Cultura

La venganza es dulce

El salón de sexto año de aquella escuela se encuentra con el total de sus alumnos repleto. Por aquel entonces, y no me refiero hace muchísimos años, las aulas podrían albergar a un número indeterminado de niños. Cosa que afortunadamente no es así. Antes eran más de 40 niños en los salones de secundaria también. Hoy me pongo en el lugar de los maestros y de las señoritas, que así se les llamaba por entonces a las profesoras, pienso que se requería de demasiada paciencia y de un increíble dominio de su imagino destrozado sistema nervioso.

Sin embargo, la mayoría de los mentores reunían calidad y calidez aunque uno que otro estallaba en explosiones de furia y castigaban físicamente a los alumnos, cosa que estaba en aquel entonces era muy usual y normalizado, ya que se educaba a base del viejo y conocido refrán: “la letra con sangre entra”.

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Pero tengo que decir que el maestro de sexto grado sí se pasaba de la raya: a punta de reglazos, arrojando incluso el borrador hacia nuestras cabezas, y si consideraba la falta lo suficientemente grave, entonces venían los cintarazos. Este personaje sí que era un hombre malo. Así que un día, los muchachitos se unieron para armar un plan en contra de este salvaje hombrón.

Conocían todos sus hábitos: a las diez de la mañana en punto lo veíamos saborear un gran vaso de agua que tomaba del filtro del salón, esto de filtro, es un decir, porque para comenzar no existía en Mérida red de agua potable, se trataba de una especie de galón, que el mozo de la escuela llenaba todos los días a cubetazos con agua de lluvia, y lo cubría con una capa metálica.

Ese momento en el que el maestro tomaba el líquido fresco y vital, proporcionaba a los alumnos la máxima felicidad, todos gozaban mientras veían pasar el agua por su garganta, Se preguntará el lector: ¿y…? Pues te cuento:

Como se trataba de una escuela exclusivamente de puros varones, antes de comenzar las clases, uno a uno, con gran gusto y por gusto, fueron orinando el famoso filtro, y para que la cosa sea más sabrosa para los chiquillos, lograron atrapar a dos sapos que echaron al mismo contenedor y nadaban alegremente. Qué gozo y qué venganza, no hay refrán perdido: “no hay nada más dulce que la venganza”.

¡¡¡¡ Cómo gozamos ver que se tome el ‘wix’ de ochenta niños!!!!

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