
Un salón del plantel de la Universidad de las Artes de Yucatán (UNAY) en la antigua estación de ferrocarriles fue sede el día martes de una importante reunión entre historiadores de la región. El motivo fue una charla impartida por la investigadora italiana Michela Elisa Craveri, doctora en Estudios Mesoamericanos, con el título de «La trata de mayas yucatecos a Cuba: una perspectiva desde la isla». La exposición de los hallazgos de su investigación condujo a un conversatorio en el que participaron el Dr. Jorge Victoria Ojeda y la Dra. Ana E. Cervera Molina, entre muchos otros peritos locales y público interesado, para quienes las revelaciones de la Dra. Craveri proveyeron una urgente ilustración sobre uno de los temas más oscuros —y menos comprendidos— de nuestra historia regional.
Diana Bayardo, la directora del área de danza de la UNAY, fue quien presentó y dio la bienvenida a la italiana frente a un salón lleno de interesados. Sin duda el evento llamó la atención por la originalidad de su propuesta. Atendieron historiadores, artistas, periodistas, personas cubanas y mayas y otros a quienes el tema ha tocado por motivos diversos.
Craveri es actualmente catedrática en la Universidad Católica de Milán, donde imparte clases de literatura hispanoamericana, y es especialista en literatura e historia oral maya. Desde enero participa junto con la Dra. Cervera en un proyecto sobre la esclavitud en el Caribe (TransatlanticLab-101235830, HORIZON-MSCA-2024-SE-01) dirigido por la Dra. Consuelo Naranjo Orovio desde el Instituto de Historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en España, una de las mayores instituciones públicas de investigación en Europa.
La doctora llegó a Mérida apenas el día antes de la presentación. Su perspectiva resulta especialmente interesante porque se ha fundamentado en los documentos hallados en archivos de Cuba, a diferencia de nuestros investigadores locales, que se han acercado al fenómeno desde la posición peninsular —desde un archivo en que a menudo se encubren los hechos o cuyo alcance es limitado por las circunstancias del negocio clandestino—. Desde su llegada a tierras yucatecas, Craveri ya ha comenzado a suplementar sus datos con información del Fondo Reservado de la Biblioteca Yucatanense.
Los estudios locales respecto al tráfico de humanos de Yucatán a Cuba como esclavos se ha enfocado hasta ahora en el fenómeno como una extensión de la llamada «Guerra de Castas» que transformó a la península en la segunda mitad del siglo XIX. La comprensión general indicaría que la trata existió como una estrategia de «pacificación» cuando no de desmoralización por medio de terror, herramienta para el despojo de tierras y a veces simple negocio personal que se facilitó por la situación de rebeldía y la oposición generalizada al mundo maya por parte de la autodenominada «civilización» yucateca.
Esta versión —a la cual no buscamos restar autoridad, sino colocar en el contexto de sus límites (fuesen geográficos, ideológicos, u otros)— tendría a un primer culpable identificado como el gobernador Miguel Barbachano, que en 1848 decretó la «expulsión» de todos los rebeldes mayas del territorio del estado. Muy pronto la expulsión decretada se expandió para incluir a mayas supuestamente sospechosos de tener simpatías rebeldes y eventualmente la jugosidad del negocio hizo incluir a mujeres, niños y familias completas (los hombres a precio de cuarenta pesos, las mujeres por veinticinco). Era, efectivamente, una herramienta para el lucro y la limpieza étnica.
Ese mismo año el cónsul inglés en Cuba, James Kennedy, ya advertía sobre la importación de mano de obra obligada desde Yucatán que llegaba en condiciones deplorables y surgía como medida de evasión a las sanciones inglesas contra el tráfico «negrero» desde África. El gobierno de México quiso intervenir en 1849 y 1861, cuando un decreto del presidente Benito Juárez dio por abolido el tráfico de esclavos que maquillaban los yucatecos y el gobierno español en La Habana. Se estima que en este periodo se traficaron hasta unas 2,000 personas de la península a la isla caribeña, partidos de Isla Mujeres y Sisal. Ahí se detiene la historia que es generalmente (y no tan generalmente) conocida.
Los puntos básicos de esta historia vienen siendo esbozados desde hace mucho tiempo. El periodista yucateco de ascendencia cubana Carlos R. Menéndez publicó en 1923 —tiempos de la transformación mayista-socialista de la que fue opositor— su Historia del infame y vergonzoso comercio de indios vendidos a los esclavistas de Cuba por los políticos yucatecos, desde 1848 a 1861, en que denuncia la complicidad de la prensa, de la intelectualidad oficial yucateca (incluidos historiadores), del aparato político del estado y de los militares («paladines de la civilización» según las afortunadamente corregidas versiones del XIX) que hacían un negocio de la guerra. Todo con base en una rigurosa documentación expuesta al público.
Esta historia se ha minimizado de diversas formas. En el mismo prólogo a la obra de Menéndez, el historiador Ricardo Molina Hübbe reconocía la veracidad e importancia de los documentos pero a la vez se refiere a los decretos de destierro como medidas en consonancia con las de «pueblos mucho más cultos que los de Yucatán en aquella época [y hasta sus días]», y agrega respecto al tráfico documentado que «ha de juzgarse a cada hombre y a cada hecho, no conforme a las condiciones de hoy, sino conforme a las del tiempo y del medio en que se encontraba».
