CYNTHIA RICALDE: 27 AÑOS

Hoy, 22 de agosto, la memoria vuelve a pronunciar su nombre: Cynthia Ricalde.
Han pasado veintisiete años desde aquel agosto de 1999. El tiempo ha seguido haciendo lo suyo: ha cambiado la ciudad, ha envejecido a quienes la conocimos y ha convertido en recuerdo muchas cosas que entonces parecían destinadas a prolongarse hasta nuestros días.
Pero hay algo que el tiempo no ha podido hacer: borrar a Cynthia.
Quienes la vieron bailar todavía pueden recordarla entrando al escenario, ocupando la música con el cuerpo, convirtiendo el movimiento en una forma de decir aquello para lo cual las palabras resultaban insuficientes.
Fue Odette y Odile. Fue Giselle. Fue Clara. Fue Mekmeneh. Fue tantas mujeres sobre el escenario y, fuera de él, una joven que todavía tenía proyectos, viajes, una boda, nuevos ballets y una vida entera por delante, una vida que parecía querer agotar sobre las zapatillas de punta, bajo las luces del escenario y entre las telas que la transformaban, noche tras noche, en otros personajes y otros destinos.
La muerte interrumpió esa vida, pero no ha podido arrancarnos sus pasos sobre la escena, sus palabras antes de que se abriera el telón, sus gestos, su sonrisa, aquella manera suya de hacer del rigor cotidiano del ballet una celebración para el público.
No se fue. Nos la llevaron.
Hoy no quiero recordarla por la violencia que terminó con ella. Prefiero pensar en la muchacha sonriente que, después de una función, preguntaba qué tal había salido tal o cual escena; en la bailarina que pedía a su partenaire repetir unos giros; en su cuerpo suspendido por un instante en el aire; en los treinta y dos fouettés que el público acompañaba con aplausos. Prefiero recordarla en ese territorio misterioso donde un bailarín deja de ejecutar pasos y comienza, sin saberlo, a pertenecer a la memoria de quienes lo contemplan.
Durante muchos años procuré que, cada cinco, algún acontecimiento importante volviera a reunir alrededor de su nombre a quienes trabajamos con ella y a quienes tuvieron la fortuna de verla bailar. Quería impedir que el tiempo hiciera lo que sabe hacer tan bien: borrar los contornos, apagar las voces, convertir las presencias en nombres.
También realicé un documental sobre su vida, Por la Señal de la Danza. Después llegó la pandemia de Covid-19 y alteró la continuidad de aquellos homenajes.
Tal vez por eso comprendí que ya no bastaba con recordarla de cuando en cuando. Había que dejar constancia de su paso por la danza.
De esa necesidad nació su biografía, actualmente bajo la supervisión de una importante escritora y que espero publicar en una edición de lujo, en pasta dura y sobre el mejor papel que me sea posible. No por ostentación, sino porque hay memorias que merecen un objeto capaz de sobrevivirnos.
Quizá sea mi último reconocimiento a Cynthia.
Y decirlo tiene para mí un significado que hace algunos años no habría tenido. El tiempo que cuento para recordar a Cynthia es también el tiempo que ha transcurrido sobre mi propia vida. Después de veintisiete años, la espada de Damocles ya no pende solamente sobre la memoria de los otros: también proyecta su sombra sobre quien recuerda.
Por eso este libro no será únicamente una biografía.
Será también una manera de entregarla a quienes no la conocieron.
Para que cuando ya no estemos quienes pudimos verla entrar a un escenario, escuchar sus zapatillas sobre el piso, verla girar o esperar detrás del telón, quede algo que diga: Cynthia Ricalde estuvo aquí. Y bailó.
Cynthia tenía una vida por delante.
El destino decidió que fuera breve.
Su danza, no.




