Opiniones

El hombre propone, Dios dispone y el diablo descompone

Desde muy joven me prometí que moriría con todos mis órganos en su lugar; es decir, que nunca me sometería a una intervención quirúrgica. Igualmente, siempre creí que moriría a los 75 años. Pensaba así porque gran parte de mi familia ha muerto alrededor de esa edad.

La primera promesa se rompió el 3 de julio de 2026, cuando una hernia inguinal de más de treinta años decidió dilatarse y producirme un dolor tan fuerte que fui a parar de urgencia a una clínica de cuyo nombre no quiero acordarme.

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Vinieron los análisis de sangre, la radiografía de pulmones, la revisión del corazón y, por supuesto, el ultrasonido de la hernia, que no era una, sino dos: una de cada lado de las ingles.

Por mi edad, 76 años, me aplicaron anestesia raquídea. La operación fue muy rápida y, en menos de cuarenta minutos, estaba de nuevo en mi cuarto.

A partir de entonces comenzó mi suplicio.

Ninguna enfermera estuvo al pendiente de mi posoperatorio por una razón muy sencilla: no había ninguna. Los alimentos me los llevaron casi a la hora de la cena: un sándwich de pollo —que no comí porque no como carne de ave—, un Nestea y una gelatina.

Al anochecer comenzó un ardor insoportable debajo del ombligo. Pedí que viniera una enfermera. Nunca llegó.

Le hablé al cirujano y le dije que quería irme a mi casa por las razones expuestas.

—¿Por qué? —preguntó.

—Porque aquí nadie me atiende y me siento mal.

—Ahorita le mando una enfermera particular, ¿de acuerdo?

—¡Claro! —respondí.

La cinta adhesiva con la que habían sujetado las gasas estaba demasiado estirada y me quemaba la piel. Finalmente me la quité y le pedí a la enfermera que la colocara de nuevo, pero sin tanta tensión.

Salí el sábado al mediodía, a la mera hora en que se canta el Ave María en la radio.

Ya instalado en mi casa vino la peor parte de la recuperación: hacerla en soledad.

Vivo en un terreno de apenas 47 metros de fondo y mi recámara queda a unos 30 metros de la calle. Si algo imprevisto me sucedía, me resultaba prácticamente imposible llegar hasta la reja para pedir auxilio.

En la soledad de la noche estaba lo peor.

¿Por qué no acudí a algún amigo? Todos trabajan y me parecía injusto pedirles que abandonaran sus ocupaciones para cuidar a un convaleciente. Finalmente, pagué a distintas personas para que me acompañaran de cinco de la tarde a diez de la noche, cuando ya alguien podía dormir en mi casa y acompañarme.

Fue durante esos días cuando comencé a pensar en la situación de los ancianos enfermos y descubrí una Mérida que desconocía.

Primero: existen agencias que ofrecen servicios de enfermería para cuidar durante la noche a personas recién operadas o enfermas que no pueden permanecer solas.

Pero el mayor descubrimiento fue saber que existe un Centro Integral de Recuperación Posoperatoria, donde uno puede pasar la convalecencia con atención médica, enfermería, alimentación adecuada, servicios religiosos y prácticamente todo lo que necesita una persona durante su recuperación.

De haber sabido que existían estos servicios, no me habría ido a mi casa a sufrir en soledad ni a cuestionarme, durante las largas horas de la noche, sobre lo inesperado de la vida y los efectos que la enfermedad y la vulnerabilidad producen en el ánimo de un ser humano.

¿Será caro?

Bueno, hay clínicas que cobran 10 000 pesos por noche; otras superan los 20 000 y, por supuesto, también las hay de precios intermedios.

¿Qué hacer entonces?

Juntar una lanita para lo que el futuro nos pueda deparar.

¿Un seguro médico?

Ni loco.

Suficiente experiencia tengo con el seguro del carro, donde uno termina descubriendo que, a la hora de necesitarlo, la aseguradora parece más interesada en encontrar la manera de no pagar que en resolver el problema.

Después de todo, aquella vieja promesa de morir con todos mis órganos en su lugar no resultó tan descabellada: hasta ahora siguen todos conmigo. Lo único que perdí en el quirófano fueron dos hernias y, durante algunas noches, la certeza de que uno no puede bastarse a sí mismo.

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