La joyería

Querido diario:
A mediados de los años setenta conocí a don Teodosio, que era el mecánico de Choni, el chofer de la oficina en la que ambos trabajábamos. Choni, por cierto, fue quien me enseñó a manejar en una vieja combi de velocidades.
Como el taller no dejaba mucho dinero que digamos, la esposa y los hijos e hijas de don Teo ayudaban a la economía familiar. Doña Esperancita lavaba y planchaba ropa ajena y hacía pastelitos de camote, que salían a vender Eulalia, Marta, Alfredo y Santiago. Los cuatro recorrían a pie la Vicente Solís, la Azcorra y la Dolores Otero y estudiaban en la única escuela que había cerca de su casa, por el rumbo de El Cabrío. Los sábados Alfredo y Santiago iban al taller con su padre.
Un día, Choni, que era padrino de Alfredo, le preguntó a don Teodosio si estaba dispuesto a darle permiso de trabajar a su ahijado, en caso de que le encontrara una chambita. Le dijo que sí, siempre y cuando no fuera en una cantina o en una casa de asignación. “¡Cómo crees, compadre!”, dijo Choni y ambos se echaron una carcajada.
Me consta que Choni era una persona de buen corazón, pues siempre andaba ayudando a sus semejantes. Para muestra un botón: consiguió que uno de mis primos ingresara a la policía, cuando los cuicos usaban pantalones café oscuro, camisola color caqui, zapatos marrón y tolete negro. Aunque le advirtió desde un principio que allí tenía que andarse siempre derecho, mi pariente no le hizo caso, pues tomaba los tragos cuando estaba en servicio; además, pedía colaboraciones, en vez de imponer multasa los que se pasaban un alto. Estuvo como agente del orden no más de dos años y luego se convirtió en agente viajero. Me temo que lo corrieron porque no compartía las ganancias.
En sus ratos muertos, Choni se metía a todo tipo de pequeños negocios del centro — papelerías, zapaterías, panaderías, paleterías, etc.–, solo para preguntar si no había chamba para un jovencito honrado y con ganas de trabajar. En esa época te pedían dos cartas de recomendación, constancia de antecedentes penales y cuatro fotografías tamaño infantil.
Me decía que solo porque le había dado su palabra a don Teo no metía a su ahijado a trabajar en un famoso restaurante-familiar ubicado entre La Planchay Santa Ana, pues tenía buena amistad con su propietario. Desde luego, no sería como mesero ni en la barra, porque era menor de edad, sino en la cocina donde tendría segura la comida, aprendería a preparar varios guisos y, además, cada semana le darían unos pesos para llevar a su casa.
Durante varios meses, Choni no cejó en su intento de colocar a su ahijado en donde se pudiera. Y como el que porfía, mata venado, una de sus frases favoritas, por fin lo logró:
–¡Tuuskeep, no lo vas a creer!
–¿Qué?
–Acabo de encontrarle trabajo a mi ahijado.
–¿Dónde?
–Aquí cerca, a la vuelta.
–¿Dónde?
–En una joyería. Hablé con el dueño y me dijo que solo tenía que llenar dos requisitos: la autorización por escrito del papá o la mamá y que el muchacho estuviera sano. Le dije que no hay ningún problema.
–Qué bueno.
–Además, solo trabajaría de nueve a doce del día, de lunes a viernes.
–¿De dependiente?
–No.
–¿Entonces de qué?
–Don Luis me dijo que a raíz de que fue a tomar un curso de relojería en la capital del país vio allí un modo de anunciarse que no se conoce aquí.
–¿Cuál será?
–Según me dijo, en la capirucha los conocen como los hombres-reloj.
–¿Hombres-reloj? Nunca había escuchado eso.
–Precisamente porque aquí nadie lo ha hecho es que don Luis se animó, antes de que le ganen la idea.
–¿Y en qué consistirá la chamba de Alfredo?
–Está fácil: apenas llegue a la joyería se tendrá que colocar sobre los hombros dos correas de cuero de las que cuelgan dos tableros de madera en los que están empotrados dos relojes grandotes. Y caminará frente al local de la joyería. Nada más. El jefe me dijo que no pesan tanto.
–¿Tendrá algún descanso?
–Eso no lo hablé con don Luis, pero yo creo que sí le darán tiempo, aunque sea para tomar agua.
Cuando salíamos de la oficina y pasábamos por la calle de la joyería, veíamos a Alfredo que iba y venía con sus dos enormes relojes a cuestas, uno en el pecho y otro en la espalda, que refulgían con los rayos del sol. Choni y un servidor lo saludábamos desde la combi y él nos respondía discretamente, a fin de que no se fuera a molestar el patrón. Varios turistas se detenían a tomarle fotos al ahijado-reloj, aunque él siempre andaba muy serio, con la ropa bien limpia y planchada y la vereda recta, a la Benito Juárez.
Allí trabajó Alfredo hasta que terminó la secundaria, estudió luego la preparatoria y finalmente se metió al tecnológico para cursar una carrera. ¿Qué habrá sido del resto de aquella modesta familia?
Hasta la próxima.
P. D. Por cierto, tengo que indagar si Choni aún vive en Ixil para invitarlo a comer algún día y darle las gracias porque me hizo vencer mi miedo al volante, pero sobre todo por ser una buena persona, de esas que te alegras y enorgulleces de haberla conocido. ¿Seguirá jugando beisbol? Creo que era cácher.



