Opiniones

Mi diario y yo / 48

Compulsión escritural

Querido diario:

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Confieso que la primera vez que escuché sobre Charles Bukowski fue durante una charla con mi colega Rafael Gómez Chi en la sala de redacción del diario donde ambos trabajábamos. No recuerdo exactamente la fecha, pero sí que fue mucho antes de la pandemia. Gómez Chi hablaba maravillas de ese autor, del que es devoto, y me recomendó leerlo, pero no lo hice entonces, sino hasta ahora.

La semana pasada, cuando husmeaba en los anaqueles de una librería, me topé con La enfermedad de escribir, que contiene una selección de cartas que Bukowski envío a diversas personas desde 1945 hasta 1993, poco antes de su muerte. Creí conveniente conocer algo de la personalidad de este escritor antes de adentrarme en su narrativa.

Su correspondencia permite asomarnos al mundo del joven Bukowski, de su paso por su etapa adulta y vejez y lo que vemos es una existencia marcada por la violencia, la pobreza, el alcohol, la depresión y otros males físicos y la compulsión de escribir poesía y uno que otro relato a como diera lugar.

Cuando era niño y adolescente su padre le caía a golpes sin qué ni para qué hasta que se hartó, se enfrentó a su agresor y abandonó el hogar para vagar por EE.UU. Para sobrevivir trabajó en un matadero, en una fábrica de comida para perros, de mecanógrafo, en un banco de sangre, colgó carteles en el metro de Nueva York, recogió algodón y tomates en California, reponedor en Sears-Roebuck, encargado de gasolinera, pornógrafo, cartero, pero sin abandonar la obsesión de escribir, inclusive en las márgenes de periódicos viejos, servilletas y papel de baño. De hecho, junto con unos de sus compinches, alguna vez concibió la idea de publicar una revista utilizando este material higiénico.

Bukowski creía que la literatura de su tiempo estaba estancada, abominaba de los escritores exitosos, pero sobre todo de los maestros universitarios, pues era contrario a la idea de que se puede enseñar a escribir; para él lo fundamental es vivir la vida, que en sus términos significaba pasarla mal, muy mal, así como cohabitar con prostitutas, expresidiarios, locos, fascistas, anarquistas, ladrones y aprender de ellos e incluso estar consciente de la proximidad de la muerte.

No obstante, reconocía no solo el trabajo sino también la influencia de algunos creadores como Dos Passos, Turguénev, parte de Celine, parte de Hamsun, casi todo John Fante, gran parte de Sherwood Anderson, el Ernest Hemingway de la primera época, todo Carson McCullers, etc. También tenía predilección por compositores como Mozart, Mahler, Bach, Wagner y Eric Coates; admiraba a personajes como Jack Nicholson, Jackie Gleason, Charlie Chaplin, Bette Davis, Max Schmeling y Hitler. (p. 189)

Confiesa que, además de la mariguana, también le entró a las drogas duras, pero pronto las abandonó porque se dio cuenta de que no lo llevaban a ninguna parte, ya que consumirlas no era más que una especia de suicidio entretenido. Le gustaba más el alcohol por sobre todas las cosas.

Como suele suceder, hubo editores que lo apoyaron cuando casi todas las revistas de renombre e incluso la mayor parte de las de vanguardia rechazaban sus poemas y otros trabajos por crudos, crueles, sexistas, machistas, misóginos, políticamente incorrectos, obras de un loco. Esta exclusión agudizó su depresión y su miseria, pero aunque hubo periodos de sequía creativa, casi siempre encontró la motivación para seguir adelante. Una de sus razones, decía, es que no podía renunciar a escribir pues casi todo lo que se producía era mediocre, intolerable, una estafa, una pérdida de tiempo.

Su suerte comenzó a cambiar cuando ya era una persona mayor, seguramente porque, como le anticipó uno de sus editores, la sociedad también había cambiado y veía con otra sensibilidad los poemas, novelas y cuentos de este escritor indecente y pervertido. En otras palabras, había llegado su tiempo.

Bukowski comenzó a dar recitales en varias ciudades norteamericanas, sus libros comenzaron a traducirse y venderse bien, incluso fuera de su país y esa bonanza inesperada la percibió como una traición a sí mismo, pues había sostenido que el sistema siempre acababa fagocitando a los mejores poetas.

Escribía lo que le venía a la mente y se preocupaba poco o nada por la ortografía y la sintaxis. En consecuencia, montaba en cólera cuando en las redacciones de las revistas que sí aceptaban sus escritos se corregían los errores, pues decía que querían imponerle un estilo que no era el suyo. También armaba bronca cuando las palabras que había escrito correctamente aparecían con erratas. Aspiraba a que se respetara la pureza de sus creaciones, aun cuando admitía que había escrito mucha basura, pero que entre los detritos también había algunas piezas notables, casi casi obras maestras. Pasó de escribir a mano a hacerlo en máquina y finalmente en computadora, pues vivió 73 años.

Creo que este párrafo refleja bien la controvertida personalidad de este lobo solitario:

[…] Lo que escribimos es el resultado de lo que hemos vivido con el paso de los años. Es una excelente huella de quienes somos. Lo que ya hemos escrito no sirve de nada, lo que cuenta es la siguiente palabra. Y que no se te ocurra ninguna palabra no quiere decir que seas viejo, sino que estás muerto. No pasa nada, todos moriremos, pero, como todo el mundo, espero un aplazamiento. Otro folio en la máquina de escribir bajo la lámpara caliente, bebiendo vino, encendiendo colillas apagadas mientras en la planta baja mi mujer oye ruidos y no sabe si estoy loco o borracho. Nunca le enseño ni hablo sobre lo que escribo. Cuando la suerte me sonríe y publican un libro mío, me acuesto, lo leo, no le digo nada y se lo paso. Lo lee y me hace algún comentario, poca cosa. Así lo han querido los dioses. Es una vida que está más allá de cualquier consideración mortal y moral. Es lo que hay, no queda otra. Y cuando mi esqueleto descanse en el ataúd, si es que tengo uno, no habrá nada que me arrebate las magníficas noches que he pasado frente a la máquina de escribir […] (p. 211)

No me apetece para nada su poesía, sino las novelas más o menos autobiográficas de Bukowski plasmadas en La senda del perdedor, Factótum, Cartero, Mujeres y Hollywood.

Hasta la próxima.

P. D. Me pregunto si este autor, que nació en Alemania y era un consumado provocador, de verdad admiraba a Hitler como escribió en varias de sus cartas. De todas maneras, siempre trato de distinguir entre la obra, las creencias y/o comportamientos de los creadores porque todos somos imperfectos, contradictorios y falibles, unos más que otros.

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