Cultura

Crónicas Gastronómicas 26

Odiseo y los lotófagos. El héroe arrastra a sus hombres fuera del sueño del loto, entre flores doradas y mares azules, símbolo del olvido y del regreso.

La morcilla de Odiseo: cuando la cocina cuenta lo que el héroe no dice

            Este verano se estrenó la película La Odisea. Confieso algo antes de comenzar: yo leí la obra, o al menos algunos de sus fragmentos, con la maestra Elda Zozaya en la Federal 1, y después en el bachillerato con el maestro Conrado Menéndez. No me considero erudito de los clásicos, sino un estudiante de gastronomía y antropología de la alimentación, y desde ahí releí este libro. Hay libros que también se cuentan por lo que se come en ellos, y la Odisea es uno: cada escala deja un rastro de fuego, una sospecha de vino o de sangre. No solo hallaremos mares y dioses irritados, sino una cocina dispersa a través del periplo de Odiseo. La vida homérica se articula alrededor de la casa y del banquete (Finley, 1978, p. 45). Si la casa promete el retorno, es la mesa la que decide si Odiseo llega como huésped, como extraño, o por fin en casa como mortal anfitrión.

            La primera escala culinaria de Odiseo no es una mesa. Es una amenaza dulce: el loto. Quien lo prueba, dice Homero, ya no quiere regresar ni dar noticias (Od. IX). Ni la filología se pone de acuerdo: lōtós nombraba fruto y flor a la vez, aunque el consenso remite más al fruto dulce como la miel (Heubeck, West, & Hainsworth, 1988). Ese margen sin resolver señala la florifagia: la costumbre milenaria de comer flores, hoy revisada por la nutrición contemporánea (Lara-Cortés, Osorio-Díaz, Jiménez-Aparicio, & Bautista-Baños, 2013). Raro alimento: no sostiene el cuerpo, lo desamarra del tiempo del retorno (Page, 1973). Odiseo arrastra a sus hombres de vuelta a las naves.

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            Después viene la cueva del cíclope. El registro cambia de golpe: ya no es el olvido, sino una abundancia en la barbarie. Polifemo tiene leche, cuajada, quesos, odres de suero: la alimentación griega arcaica descansaba en cereales, vino y productos animales, sobre todo en ámbitos pastoriles (Dalby, 1996, p. 54). Pero no reparte, no sacrifica, no convierte la carne en vínculo: la devora, y ahí se traza una línea antigua entre la carne civilizada y la carne monstruosa, ligada a la violencia (Bakker, 2013, pp. 17–19). Casi vive en ese estadio primitivo que describió Lucrecio, sin ley ni agricultura (Lucrecio, De rerum natura, Libro V). Alimentos, hay. Cocina, ninguna.

La cueva del cíclope Polifemo aparece entre quesos y odres colgantes, iluminado apenas por el fuego: abundancia sin ley, donde la comida existe pero la cocina —y la hospitalidad— aún no han nacido.

            El vino, en cambio, es más ambiguo: civiliza y engaña a la vez. Odiseo embriaga al cíclope con el de Ismaro, regalo del sacerdote Marón, tan fuerte que solía diluirse en veinte partes de agua (Od. IX, 196–215). Beber vino puro se asociaba con la barbarie (Wilkins & Hill, 2006, p. 102); aquí esa misma potencia se convierte en estrategia. Polifemo pierde el juicio. Odiseo conserva el suyo.

            Si con Polifemo el vino fue su arma, con Circe ocurre lo contrario: la comida misma se vuelve la trampa. Ella mezcla vino, cebada y drogas funestas (Od. X), y ahí alimento, fármaco y veneno se rozan (Wilkins & Hill, 2006, p. 88). Circe no cocina para alimentar, cocina para transformar. Cuando Odiseo resiste, la trampa se vuelve hospitalidad, y la hechicera restaura la humanidad de sus hombres con el mismo fuego que antes los convirtió en cerdos. No es casual que sea justamente la bellota, alimento que los griegos conocían y que en su variedad amarga resulta tóxica sin procesar, lo que ella les da de comer ya vueltos hombres (Dalby, 1996, p. 54). Muchos alimentos solo dejan de ser veneno cuando el fuego los transforma; Circe lo sabía antes que nadie.

            Antes de llegar a Esqueria, Odiseo pasa siete años con Calipso, y ahí la comida traza otra frontera: no entre alimento y veneno, sino entre lo mortal y lo divino. Calipso come ambrosía y bebe néctar; a Odiseo le sirve pan y vino (Od. V, 196–201). Ella le ofrece la inmortalidad si se queda (Od. V, 135–136); él elige regresar, y con ese regreso, seguir comiendo pan: ni cíclope ni dios, sino un hombre, un mortal, al final. Mucho antes del catolicismo, esa pareja, pan y vino, ya cargaba peso ritual en el banquete mediterráneo; solo tardíamente el cristianismo la heredará y la transformará en la Eucaristía (Smith, 2003, pp. 173–200).

