
Durante siglos hemos estudiado el cuerpo humano como una máquina extraordinariamente organizada. Sabemos que cada órgano cumple una función y que la vida depende del equilibrio entre todos sus sistemas. Sin embargo, pocas veces pensamos que la Tierra posee una organización sorprendentemente semejante.
No porque el planeta sea un ser vivo en sentido biológico, sino porque funciona como un sistema integrado en el que cada elemento depende de los demás para conservar su estabilidad.
La corteza terrestre y las placas tectónicas forman el esqueleto del planeta; sus límites actúan como articulaciones en permanente movimiento. Cuando una articulación humana pierde su lubricación aparecen el desgaste y la enfermedad. De manera semejante, cuando el equilibrio de la corteza terrestre se altera por procesos naturales o por una intensa intervención humana, surgen deformaciones del terreno, subsidencias y deslizamientos.
En nuestro cuerpo, el líquido sinovial reduce la fricción y distribuye las cargas de las articulaciones. En la Tierra, el petróleo —almacenado durante millones de años en las rocas sedimentarias— no cumple la misma función, pero comparte una característica esencial: ocupa espacios internos y contribuye al equilibrio físico del sistema que lo contiene.
La analogía continúa. La sangre encuentra su equivalente en el agua, que recorre ríos, acuíferos y océanos llevando vida a los ecosistemas. Los bosques, las selvas y el fitoplancton desempeñan una función semejante a la de los pulmones; los humedales, los manglares y los océanos depuran contaminantes como un inmenso hígado; y los suelos junto con la vegetación protegen la superficie terrestre como la piel protege al cuerpo humano.
Cuando alguno de estos sistemas pierde su equilibrio, el organismo reacciona. La Tierra también lo hace. Terremotos, erupciones volcánicas y deslizamientos son manifestaciones de un planeta dinámico que busca alcanzar un nuevo estado de equilibrio después de una perturbación.
En apenas dos siglos, la expansión industrial y los grandes intereses económicos han perforado millones de pozos petroleros, excavado montañas completas, desviado ríos, construido miles de presas, rellenado mares, secado humedales, talado bosques y desplazado cantidades colosales de roca, agua y sedimentos. Nunca antes, desde la aparición de nuestra especie, una sola forma de vida había redistribuido tanta masa sobre la superficie terrestre en un periodo tan breve. A ello deben añadirse las pruebas nucleares subterráneas, los bombardeos sobre mares y montañas donde se ocultan arsenales militares y otras intervenciones estratégicas que también alteran el equilibrio físico del planeta. En nombre de la hegemonía política, militar y económica, la Tierra ha sido sometida a profundas agresiones que han deteriorado su funcionamiento natural, provocándole una especie de deficiencia orgánica a escala planetaria.
Cada vez que un gran terremoto sacude una ciudad y deja miles de víctimas, la humanidad recuerda que habita un planeta cuya energía interna permanece fuera de su control. Paradójicamente, mientras la Tierra libera de manera natural las tensiones acumuladas en su interior, el sector humano dedicado a la acumulación de dinero continúa perforando, excavando, dinamitando y modificando su superficie como si ese gigantesco organismo fuera una estructura inerte. No son necesariamente los mismos procesos, pero ambos revelan una verdad ineludible: la estabilidad del planeta es alterada por los intereses de poder político y económico.



