
Era muda, pero emitía sonidos que le permitían darse a entender. De talla pequeña, se le empezó a ver mendigando en los parques de la Madre e Hidalgo en algún momento de la década de 1980.
Llegada no sabemos de qué estado de la República, al principio cargaba una maleta rígida de color claro y un atado de trastes metálicos, andando con unos zapatos de tacón que le quedaban grandes y le dificultaban el paso. Por ese entonces una sobrina mía gustaba de ponerse los zapatos de su mamá o de su abuela, y lo que en esa pequeña niña era gracia, en aquella más que madura mendiga era tristeza, solo atenuada por la ingenua coquetería con que los portaba.
Ya después empleó un calzado más práctico y, a diferencia de tantos mendigos, nunca se le veía con la misma ropa y no despedía olores desagradables. Tal vez dormía en alguna banca o en el hemiciclo que circunda la escultura de la Maternidad y era común verla comiendo algún guiso caldoso en una de sus ollitas.
Por lo regular, pedía caridad y si le daban monedas de poco valor, entre sonidos y gestos parecía preguntar si era todo lo que podían darle. Cuando le contestaban afirmativamente con algún movimiento de cabeza o ademán, no se enojaba y expresaba a su manera un agradecimiento.
A veces le encargaban que repartiera folletos publicitarios de alguna casa comercial, lo cual hacía solemnemente, con movimientos que casi parecían militares, reforzados con su rostro severo. Otras veces —una de las dos imágenes más recordables de ella— se paraba en la calle 59 x 56 y 58 con un pequeño tambor a las puertas de un negocio de instrumentos musicales que ya no existe. No puedo decir que fuera un rataplán ese desajustado tamborileo, nada grato al oído, pero integrado a una imagen casi infantil, conmovedora para los transeúntes.
Y la otra imagen, esa sí muy discutible, era la de portar un quepí de policía y un silbato, parada en el ángulo noroeste del Parque Hidalgo (la 59 x 60, cuántos variados relatos y personajes tengo de ese cruce en la memoria, sobre todo de quienes se sentaban en las dos bancas que existieron durante años). Dirigía el tránsito según ella y según algunos idiotas, pues increíblemente había quienes le hacían caso. No he podido saber quién o quiénes fueron los irresponsables que le proporcionaban esos implementos policiales y que habrían sido los verdaderos culpables de algún accidente, lo cual por fortuna nunca ocurrió.
Ella se paraba en esa esquina y sin mirar siquiera el semáforo manoteaba para indicar a los conductores que siguieran de largo o se detuvieran. No se me olvida su gesto cuando alguien no respetó su indicación y se detuvo: frunciendo el ceño se tocó varias veces el ojo con el dedo índice como para decirle: “¡Presta atención, tú!”.
Así que entre sus juegos de repartir folletos, promover un negocio como tamborcilla (Conrado Roche escribió una crónica sobre ella denominándola “la edecán”) y hacerle la chamba a los agentes de tránsito, se pasaba la vida, entreteniéndose en sus numerosos tiempos muertos con asustar a gritos a los viandantes para enseguida carcajearse de su broma como la niña que en realidad era.
Súbitamente desapareció, al igual que dejamos de ver a tantos personajes callejeros del centro meridano antes del 2010. Recuerdo haber escrito sobre esa repentina desaparición colectiva y que días después una de las consagradas plumas de vocación oficialista me llamara para indicarme que no era cierta esa ausencia, que todas aquellas personas en situación de calle seguían en el centro. Pude constatar que sí, aunque solo por unos días, pues ya nunca más volvimos a saber de esta anciana muda ni de otros de sus “colegas”.