Circe cocinando la metamorfosis La hechicera mezcla vino, cebada y hierbas frente al fuego, mientras hombres y cerdos se confunden en torno a su mesa: cocina y hechizo como una misma alquimia

            En Esqueria, con los feacios, el tono se abre de golpe: pan blanco, carne asada, vino con agua, aceite de oliva, música, danza. Aceite, pan y vino: la “tríada esencial” que sostuvo la dieta mediterránea (Toussaint-Samat, 2009, p. 81). No se come por lujo, se come por necesidad: estas escenas de hospitalidad son también escenas de narración, porque se come para poder contar (Reece, 1993, pp. 41–43). Aquí, comiendo, Odiseo no solo recupera la voz. Recupera el liderazgo, la claridad de su objetivo, el hombre que sabe hacia dónde vuelve.

            La isla del dios Sol empuja a los hombres hacia lo prohibido: no tocar el ganado de Helios, el que todo lo ve. Los compañeros de Odiseo flaquean ante la necesidad, sacrifican, asan, comen, y las reses mugen aun después de muertas. El sacrificio griego estaba codificado con rigor (Dalby, 1996, p. 134). Marvin Harris, el antropólogo célebre por explicar por qué las vacas son sagradas e intocables en la India, mostraba que los tabúes alimentarios rara vez son caprichos religiosos: protegen un recurso demasiado valioso para consumirlo de una sola vez (Harris, 1987). El ganado de Helios, inmortal, y que jamás podría ser repuesto por la crianza humana, es justo ese tipo de recurso irremplazable. Comer lo prohibido se paga con la muerte, y el poema cobra esa deuda en toda la tripulación. Pero no toda carne termina en castigo; hay otra, mucho más humilde, que también tiene algo que decir.

            Hasta aquí han pasado: panes, vinos, quesos y  pócimas. Ahora aparece algo mucho más humilde: la morcilla homérica, que Homero no nombra con nuestro vocabulario, pero describe con una claridad que cualquier cocinero reconocería.

Calipso y Odiseo. Ambrosía y néctar frente a pan y vino revelan la distancia entre la eternidad ofrecida y el regreso elegido por el héroe.

            En Odisea XVIII, 44–45, se mencionan tripas de cabra embutidas con grasa y sangre. En Odisea XX, 24–25, Odiseo, inquieto antes de la matanza de los pretendientes, es comparado con un cocinero que gira sobre las brasas una tripa llena de grasa y sangre: el héroe, capaz de las mayores proezas guerreras, comparado con un embutido que se revuelve al calor.

            El aprovechamiento culinario de la sangre está documentado desde la Edad del Bronce (Dalby, 1996, p. 55; Wilkins & Hill, 2006, p. 91), y la técnica es sencilla: tripa como contenedor, sangre y grasa como relleno, costura, brasas, giro paciente. Una morcilla antigua, nacida de una economía donde el animal se transforma casi por completo en comida.

            Lo decisivo no es la técnica, sino que la sangre arrastra una carga simbólica difícil de domesticar: en el sacrificio griego, marca una frontera entre vida y muerte (Detienne & Vernant, 1979, p. 27). La sangre, derramada, pertenece al rito; coagulada y cocida, entra en la cocina. Justo en ese borde, entre el rito y la cocina, habita la morcilla homérica.

La morcilla homérica. Odiseo contempla la tripa de cabra que gira sobre las brasas, metáfora de su propia tensión interior. Entre el rito y la cocina, la sangre se transforma en símbolo: lo sagrado se cuece, lo humano espera.

            Y la metáfora funciona a la perfección. Odiseo gira por dentro como Choch sobre la sartén: tensión contenida, espera, violencia que aún no descarga. Un embutido humilde, y ahí, entero, lo que siente el héroe.

            El pan habla con menos dramatismo, y quizá por eso sostiene tanto. Homero lo coloca en cestas, junto a la carne y el vino, como gramática básica de la vida civilizada. Dalby subraya que el pan de trigo refinado era un lujo aristocrático, mientras la cebada, consumida como maza, una torta plana sin levar, era comida humilde (Dalby, 1996, p. 112). Donde hay pan, hay casa.

            Al final, el regreso no se completa solo con reconocimiento y venganza; también necesita comida. Tras la muerte de los pretendientes, el palacio vuelve a llenarse de música y mesa: en el mundo de Odiseo se hace política tanto en el banquete como en la guerra (Finley, 1978, p. 67). La cocina gobierna.

