Opiniones

La Odisea

–¡Abuelo, tienes que regalarme ese libro!, me dice, con inocultable entusiasmo, mi pequeño nieto.

Mientras lo traslado a su casa, luego de recogerlo de una actividad extraescolar, le platico que estoy leyendo La Odisea, libro que narra las aventuras de Odiseo / Ulises.

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–A mí me gusta imaginarme lo que cuentan y describen los autores antes de verlo en la pantalla, añadí.

–A mí también, pero yo hice lo contrario: primero vi la película de Los diarios de Greg y luego leí los libros, me respondió.

Mi nieto aún no cumple nueve años y ya se escabechó trece o catorce de los veinte volúmenes de esa colección. ¿De dónde le nació ese gusto? Me encantaría decir que fue porque cuando va a visitarme siempre me encuentra en la oficina rodeado de libros, pero la verdad es que en su colegio los animan a sacar de la biblioteca al menos un libro a la semana y luego comentarlo. Sin duda eso tuvo algo que ver, pero más el hecho de que varios de sus compañeros entablaron una especie de competencia para ver quién leía primero todos los títulos de esa saga. A finales del año pasado, cuando lo fui a recoger al colegio me dijo:

–¿Te digo algo, abuelo?

–Claro que sí.

–¿Tú sabes que uno de mis compañeros va en el número 10 de Los diarios de Greg y otro ya leyó siete? Yo voy en tercer lugar, pues solo he leído cinco.

–¿De qué tratan esos libros?

–De un niño que tiene problemas y busca cómo resolverlos.

–Ah, interesante.

Sus padres, la tía Lourdes y yo le hemos obsequiado títulos conforme avanza en sus lecturas. Le prometí que cuando aprenda un poco más de inglés le obsequiaré dos ejemplares de colección de Taschen: uno cuenta la historia de Marvel y el otro la de DC Comics, los dos emporios norteamericanos que todavía dominan el mundo de las historietas y también de las películas de superhéroes.

Ahora que está en los cines La Odisea, en la versión del director Christopher Nolan, decidí releer esa obra milenaria, pues apenas recuerdo entre brumas las conocidas escenas de Ulises amarrado a un mástil para no sucumbir ante el canto hechicero de las hermosas sirenas y su enfrentamiento con el cíclope Polifemo.

Desde luego que ese poema, atribuido a Homero, tiene muchas más aventuras, pero no me detendré en ellas, sino que trataré de plasmar en estas líneas algunas de las ideas que vinieron a mi mente mientras recorría las 450 páginas de la edición de Gredos, con traducción de José Manuel Pabón Suárez de Urbina, índice onomástico de Óscar Martínez García e introducción y revisión de Carlos García Gual, impresa en España en 1982.

Confieso que al principio me resultó difícil adaptarme al ritmo y al estilo deliberadamente arcaico del traductor, pero luego todo fue miel sobre hojuelas. De este clásico de la literatura se ha dicho que es el epítome de la nostalgia por el regreso a la patria (Ítaca en este caso), pero también podemos aprender allí lecciones de una virtud cada vez más escasa en nuestro mundo: la hospitalidad, sobre todo para con los extranjeros, los peregrinos, migrantes o necesitados.

Reparé en esto: en La Odisea hay fiesta y banquetes tanto cuando se recibe como cuando se despide a un huésped. En ese mundo antiguo revestido de fantasía Homero enumera qué se ofrecía a los recién llegados: monedas de oro, crateras de plata, túnicas de lino, tapetes de lana e incluso mujeres entrenadas para esmeradas labores. Desde luego, esto ocurría entre los reyes y nobles, pero también estaba mal visto ser indiferente o, peor aún, despreciar a los mendigos o marginados, a los cuales también se debía acoger con alguna atención mínima, a fin de no despertar la ira de los dioses.

El momento catártico por excelencia es, sin duda, el feroz exterminio de los fatuos galanes que perseguían a Penélope, mientras consumían los bienes del ausente Ulises, lo cual se puede interpretar como un castigo para aquellos que abusan de la hospitalidad.

A propósito de dioses, el héroe pudo hacer todas las proezas que se narran en La Odisea gracias a la protección de la ojizarca Palas Atenea, aunque Homero, cada vez que lo menciona lo llena de adjetivos para remarcar su personalidad y figura: Ulises el fecundo en recursos, el de heroica paciencia, el rico en ingenio, el hombre de muchas tretas, el mañero o mañoso, el astuto, el que actúa con dolo, el hábil, el rebelde, el arisco, el taimado, el que gusta de inventar y engañar, el avispado de mente, el hechicero de figura y de cuerpo… Es Atenea quien, con una vara, lo convierte en un anciano andrajoso para que nadie lo pueda reconocer cuando vuelve a su suelo, ni siquiera su hijo, esposa y padre. Y es ella también quien, en momentos clave del poema, le devuelve su apariencia original, pero con el añadido de que lo hace parecer más alto, más resplandeciente, más robusto, más atractivo ante los demás. Ulises, por lo que se ve, tenía pegue con el sexo femenino, pues la ninfa Calipso lo mantuvo cautivo durante varios años con la esperanza de que yaciera con ella, para lo cual le prometió la inmortalidad.

Por otra parte, Homero también reivindica la figura de Penélope: la retrata como ejemplo de cordura, de fidelidad, de paciencia y de ingenio, ya que hizo todo lo que estuvo a su alcance para mantener a raya a los galanes que la asediaban: primero fue su famoso tejer y destejer el sudario de su suegro Laertes por espacio de tres años, además de que usó melosas palabras, aunque sus intenciones eran muy otras, para darles largas, para no entregarse a ninguno de aquellos pretendientes que le parecían detestables. Es Penélope, sin duda, el contrapunto de Clitemnestra.

En Telémaco, a su vez, podemos ver el tránsito, la evolución y maduración del niño al joven que no permanece anclado en el recuerdo, sino que abandona el hogar y marcha al extranjero para averiguar si aún está vivo o ha perecido su progenitor, mientras los cortejantes de su madre traman su destrucción.

En fin, que la relectura de La Odisea ha despertado en mí el deseo de volver a estudiar la historia y la filosofía del mundo antiguo, así como de su mitología.

P. D. Le comentaré a mi amigo José Carlos Trejo García, especialista en historia gastronómica, que en el canto XVIII de La Odisea, encontré una descripción inequívoca de nuestro exquisito choch o morcilla: […] una tripa bien gruesa toda llena de grasa y de sangre […] (p. 296). Espero que José Carlos pueda investigar más sobre el particular.

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