
En la Guerra de Castas que asoló a la Península de Yucatán hubo también combatientes extranjeros. Estos voluntarios y mercenarios —algunos nacidos en Estados Unidos, otros europeos emigrados— fueron contratados en Nueva Orleans para pelear en la guerra social yucateca por el bando gobiernista. Llegaron a Sisal y de ahí a Mérida para después encaminarse a marchas forzadas hasta Tihosuco.
En total, combatieron durante tres meses y medio en la región. Conforme a la historiadora Lorena Careaga, empezaron siendo unos 225 hasta llegar a mil hombres, un regimiento cuyos integrantes se hicieron notorios no sólo por su aspecto físico sino también porque en caballería atacaban de frente, a bayoneta calada.
El maya rebelde Leandro Poot comentó que era fácil matar a esos blancos extranjeros por su gran tamaño y porque “peleaban en línea, como si estuvieran marchando”, pero que también inspiraban miedo por su audacia, su falta de miedo a la muerte y su magnífica puntería.
Muchos de esos mercenarios murieron en combate, aunque la mayoría sobrevivió. Solo unos pocos decidieron permanecer en Yucatán.
*****
Uno de los soldados extranjeros que combatieron en la Guerra de Castas fue el capitán irlandés G.H. Tobin. Tiempo después de su regreso a Estados Unidos escribió acerca de sus vivencias en la península, expresando su admiración por Jacinto Pat y por los soldados yucatecos a los que consideró más valientes que los mexicanos del norte contra quienes había combatido en la invasión que nos despojó de la mitad del territorio nacional.
*****
Alemán de origen e idioma, aunque nacido en Varsovia, Edward Pinkus emigró a Estados Unidos, donde fue contratado para venir a la Península de Yucatán a combatir a los mayas rebeldes. Una vez cumplida su misión temporal, se incorporó a la vida ciudadana yucateca, convertido en sastre y padre de familia.
Sus descendientes se han multiplicado hasta la actualidad y muchos de ellos han desempeñado notables cargos y actividades en los distintos ámbitos de la vida pública yucateca.
*****
Cuenta Luis Reyes de la Maza, historiador del teatro mexicano, que allá por 1885 una compañía de zarzuela proveniente de la capital de la República recorría varias poblaciones de Yucatán y en una de ellas se invitó a los integrantes a un día de campo, con tan mala suerte, que una partida de mayas rebeldes (estábamos aún en la Guerra de Castas) se llevó consigo a Carmen Ruiz, primera tiple, a dos de los cantantes y a dos bellas coristas.
A los pocos días el empresario recibió una nota en la que le pedían tres mil pesos de rescate. Se hizo el pago y los cinco artistas pudieron reencontrarse con sus compañeros, que creían que jamás habrían de verlos nuevamente.
Y concluye Reyes de la Maza: “La compañía emprendió sin dilación el regreso a la capital de México prometiéndose no volver a internarse por esos pueblos yucatecos que ninguna seguridad ofrecían”.



