Cultura

Los muchachos del Montejo

No eran influencers. No eran emprendedores. Eran, simplemente, los muchachos del Montejo. Y su vida cabía en cuatro cuadras.

Si tú naciste entre 1945 y 1975 en Mérida, tu vida de joven no se entiende sin el Paseo Montejo. No porque fuera bonito – que lo es – sino porque era el único lugar donde podías ser joven sin que tu mamá te estuviera viendo desde la puerta.

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Y aún servidor le tocó vivirlo.

Masomenos la rutina era así querido lector:

EL ARREGLO

La vida empezaba a las 5. En las casas de la García Ginerés, de la Alemán, de la Itzimná, se prendía la luz del baño.

Las muchachas se arreglaban. Se planchaba el vestido. Se ponían el perfume de Maja. El objetivo era claro: verse guapa, pero decente. Que no dijera tu tía «mira cómo va esa hija de doña tal».

Los varones, por su lado, se echaban brillantina, se ponían la guayabera blanca bien almidonada que mamá planchó, y le pedían la llave del coche a papá. Si no había coche, no importaba. La bicicleta con el manubrio alto era suficiente. Lo importante era moverse para ahí.

LAS REGLAS NO ESCRITAS

El Montejo tenía sus leyes, más estrictas que las de la escuela.

Ley 1: Los de a pie a la derecha. Las muchachas caminaban del lado de las casas, en grupo, nunca solas. Los muchachos caminaban del lado del camellón, solos o en pareja, cazando.

Ley 2: La vuelta. Si tenías coche, no podías ir a más de 20 km/h. Era desfile. Ponías tu radio: Los Beatles, Los Johnny Jets, después Los Pasteles Verdes. Y mirabas. Si una muchacha te gustaba, no le gritabas una leperada. Le decías a tu cuate: «Mira la de vestido verde». Tu cuate pitaba. Si ella volteaba y se reía, ya tenías tema para toda la semana.

Ley 3: El Colón manda. El punto final era siempre la Dulcería y Sorbetería Colón. No había Starbucks. Ahí se pedía una champola o un helado de coco. Y ahí se hacía la pregunta: «¿Quieres ser mi novia?». Si te decía que sí frente a todos, ya eras hombre. Si te decía que no, te ibas a tomar tu helado solo hasta el Monumento a la Bandera para que no te vieran.

LAS CLASES SE MEZCLABAN A FUERZAS

En Montejo pasaba algo que no pasaba en ningún otro lado de la Mérida de castas de antes.

El hijo del hacendado henequenero que vivía en el palacete de la calle 56 con Montejo, se tenía que cruzar con el hijo del obrero de Cordemex que llegaba en camión de la 59.

Ambos querían a la misma muchacha: la muchacha delgada, o la mestiza hermosa de ojos grandes que venía a vender dulces y se quedaba a pasear.

Montejo era democrático. El polvo del henequén no entraba ahí. Ahí todos eran «jóvenes de Mérida».

A LAS 10: SE ACABA EL SUEÑO

A las 10 de la noche sonaba la campana invisible. Casi como las de cenicienta.

Las muchachas decentes ya tenían que estar en su casa. Si no, el papá salía con cinturón a buscarte en el Montejo.

Los muchachos se quedaban un rato más, fumando un Delicados sin filtro en la esquina del Peón Contreras, contando mentiras de cuántas novias tenían.

Y luego cada quien a su casa. A pie, en bici, en camión. Sin haber besado a nadie, muchas veces. Pero con la promesa de que el próximo domingo, a la misma hora, en la misma banca, la vida podía cambiar.

Esa era la vida del joven yucateco del Montejo: no tenía nada y lo tenía todo. Tenía tiempo.

Hoy los jóvenes  tienen todo en el celular y no tienen tiempo para una banca.

Por eso Montejo está triste los domingos. Porque nadie se sienta ya a esperar.

Pero que buenos tiempos y que bueno que soy de la prehistoria y me

Tocó vivirlo de primera mano.

Fin.

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