Cultura

Isabel Barreto, La reina de Saba del Pacifico Sur

“No tuve intención de usurpar mando alguno,
sino de cumplir y acabar la empresa que
mi marido comenzó”

Una reunión que se ha convertido ya en tradición, entre amigas amantes de la historia, la cultura y las artes, se realizó en días recientes en mi casa de la playa. Desde hace unos años, inspiradas por el ambiente marino decidimos preparar unas pláticas mientras observamos el mar, degustamos ricos platillos y concluimos con la observación de la puesta del sol.

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Temas como las mujeres piratas de la historia o las diosas del mar en diversas culturas, nos ha preparado con gran dedicación cada año Gilda Boylan Palomo, y en esta ocasión su investigación nos llevó a finales del siglo XVI, para descubrir la historia de la primera mujer considerada como Almirante en la historia naval de España.

Los océanos y la navegación, en esos años, eran territorio de hombres. Diversas leyendas atribuían mala suerte a las naves que se atrevían a llevar a mujeres a bordo. Algunas osaron embarcarse, en muchas ocasiones vestidas como hombres, por ejemplo, las piratas Mary Read y Anne Bonny o impulsadas por la necesidad de buscar a sus esposos que se fueron a “hacer las Américas” y las abandonaron en Europa, como Inés Suárez inmortalizada por la escritora Isabel Allende en su novela Inés del Alma Mía.

Ante la necesidad de poblar las tierras conquistadas y frenar un poco el mestizaje, los poderosos reinos europeos tuvieron que emitir leyes ordenando que los nuevos colonos de américa llevaran a sus esposas e hijos, ya que muchos estaban muy contentos conviviendo con las nativas de los diversos lugares conquistados y se resistían a traerlas.

No se sabe con certeza si Isabel Barreto nació en Portugal, de donde procedían sus padres o en Lima, Perú donde se establecieron. Recibió una esmerada educación y era poseedora de una gran dote lo que era un gran imán para muchos españoles establecidos en la tierra de los incas.
Isabel se casa con el español Álvaro de Mendaña quien tenía como obsesión regresar a las llamadas Islas Salomón que en un viaje anterior había conocido. Las míticas tierras de Ofir, que según las leyendas estaban llenas de oro y maderas preciosas y de las cuales se decía se proveían tanto el rey Salomón, como el emperador inca Túpac Yupanqui (decimo soberano o sapa inca quien gobernó desde 1471 hasta 1493) eran de gran interés para muchos conquistadores, por lo que la dote de Isabel de 40,000 ducados eran más que convenientes para financiar la expedición.

A Isabel le gustaban las aventuras, por lo que más que un matrimonio se convirtió en una sociedad para emprender el viaje.

Fueron adquiriendo diversos barcos y el 9 de abril de 1595 zarparon desde el puerto del Callao, en Perú, 378 personas (280 hombres, 50 mujeres y 48 niños) distribuidos en dos galeones, el San Jerónimo comandado por Mendaña y donde iba Isabel y tres de sus hermanos, el Santa Isabel al mando del capitán Lope de Vega, una fragata, la Santa Catalina capitaneada por Alonso de Leyra y una galeota llamada San Felipe a cargo de Felipe Curzo a recorrer el llamado “lago español”, el Océano Pacifico, considerado como un gran y peligroso desierto líquido, con el objetivo de encontrar y poblar las Islas Salomón.

Con mapas incompletos e instrumentos como el astrolabio, la brújula, los cuadrantes y ballestinas, el reloj de arena y correderas, así como la indispensable bitácora, el viaje era en extremo peligroso y con gran probabilidad de no regresar.

Tres meses y medio después de un duro viaje, llegan el 21 de julio a lo que en un principio pensaron eran las Salomón, pero en realidad aun estaban lejos de ellas. Al percatarse que no eran su objetivo, las llaman las islas Marquesas. Después de aprovisionarse de agua y algunos alimentos, se embarcan de nuevo, pero el 7 de septiembre sufren la primera de muchas desgracias.

Al pasar cerca de una isla donde el volcán Tinakula hace erupción, las aguas se “tragan” el galeón Santa Isabel y no vuelven a divisarlo ni a nadie de su tripulación.

