunque a duras penas veo su rostro, me parece como si sonriera; de nuevo me toma la mano y me dice: Estate quieto y disfruta el cosmos. Con la otra me sobo discretamente el lomo para disipar el impacto del golpe.

Alberto / En los 80

Conocí a Valeria gracias a Rigoberto, que trabajaba como guía de turistas. Una tarde, mientras matábamos el tiempo, Rigoberto entró a nuestra oficina para presentarnos a un grupo de turistas brasileñas que llegaron a estas tierras atraídas por los enigmas de la cultura maya, que mi cuate se encargaba de hacerlos aún más indescifrables con sus cuentos fantásticos.

Rigoberto nos informó que esa noche las llevaría a la discoteca Alibabá y nos animó a acompañarlas, pues eran buena onda. No pudimos porque teníamos compromiso para ir con unas españolas al Tulipanes, pero al día siguiente las fuimos a buscar a su hotel, luego de salir del trabajo.

Valeria y sus dos amigas, según nos comentaron en su portuñol, descendían de alemanes que habían migrado al cono sur. Eran materia dispuesta a gozar de su estadía en nuestra tierra. Quiero pensar que el notable contraste del tono de sus pieles y de las nuestras funcionó como un elíxir confeccionado a partir de flores exóticas de la lejana Amazonia. ¿Nos verían como encarnaciones de ídolos prehispánicos, como decía Rigoberto entre en serio y en broma?

Recorrimos Paseo Montejo y nos detuvimos varias veces a comer sorbetes y otras chucherías; en el monumento a la Patria, propuse que los seis nos fuéramos a Progreso en mi coche. Nuestras acompañantes dijeron que no tenían inconveniente y montados en mi enorme Chevrolet, que más bien se parecía al batimóvil, emprendimos felices la marcha. Durante la hora que duró el viaje casi no hablamos porque estábamos ocupados en cosas más interesantes mientras escuchábamos por la radio Querida, La chica del bikini azul, Yo no te pido la luna, Amante bandido….. Valeria me preguntó entre susurros si conocía la música de Joao Gilberto y Antonio Carlos Jobim. “Solo en casetes”, le respondí. 

Cuando llegamos al puerto, decidí que no convenía ir ni al centro ni al muelle porque había mucha luz, así que tomé el camino a Chicxulub, donde mi familia tenía una casa de temporada. Como era octubre, el rumbo estaba prácticamente desierto.

Las parejas caminábamos a la orilla del mar, pero distanciadas unas de otras.

El viento movía la larga y blonda cabellera de Valeria, quien por momentos se libraba de mis brazos para chapotear alegremente. En un momento dado se despojó de su vestido, se alejó y yo me quedé en bóxers. Todos mis sentidos estaban más aguzados que de costumbre. Había electricidad en el ambiente y en el cielo se vislumbraban destellos luminosos. Ella estaba como a unos veinte metros y le grité que me esperara. Dio media vuelta y corrió hacia mí y yo hice lo mismo hacia ella. En segundos mi mente imaginó la escena de una película romántica y también el éxtasis que viviría pronto; sin embargo, cuando estábamos a un paso de fundirnos el uno con el otro sentí una aguda punzada en el dedo gordo del pie derecho. ¡Un cangrejo!, grité adolorido, pero no: era un maldito erizo. Todo se derrumbó.

Isaac / En los 90

Dicen que eso del amor a primera vista no es más que un viejo cliché, pero es cierto. ¿O será efecto de las feromonas? El asunto fue así: Cada lunes, a las seis y media de la tarde, tenía acuerdos de ventas en la oficina de mi jefe, quien casualmente había contratado a una nueva secretaria venida de no sé dónde. Era morena, alta, se movía con determinación, lucía un cabello lacio hasta la cintura y su perfil remataba en una barbilla inquietante. Se llamaba Aurora y su sonrisa iluminaba todo el despacho.

Lo primero que averigüé era si estaba casada o no para ahorrarme problemas. No lo estaba, acababa de terminar una relación y había puesto varios miles de kilómetros de por medio para cambiar de ambiente. Todos aspiraban a salir con ella, creo que incluso mi jefe, pero nadie se animaba porque, la verdad, imponían sus más de 1.80. En la oficina el más alto era yo con mis 1.68.

Luego de intercambiar saludos y sonrisas, un día me animé a invitarla al cine. Aceptó y fuimos al Mérida. Descubrí dos cosas: que los zapatos con plataformas son cómodos y que estaba mal de la vista, pues no atinaba a ver con claridad las dos manecillas de un enorme reloj ubicado al lado izquierdo de la pantalla sobre el cual aparecía el nombre de un banco.

Durante el intermedio fuimos a la cafetería donde compramos refrescos, palomitas y galletas y aprovechamos para ir al baño. Cuando la función se reanudó, tímidamente le tomé la mano izquierda; como no hubo ningún intento de rechazo de su parte, entonces crucé mi brazo derecho sobre sus hombros. Yo hacía como que miraba la película, que era sobre unos charros parranderos o algo así, pero en realidad trataba de desentrañar las reacciones faciales de mi acompañante. Cuando terminó la función tomamos un taxi hasta su casa. Nos despedimos en la puerta con miradas insinuantes y regresé al centro en el último camión.

El fin de semana siguiente, ya con más confianza, la invité a cenar a un restaurante más o menos elegante pero barato; hablamos largo y tendido sobre lo difícil que resultaba relacionarse en estos tiempos; me contó que tenía que trabajar para apoyar a sus padres y hermanos menores, de sus aspiraciones de retomar sus estudios de idiomas y viajar por el mundo y finalmente que esperaba conocer a un verdadero hombre que la hiciera feliz y que le diera muchos hijos. A leguas se veía que tenía claro el panorama.

–“¿Y tú, qué?”, me preguntó. Tragué saliva y no recuerdo qué inventé porque en ese momento yo solo quería tener novia.

Esa noche había tomado prestada una camioneta de la empresa, así que poco antes de llegar a la entrada de la colonia Alemán, donde Aurora se alojaba en casa de una pariente, me detuve en el último tramo de la Pérez Ponce y, sacando fuerzas de flaquezas, le tomé la mano y se la besé. Entonces ella me tomó del cuello y me atrajo hacia sí con determinación sorprendente. Nos besamos y acariciamos alocadamente no sé durante cuánto tiempo y cuando al fin logramos serenarnos me preguntó:

— “¿Y ahora qué hacemos?”.

Tragué saliva otra vez y me quedé mudo de la emoción y del ¿temor? Al día siguiente me convertí en el hombre invisible con una tortícolis de padre y señor nuestro.

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