Yucatán

Fiesta en Monumento a la Patria por victoria en cuarto partido

Tan pronto como el árbitro silbó el final de la contundente victoria de México frente a Ecuador en el Mundial, los aficionados meridanos se reunieron en el principal punto de encuentro para celebrar —el Monumento a la Patria al final del Paseo de Montejo— y lo convirtieron en un auténtico salón de fiesta.

Los aficionados se acercaron desde todas las direcciones gracias a la clausura de la avenida y algunas de las calles colindantes. El ambiente se llenó del ritmo de tambores, de cantos, bailes, truenos de matracas, con baños de espuma y de descargas de cornetas que algunos comerciantes ingeniosos vendieron ahí mismo junto con banderas nacionales. Los visitantes en su mayoría vestían el uniforme verde de la selección nacional, y todas las excepciones iban de rojo o de blanco. Muchos venían con otros símbolos patrios como sombreros de paja y máscaras de luchadores.

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Los comercios típicos ubicados en la zona, como los de marquesitas, de bolis, refrescos o raspados también aprovecharon la bonanza para colocarse entre las celebraciones que crecieron con cada minuto.

Si de un lado había música en vivo procurada (presumiblemente) por el Ayuntamiento a través del «Mérida Futbol Fest», las porras desde el Monumento la silenciaban. Algunos celebrantes traían sus propias bocinas privadas desde las cuales contribuían a la atmósfera con canciones clásicas de fiesta como La chona o El sonidito. Se escucharon también algunos cohetes en las inmediaciones, aunque no directamente sobre el sitio.

En el centro del Monumento erigido desde 1956 se colocaron centenares de aficionados, muchos de ellos cargando banderas mexicanas, algunos vestidos en botargas o con cartones de los dos goleadores de la noche —Raúl Jiménez y Julián Quiñones—. Algún sujeto llevaba una cartulina improvisada con la frase «¿Quién celebra con un beso?». Por arriba se asomaban algunos drones que seguramente grababan los acontecimientos.

Acudieron familias y muchos jóvenes. Se escuchaban gritos de «quiere volar» ante los cuales la multitud recogía a un inocente divertido y celebraba lanzándolo repetidamente.

La emoción se entiende, en parte, porque pocos de los presentes tendrían la edad para haber visto a la selección mexicana ganar un partido en rondas eliminatorias de un Mundial anteriormente. La última —y única— vez que la selección lo había logrado fue en el Mundial de 1986, igualmente celebrado en nuestro país, cuando derrotaron a Bulgaria.

Tras un partido espectacular en que se logró la victoria, el refrán típico de «jugamos como nunca, perdimos como siempre» lentamente se ve remplazado por la pregunta retórica: «¿y si sí?», ¿y si esta vez sí somos candidatos al premio máximo? Nadie discute que México, mostrando su mejor futbol en mundiales desde hace mucho tiempo, además cuenta con una gran ventaja de local gracias a la pasión de sus aficionados. Se demostró en el Estadio Azteca, dentro del cual el equipo ecuatoriano se tuvo que enfrentar también a la mayoría de los espectadores.

Conforme avanzó la noche, a los tambores y a las cornetas se añadieron auténticos instrumentos como trompetas y otros metales. Las calles cercanas se saturaron de pitidos de los autos y voces —especialmente de niños— gritando el «¡Viva México!».

Todo esto en Mérida, una ciudad que no cuenta con un equipo de primera división y en que tradicionalmente ha gustado más el beisbol, y sin ser sede de partidos o de equipos mundialistas. Tristemente, el partido de octavos de final frente a Inglaterra o la República Democrática del Congo será la despedida de nuestro país como sede mundialista —que hasta ahora ha enamorado a equipos visitantes como los de Irán y Marruecos, según cuentan sus mismos capitanes—. Esperemos que el equipo nos continúe ofreciendo motivos para festejar.

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