Días después el 18 de septiembre llegan a una isla a la que nombran Santa Cruz, donde entablan relaciones con sus habitantes, intercambiando como era la costumbres, baratijas por alimentos. Entre los navegantes ya había muchos débiles y enfermos, principalmente de malaria o paludismo. Enfermedad que llevó a la muerte un mes después, el 18 de octubre al esposo de Isabel, el capitán Álvaro Mendaña, pero sintiéndose enfermo tuvo tiempo de preparar su testamento dejando en primer lugar el mando de la expedición a uno de sus cuñados y en segundo termino a su esposa Isabel.

El cuñado muere también días después e Isabel Barreto se convierte en la encargada del viaje, Almirante de la armada española, Adelantada de las Islas Salomón, Gobernadora y Marquesa de Santa Cruz; pero pronto se enfrentaría a mayores desafíos para cumplir con los objetivos del viaje. Muchos de los tripulantes de las tres naves se encontraban enfermos y desnutridos, por lo que comenzaron a presionar en exceso a la población nativa, por agua y alimentos, lo que derivó en la muerte de su líder de nombre Malope, lo que puso en peligro a todos ante el enojo de los naturales, además no todos estaban dispuestos a obedecer a una mujer, en especial el piloto mayor del navío San Jerónimo, Pedro Fernández de Quiroz.

Isabel no tuvo más remedio que mostrarse dura e intransigente para hacerse obedecer, e imponer su autoridad, estableciendo una disciplina férrea en cuanto al manejo de los escasos alimentos y al cumplimiento de sus órdenes. Fue así que nació su sobrenombre, el que seguro inició como un susurro y pronunciado con ironía, de: La reina de Saba.
Percibiendo que no iban a encontrar las ansiadas islas Salomón, que sin saberlo se encontraban a pocos kilómetros y tratando de evitar una masacre entre los expedicionarios y los naturales, decide abandonar Santa Cruz y dirigirse al norte hacia las Filipinas. El 18 de noviembre de 1595 se embarcan las tres naves.

Las desventuras no habían terminado, se enfrentan a diversas tormentas y huracanes, perdiendo el de 10 de diciembre el San Felipe y el 19 de diciembre el Santa Catalina.

El San Jerónimo arriba al puerto de Cavita en Manila el 11 de febrero de 1596, diez meses había durado la aventura. El proyecto colonial había fracasado, pero la nave comandada por Isabel había logrado sobrevivir con la mayoría de sus tripulantes. Asimismo, habían llegado y explorado varias islas: Las Marquesas en Polinesia, Magdalena (Fatu Hiva), Santa Cristina (Tahuata), San Pedro (Moho Tani), La Solitaria (Niulakita Tuvalu), una de las islas de las Salomón (Tinakula), La Huerta (Tomotu Noi), Recifes (Islas Swallow), Santa Cruz y Guam.

Al llegar es recibida con reconocimientos por las autoridades españolas de Filipinas, se establece y funda el asentamiento de San Felipe en Cebú, pero pronto comienzan los ataques y traiciones principalmente de Fernández de Quiroz, recibiendo diversas acusaciones sobre que había sido una severa tirana, que acumulaba comida en su camarote para ella o que siempre se vestía con lujo, como una reina. Lo anterior la obliga a preparar su defensa para que sea reconocido el testamento de su esposo y todos sus derechos como Adelantada.

Siendo un mundo donde los hombres imponían su parecer y las mujeres tenían pocas posibilidades de defenderse, decide casarse de nuevo con el Caballero de la Orden de Santiago, Fernando de Castro, siendo la única forma de reclamar sus derechos. Status que al cabo del tiempo consiguió, reconociéndole su lealtad, liderazgo y servicios, así como Adelantada y Gobernadora de las Islas Salomón.

Deseando tanto ella como la tripulación regresar al Perú, se embarca en 1597, no sin antes, con gran inteligencia, almacenar en las bodegas diversas mercancías para vender en el puerto de Acapulco, con las que logró grandes ganancias que invirtió en minas de plata en Castrovirreyna y extensas haciendas agrícolas en Lima.
Antes de fallecer en septiembre de 1612, dicta su testamento, pidiendo que sus restos se trasladaran al convento de Santa Clara en Lima donde profesaba una de sus hermanas, solicitando también que se dijeran 2,000 misas por ella.

En el año 2012 el Museo Naval español la presentó oficialmente como Almirante y la Revista General de Marina nuevamente la reconoce con tal título en 2014.
La historia de Isabel Barreto es un ejemplo de coraje, inteligencia y pasión por el mar, por lo que es una mujer digna de conocer y descubrir.

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