Opiniones

Mi diario y yo / 46

Violencia irracional

Querido diario:

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A principios de los años 80 del siglo pasado, la comentocracia de nuestro país acuñó el término colombianización para describir prácticas de sicariato, atentados con explosivos, la formación de grupos de autodefensa y/o paramilitares y la infiltración y/o coptación del Estado por parte de los cárteles de la droga. El propósito era convencernos de que en México estábamos mal en materia de crimen organizado, pero no tanto como nuestros vecinos sudamericanos.

Paradojas de la historia: casi medio siglo después ahora se habla de mexicanización para describir los mismos problemas apuntados arriba, de los que ingenuamente pensamos que nunca afrontaríamos, además de ciertas prácticas sui géneris de nuestro sistema político-electoral. (1)

En aquel entonces en Colombia la ultraderecha fanática ejercía una violencia irracional contra todas aquellas personas que consideraban comunistas, subversivas, tontos útiles o bien defensores de los derechos humanos. Evidentemente eran partidarios de las terribles consignas del franquista español Millán-Astray: “Mueran los intelectuales!” “¡Viva la muerte!”

La ultraizquierda, por su parte, hacía exactamente lo mismo contra quienes identificaba como clasistas, racistas y agentes extranjerizantes fueran ricos, clasemedieros o pobres, pues sus atentados mataban inocentes al por mayor. No había lugar para la moderación o centro político, como hasta la fecha.

Fue en el marco de esa nociva polarización política cuando tuvo lugar el asesinato de Héctor Abad Gómez, médico y activista colombiano, cuya historia nos cuenta su hijo, el escritor Héctor Abad Faciolince en su libro El olvido que seremos publicado por Alfaguara en 2017.

Abad Faciolince recuerda cómo, desde su primera infancia hasta su adultez, mantuvo una relación cercana, afectiva y de admiración con su padre, al que describe como un ser humano alegre, optimista, comprensivo, compasivo e inquieto.

Como médico higienista y profesor universitario procuraba que sus alumnos conocieran la realidad social y los exhortaba a transformarla sin esperar a graduarse: […] La medicina no se aprende solamente en los hospitales y en los laboratorios, viendo pacientes y estudiando células, sino también en la calle, en los barrios, dándonos cuenta de por qué y de qué se enferman las personas […], les decía.

Por estas y otras muestras de independencia, como apoyar huelgas de profesores, criticar las carencias sociales de los grupos marginados, defender los recursos naturales de la depredación, etc., Abad Gómez pronto se ganó la fama de conflictivo a los ojos de quienes estaban a gusto con la situación imperante, que era todo, menos justa e igualitaria. Cuando ocupó puestos de mediana importancia en su país, gracias a su formación en misiones internacionales e instituciones educativas extranjeras, procuró introducir agua potable en las comunidades desfavorecidas, promovió la construcción de letrinas, impulsó la vacunación, el consumo de alimentos saludables, enseñó hábitos de higiene elementales que salvaban muchas vidas, muchas más que los antibióticos y otros medicamentos. Lo primero que hizo don Héctor cuando se enteró que lo tildaban de luchador izquierdista fue leer a Marx y Engels, autores que jamás había visitado.

[…] Al final de sus días acabó diciendo que su ideología era un híbrido: cristiano en religión, por la figura amable de Jesús y su evidente inclinación por los más débiles; marxista en economía, porque detestaba la explotación económica y los abusos infames de los capitalistas; y liberal en política, porque no soportaba la falta de libertad y tampoco las dictaduras, ni siquiera la del proletariado, pues los pobres en el poder, al dejar de ser pobres, no eran menos déspotas y despiadados que los ricos en el poder […] (2)

Como podemos imaginarnos, la vida de don Héctor casi siempre estuvo llena de presiones, críticas, ingresos económicos insuficientes y cuando se vio forzado a salir de su país y dejar a su familia, fue su esposa Cecilia Faciolince, mujer emprendedora, la que se hizo cargo de la prole formada por un chico, el pequeño Héctor, y muchas chicas: Clara Inés, Marta, Mariluz, Eva y Sol Beatriz.

Para escapar por momentos de los problemas de la vida diaria, don Héctor acostumbraba encerrarse en su pequeño estudio para escuchar, a todo volumen, música clásica, leer poesía, escribir y reflexionar sobre política y sociología… Digamos que tenía interés por todo lo humano.

El olvido que seremos consta de 14 capítulos: Un niño de la mano de su padre, Un médico contra el dolor y el fanatismo, Guerras de religión y antídoto ilustrado, Viajes a Oriente, Años felices, La muerte de Marta, Dos entierros, Años de lucha, Accidentes de carretera, Derecho y humano, Abrir los cajones, Cómo se viene la muerte, El exilio de los amigos y El Olvido.

Los más desgarradores son, desde luego, los últimos que detallan cómo las amenazas de muerte contra aquel buen ser humano se materializaron el 25 de agosto de 1987, cuando dos sicarios vaciaron sus armas contra el cuerpo de don Héctor Abad Gómez en Medellín, Colombia. Antes y después de él cayeron muchos profesores y estudiantes universitarios, líderes de trabajadores, dirigentes de barrio….

Héctor confiesa que tuvieron que pasar más de veinte años para que pudiera escribir sobre el asesinato de su progenitor porque antes simplemente no podía afrontar la tristeza y la ira que lo embargaban cada vez que se lo proponía.

[…] Es posible que todo esto no sirva de nada: ninguna palabra podrá resucitarlo, la historia de su vida y de su muerte no le dará nuevo aliento a sus huesos, no va a recuperar sus carcajadas, ni su inmenso valor, ni el habla convincente y vigorosa, pero de todas formas yo necesito contarla. Sus asesinos siguen libres, cada día son más y más poderosos, y mis manos no pueden combatirlos. Solamente mis dedos, hundiendo una tecla tras otra, pueden decir la verdad y declarar la injusticia. Uso su misma arma: las palabras. ¿Para qué? Para nada; o para lo más simple y esencial: para que se sepa. Para alargar su recuerdo un poco más, antes de que llegue el olvido definitivo […] (3)

El olvido que seremos es entrañable, conmovedor, trágico, un libro escrito con una prosa sosegada, del que todos podemos beneficiarnos emocionalmente.

Hasta la próxima.

P. D. Te comparto esta encuesta que me llegó vía correo electrónico:

Subraya cuál de estos personajes es honesto y simpático:

A).- Gianni Infantino

B).- Donald Trump

C).- Ambos

D).-Ninguno de los dos

Referencias

(1).-https://sferapolitica.com.mx/de-la-colombianizacion-a-la-mexicanizacion-por-marcos-perez-esquer/ 

(2).- Abad Faciolince, Héctor (2025). El olvido que seremos. México: Alfaguara, Narrativa Hispánica, 8ª reimp, p. 55.

(3).- Abad Faciolince, op. cit., pp. 295-296.

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