
A mediados del siglo XX (1940-1950) surge un establecimiento que se convertiría en uno de los lugares más icónicos de la Mérida de aquellos años. Comenzaremos hablando de su aspecto arquitectónico, el cual constaba de larga filas de mesas en donde los respaldos colindaban con el de otro comensal. Pronto se ganó un lugar en el gusto de los meridanos, una característica clásica de los yucatecos es que sus ventanales permitían poder observar a la gente pasar. Todo esto gracias a la familia Ferráez. Otro dato importante era que el café se molía el café al momento a la vista del público y a los comensales nos inundaba del aromático néctar de dioses. Pronto fue centro de reunión de cierto tipo de clientela ya que cada cafetería posee su propia personalidad (en unos, gente de altura intelectual, otros de variadas tertulias, otros de política, de deportes y taurinos, cuando ser aficionado a los toros no era satanizado).
Ahí se concentraba lo más granado de nuestros actores, en especial los regionales, “Cheto” “Sakuja” y el “Chino -Herrera”, quienes mantenían vigente y en alto nuestro teatro. Don Panchito Cicero “Tarcilo May”, que era su apodo como “Charlote”, ya que fue novillero y termino payaso de pueblo en las corridas. Los trovadores: como “Goyito”, “Casiano”, “Escaroz”, los valientes matadores de pueblo, los hermanos “Mariano y Joselito Canto”, “Carlos Hubbe”, “Ricardo R. de León”, taxistas, trovadores, cocheros de la plaza grande entre otros.
Como es bien conocido el carácter y el espíritu de Yucatán y su gente son un testimonio viviente del arte de charlar, en el Ferráez se escribieron hermosos poemas, guiones teatrales etc. Y en este sentido nada es comparable a las interesantes y polémicas tertulias cafeteriles. Ahí se desbroza la nostalgia, se rumian fobias y en pocas palabras se compone el mundo teniendo cada café y en cada cliente su propia cosmogonía dispositivas. Por lo que vemos la visión de la familia Ferráez, fue un rescate de los sabores tradicionales, ya que además de tomar café (americano), grecas, y la india que es una greca pero rebajada con agua. Ubicada en la calle 60 x 61 justo enfrente del palacio de gobierno, casi a lado del hotel “Regis” ya en aquel tiempo en abandono y hoy reconstruido y con otro nombre “Piedra de Agua”.
Aparte del “chisme” que es la característica principal de las cafeterías, en estar café también se servía comida regional: huevos motuleños acompañados de pan dulce a la yucateca como los tutis, pan bueno, majá blanco (manjar blanco).
Finalmente les platico que los meseros eran muy reconocidos por su memoria fotográfica y amabilidad de quienes la mayoría de los clientes se sabían su nombre y esto era muy genuino de este lugar. En pocas palabras, este sitio sí que era frecuentado por gente realmente del pueblo. Por lo que llegó a ser el más popular de su época. Afuera del café los trovadores ensayaban para la antigua costumbre de llevar serenata, que hoy día casi está en extinción.
Para terminar les contaré una pequeña anécdota verídica, que fue que cuando el “Chino Herrera” se lanzó a la Ciudad de México, siendo el número uno en Yucatán, en cierta ocasión alguien le comentó que otro actor estaba ocupando su lugar en el teatro regional y la respuesta del comediante fue: ¿Quién se está acostando con Adela?. Hermosa ignorancia, filosófico-erótica.
Para nuestra tristeza el café Ferráez cerró cuando llegó a nuestra Ciudad el café instantáneo y el “progreso” avasallador.



