Opiniones

Mi diario y yo / 43

El CIVA

Querido diario:

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Nuestra plaza se inauguró a principios de los noventa del siglo pasado, pero comenzamos a reunirnos allí hace unos veinte años más o menos. Hubo dos razones para adoptarla como sede: pasó de moda y logramos una jubilación que nos permite darnos algunos pequeños lujos, pero que es insuficiente para enfrentar enfermedades catastróficas, por ejemplo.

“No es cierto, hubo otra razón y fue la principal: no queríamos estar achocados en nuestras casas todo el santo día” puntualizaba Evo, a quien perdimos durante la pandemia.

Cuando la plaza estuvo en su apogeo nos veían con malos ojos cuando nos sentábamos a tomar un café o un refresco y nos tardábamos horas. Empleados y empleadas venían a cada rato a nuestra mesa para preguntarnos si se nos ofrecía algo más, que era una forma educada de darnos a entender que debíamos largarnos a otra parte. Con la construcción de otros centros comerciales pronto bajó la afluencia de clientes y entonces, sí, comenzaron a ser más tolerantes con nosotros. Ahora somos, sin exagerar, los consentidos, los reyes del lugar.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo pasamos de la simple plática a jugar dominó de 10 a 13 horas, de lunes a viernes. Sí me acuerdo que cuando Teo intentó introducir cubiletes y barajas, el gerente, aunque ya era nuestro cuate, puso el grito en el cielo e incluso amenazó con desalojarnos. “No es para tanto, Solfe, solo queremos pasar más tiempo aquí, pero haciendo cosas distintas”, le dijo Teo.

El asunto no pasó a mayores porque casi inmediatamente la plaza resucitó o al menos recuperó parte de su atractivo: a Solfe se le ocurrió la genial idea de poner música en vivo en el área de restaurantes en vez de la señal de FM, que fue lo primero que se escuchó allí, y luego música grabada en CDs. En el sitio han desfilado, y continúan haciéndolo, solistas, tríos, cuartetos e incluso grupos musicales de seis o más elementos que con sus canciones y ritmos animan la jornada. ¿Cuándo dará ahí una audición la Mérida Big Band?

Teo también sugirió que para aprovechar la música guapachosa debíamos llevar a nuestras medias naranjas a fin de armar el bailongo. “Tas loco o de picó algún bicho raro. Las fieras no deben salir de su encierro”, sentenció Tacho. Como Teo confirmó en nuestras miradas que apoyábamos al vallisoletano no tuvo más remedio que apechugar.

“Además, está bien que uno sea buen bailarín, pero eso de dar espectáculo ante desconocidos como que no va conmigo”, pensé, pero no lo dije. Así que nos contentamos con mover cabeza, manos, rodillas y pies en nuestras sillas, como dice la letra de conocida canción infantil.

Por otra parte, Solfe, que se las sabe de todas todas, transó con los músicos, algunos de ellos egresados de escuelas o conservatorios del patio y de otras partes del país, que solo les pagaría el mínimo por tocar durante una o dos horas al día, con descansos de quince minutos cada media hora, y que el resto debían obtenerlo de las propinas de los oyentes.

Recuerdo que en los primeros meses nosotros, como inquilinos premier de la plaza, nos pusimos de acuerdo para apoquinar una lanita a fin de que los músicos no se fueran con las manos vacías. Afortunadamente poco a poco la gente comenzó a depositar dinero en las cajas, estuches o sombreros que los ejecutantes colocan sobre una mesa. Por cierto, no sé cuál de ellos recurrió primero al viejo truco de medio llenar con monedas y billetes esos objetos con tal de incentivar a los mirones a no ser tan tacaños. Los restauranteros, por su parte, como veían que muchas personas se reunían en la zona de sus negocios, atraídos por la música en vivo, decidieron obsequiar diversos guisos a los artistas.