            Leer la Odisea desde la alimentación permite seguir un viaje distinto: no solo el de un hombre que cruza mares, sino el de una cultura que separa lo comestible de lo prohibido, lo humano de lo monstruoso, el olvido del regreso. El loto borra. El queso del cíclope revela una abundancia sin ley. Circe transforma los alimentos casi con la misma facilidad con que transforma a los hombres en cerdos. Calipso ofrece la inmortalidad, y Odiseo elige el pan de los mortales. Los feacios ofrecen pan y escucha. El ganado de Helios recuerda que no toda hambre autoriza. Y la morcilla homérica condensa algo mayor: cocinar es ordenar la vida, es civilizar la barbarie. La cocción marca el paso de la naturaleza a la cultura (Lévi-Strauss, 1969, p. 1). Tal vez por eso Odiseo vuelve: porque todavía sabe comer con otros.

            Escribo esta crónica con cariño. Nace de una conversación con mi amigo Faulo Sánchez en torno a la comida de Odiseo, chispa que me animó a escribir sobre este tema. Quedo a la espera de sus comentarios una vez que vea la película.

References

            Bakker, E. J. (2013). The meaning of meat and the structure of the Odyssey. Cambridge University Press.

            Dalby, A. (1996). Siren feasts: A history of food and gastronomy in Greece. Routledge.

            Detienne, M., & Vernant, J.-P. (1979). La cuisine du sacrifice en pays grec. Gallimard.

            Finley, M. I. (1978). The world of Odysseus (Rev. ed.). Penguin.

            Harris, M. (1987). The sacred cow and the abominable pig: Riddles of food and culture. Simon & Schuster.

            Heubeck, A., West, S., & Hainsworth, J. B. (1988). A commentary on Homer’s Odyssey: Introduction and books I–VIII (Vol. 1). Clarendon Press.

            Homero. (2013). La Odisea (L. Segalá y Estalella, Trad.; M. Alcalá, Prólogo) (27a ed.). Editorial Porrúa. (Colección Sepan Cuantos, núm. 4)

            Lara-Cortés, E., Osorio-Díaz, P., Jiménez-Aparicio, A., & Bautista-Baños, S. (2013). Contenido nutricional, propiedades funcionales y conservación de flores comestibles. Revisión. Archivos Latinoamericanos de Nutrición, 63(3), 197–208. https://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0004-06222013000300004

            Microsoft. (2026). Copilot Image Creator [Modelo de texto a imagen]. Imágenes generadas con inteligencia artificial a partir de indicaciones sobre escenas alimentarias de la Odisea: los lotófagos, la cueva del cíclope, Circe, Calipso y la morcilla homérica. https://copilot.microsoft.com

            Microsoft. (2026). Copilot Image Creator [Imagen generada por inteligencia artificial]. Odiseo y los lotófagos: el héroe arrastra a sus hombres fuera del sueño del loto, entre flores doradas y mares azules. https://copilot.microsoft.com

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            Microsoft. (2026). Copilot Image Creator [Imagen generada por inteligencia artificial]. Circe cocinando la metamorfosis: vino, cebada y hierbas frente al fuego como alquimia entre cocina y hechizo. https://copilot.microsoft.com

            Microsoft. (2026). Copilot Image Creator [Imagen generada por inteligencia artificial]. Calipso y Odiseo: ambrosía y néctar frente a pan y vino, imagen de la distancia entre inmortalidad y retorno. https://copilot.microsoft.com

            Microsoft. (2026). Copilot Image Creator [Imagen generada por inteligencia artificial]. La morcilla homérica: tripa de cabra con grasa y sangre girando sobre las brasas como metáfora de la tensión interior de Odiseo. https://copilot.microsoft.com

            Lévi-Strauss, C. (1969). The raw and the cooked (J. Weightman & D. Weightman, Trans.). Harper & Row. (Obra original publicada en 1964)

            Lucrecio. (1983). De la naturaleza de las cosas (A. García Calvo, Trad.). Ediciones Cátedra. (Obra original escrita en el siglo I a. C.)

            Page, D. (1973). The lotus-eaters. In Folktales in Homer’s Odyssey (pp. 3–21). Harvard University Press.

            Reece, S. (1993). The stranger’s welcome: Oral theory and the aesthetics of the Homeric hospitality scene. University of Michigan Press.

            Smith, D. E. (2003). From symposium to eucharist: The banquet in the early Christian world. Fortress Press.

            Toussaint-Samat, M. (2009). A history of food (A. Bell, Trans.; 2nd ed.). Wiley-Blackwell.

            Wilkins, J., & Hill, S. (2006). Food in the ancient world. Blackwell.

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