
Estimado lector, quizá usted no lo sepa o no ses ha percatado pero hay esquinas en nuestra Mérida que no solo dividen calles, sino que resguardan pedazos enteros de almas que se resisten a morir en el olvido. Tal es el caso de la célebre esquina de «El Chemulpo», situada en el cruce de las calles 57 y 72, en el entrañable y siempre vivo barrio de Santiago.
Mientras algunos solo miran un cruzamiento queevoca la sobriedad del Nacional Monte de Piedad, otros, si agudizan más el oído y entornan los ojos con la complicidad de los años, pueden inclusve escuchar el chocar de los vasos y las risas roncas de aquellos parroquianos de los años diez del siglo pasado. Mi padre me contaba que entre 1910 y 1912 un caballero de nombre Eduardo Graham abrió en esa esquina un bar que bautizó con un nombre extraño para la fonética maya y castellana: El Chemulpo. Se dice que el nombre hacía honor al puerto coreano de Júpiter o Incheon (antiguamente conocido como Chemulpo), de donde el 15 de mayo de 1905 zarpó el barco Ilfordcon mil catorce coreanos que cruzaron el océano para internarse a trabajar en el verdor asfixiante de los campos de henequén de Yucatán.
Cuenta la leyenda de barrio que a aquella cantina acudía puntualmente todos los días un viejo inmigrante coreano. El hombre, con las manos callosas por el rudo corte de la penca en las haciendas, buscaba en el alcohol el olvido para su nostalgia. Dicen que, entre copa y copa de mezcal o cerveza, su mirada se perdía en la nada mientras repetía con amargura y añoranza el nombre de su puerto de salida: “Chemulpo… Chemulpo…”. claramente el hombre no hablaba español. El dueño, conmovido por la melancolía de inmigrante, decidió inmortalizar el lamento del pobre hombre bautizando su negocio con ese nombre“Chemulpo”. Tiempo después, una losa de piedra labrada con la figura de un barco y un muelle quedó empotrada en la pared, como testimonio eterno de aquel viaje sin retorno.
En el barrio de Santiago también se daban cita poetas de banqueta, trovadores de mirada triste y los propios coreanos que compartían el pan de la nostalgia con los vecinos del rumbo. Se bebía despacio, se platicaba de política y se arreglaba el mundo bajo el vaivén de los viejos abanicos de techo. Y aunque hoy el bar ya no existe y el Chemulpo es solo un fantasma de piedra en una nomenclatura urbana yo le invito amigo lector adetenerse en la calle 57 con 72. Vale la pena, le aseguro que inevitablemente después de leer esta triste historia recordara a aquel Coreano que, sin saberlo, grabó el nombre de su patria en el corazón de nuestro barrio más querido.