Pero creo que ya me desvié de mi propósito: a lo que quería llegar es que la temática y el ímpetu de nuestras charlas ha ido variando con el paso de los años, como es natural. En principio únicamente hablábamos de nuestras ocasionales conquistas, viajes, anécdotas, lecturas, deudas, suegras, etc.; ahora solo nos quejamos de doctores, enfermeras, terapistas, ventilamos nuestros achaques, qué medicamentos de patente, similares o remedios naturales funcionan para tal o cual dolencia, intercambiamos resultados de análisis para ver quien gana a quién en glucosa y colesterol, cuál es el suplemento alimenticio de moda, etc. ¡Qué nostalgia sentimos por los camarones de hace medio siglo!

Sin embargo, lo que a mí me encanta es observar las manías de mis contertulios: casi todos se pintan el pelo, cejas, bigote y barba con colores que pretenden destantear a Cronos; otros se han hecho cirugía de párpados, rinoplastia y de mentón; dos acuden periódicamente a hacerse manicure y pedicure; tres se decoloraron los ojos hasta dejárselos verdi-azules; cuatro se metieron al gimnasio para lograr una fisonomía como la del Santo; cinco procuran estar en profundo silencio apenas regresan a sus hogares; a todos nos han mandado dietas bajas en azúcar, sal y carne de puerco y todos hemos fracasado estrepitosamente. En fin…

Como varios de nuestros compañeros tienden a sentirse tristes o preocupados por alguna enfermedad crónica o por alguna pérdida, a Odilón se le ocurrió ayer lanzar la consigna de “Prohibido leer obituarios y esquelas” y nos invitó a alejar de nuestros cuerpos y mentes todas las amenazas reales o potenciales que nos rondan. ¿Cómo? Haciendo algo nuevo, distinto, que nos inyecte, si no testosterona, al menos adrenalina.

–¡Seamos los socios fundadores del CIVA!, gritó.

–¿Es la dependencia que sustituirá al INSEN?, preguntó Tirso.

–¿En qué siglo vives, Tirso? ¡El INSEN desapareció hace años!, dijo Quixo.

–¡Que lo lleven al Celarain!, se escuchó decir a Nelo.

–Nada de eso. CIVA son las siglas del Centro de Investigación de la Vida Ajena. La idea no es mía sino de mi amigo Mario.

–¿Qué Mario, Lugo?

–No, hombre, de mi amigo Mario Vargas Llosa.

–¡A poco lo conociste, Odilón! ¡Tas vacilando!, dijo Romualdo.

–Bueno, no en persona, sino a través de sus libros.

–Menos mal que eres sincero.

–¿A poco no sería fantástico hurgar en la vida de los demás? Seguro que nos llevaríamos muchas sorpresas. Todos guardamos secretos, ¿o no? ¿Le meten o ya se les acabó el cacumen?, preguntó.

Como en todo régimen que se precia de democrático, acordamos poner algunas reglas básicas, que en realidad se pueden traducir como privilegios: ningún socio fundador ni ningún familiar suyo hasta el cuarto grado puede ser investigado; queda prohibido difundir lo que, por casualidad, indiscreción, descuido o metida de pata se filtre de nuestra vida privada; si alguien olvida su celular durante las juntas nadie debe husmear en sus chats o correos electrónicos, so pena de ser expulsado del CIVA; no se permite la intervención telefónica ni el acceso a imágenes grabadas por cámaras de videovigilancia del C-5 o por las de los moteles del periférico; menos jaquear laptops y fisgonear en el historial de búsqueda; tampoco enviar links con malware con el fin de obtener información confidencial, etc.

Luego de un estira y afloja más o menos prolongado llegamos a un consenso y se dio la señal de arranque del CIVA Yucatán, que promete grandes revelaciones. Te mantendré al tanto.

Hasta la próxima.

P. D. El otro día me di cuenta que para consumir 625 mililitros de agua necesito 18 tragos. Asimismo me descubrí contando las veces que me paso el cepillo por los incisivos (15) premolares y molares (12) y sobre la lengua (10), cada vez que me lavo la boca. No lo vas a creer, pero también llevo la cuenta de cuántas veces me tallo con la toalla la cabeza, los xiques, brazos, piernas y espalda después de bañarme en la regadera. ¿Tendré principios de TOC? ¿Debo preocuparme?

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