Ocurre que desde tiempos incluso anteriores ha existido la oposición a la esclavitud, como el código legal mexicano reglamentaba desde la Independencia. Sin el impulso proporcionado por el movimiento antiesclavista en ciernes desde la primera mitad del siglo XIX (refiriéndonos a su adopción por los liberales blancos emergentes; las rebeliones de esclavos fueron innumerables y tan antiguas como el crimen), tampoco Cuba se pudo haber enfrentado a los españoles. El pretexto de los «tiempos distintos» es poco efectivo (claro, esto tiene todo que ver con el interés económico: el régimen de esclavitud era abominable para el nuevo capitalista de estilo inglés, pero esencial para el latifundista; lo complicado es admitir que la clase rige la moral).
Molina Hübbe tenía una buena razón para minimizar y relativizar la esclavitud moderna: pertenecía a una familia acusada de reproducir prácticas esclavistas en tiempos más cercanos a la publicación del texto. En 1905 su tío Audomaro Molina Solís había hecho arrestar a los periodistas Tomás Pérez Ponce y Carlos P. Escoffié Zetina con ayuda de su hermano, el gobernador Olegario Molina, por la publicación de testimonios sobre el maltrato y la privación a trabajadores en su hacienda de Xcumpich bajo condiciones descritas como esclavitud. Cuatro años más tarde, el estadounidense John Kenneth Turner completa un reportaje de mayor aliento en los artículos hoy conocidos como México bárbaro, detallando las condiciones de esclavitud en las haciendas, los abusos físicos y ya el «tráfico» de indios despojados (los secuestrados que sobreviven al genocidio de los yaquis en Sonora) para ser aprovechados como mano de obra por el círculo del gobernador. ¡En estas manos nuestra historia!

Las aportaciones actuales que expuso la Dra. Craveri se escapan de los límites temporales previamente establecidos. La investigadora demostró una continuidad que comienza en las primeras décadas de la colonia y llega (hasta donde se ha podido identificar) a los años posteriores al gobierno de Molina, lejos de terminarse con el decreto de Juárez. Es incluso mayor su promesa porque nos encontramos con el proyecto más ambicioso y más capacitado (si bien no el primero) en preguntarse qué fue de los mayas yucatecos que llegaron a Cuba.
El Dr. Victoria Ojeda hizo bien en recordarnos que el tráfico humano referido no cuenta una historia peninsular, ni tampoco una historia «caribeña», sino que trata de una problemática transatlántica que se relaciona tanto con nuestros procesos como los de Cuba, España, Inglaterra y las costas africanas —hasta donde llegaban barcos con licencias expedidas en Yucatán y Campeche, incluso tras el decreto juarista—. La historia completa se alimenta de todas sus versiones y fuentes.
La ponencia de Craveri focalizó primero a la población de Madruga, en la provincia de Mayabeque (anteriormente La Habana). Madruga es peculiar porque entre sus «escasos» 20,000 habitantes, cuenta con una comunidad con descendencia maya que retiene muchas prácticas culturales de la península yucateca: se consta que por lo menos hasta los años 80 muchos de estos pobladores habitaban solares con casas ovaladas al estilo maya con techos de palma, que mantenían el uso de hierbas medicinales, que elaboraban cruces de madera que colocaban en cuevas, que preparaban altares para los muertos, que cultivaban la milpa con roza, tumba, quema y el uso de la coa y que celebraban el hetzmek de sus pequeños. Esta comunidad sería descendiente de «colonos» mayas obligados al trabajo en los cañaverales y espacios domésticos de cubanos adinerados.
Miguel Barnet (autor de la Biografía de un cimarrón) y el antropólogo mexicano Ricardo Pozas visitaron Madruga en los años 1970 y consideraron que los descendientes de mayas ya eran «guajiros cubanos mestizados». Sin embargo, tras el conversatorio platiqué con una asistente cubana llegada a nuestra península en los años 90 y que mencionó ser originaria de Madruga. Recuerda que en los tiempos de sus padres los mayas habitaban la Loma del Grillo y se les conocía como «los salvajes», «los yucatecos» o «los indios», lejanos al resto de los pobladores. Sería hasta las campañas de alfabetización y escolarización impulsadas por el gobierno revolucionario que se vio una mayor integración con el resto de los madrugueños.
Previamente, el trabajo más completo que se había hecho sobre los yucatecos de Madruga había sido el del periodista cubano Jaime Sarusky para la revista Bohemia, compilado más tarde en su libro Los fantasmas de Omaja de 1986. Aquella investigación contó con un trabajo de archivo, entrevistas y fotografías ampliamente aprovechables para el proyecto actual. Destacó una fotografía en blanco y negro de un hombre en una hamaca en un solar, típica escena yucateca, pero ubicada en Cuba. Más recientemente el cronista meridano Paul Antoine Matos (presente en el conversatorio) relató su propia visita a la disminuida comunidad de Loma del Grillo y algo de la historia local en su libro En modo avión (2024), con acompañamiento fotográfico de Óscar Rivero.
El gran novelista Alejo Carpentier, en una entrevista de los años 70 con Héctor Veitía que citó la investigadora, recordaba ver a indígenas mayas habitando sobre la carretera de Güines: campesinos vestidos de indumentaria yucateca como el huipil en las mujeres y los maridos en calzón blanco. Según su testimonio, las mujeres trabajaban en el servicio doméstico y los maridos «fabricaban helados».
La investigación actual además ha trabajado con Deysi Chusco, presidenta de la Asociación Cultural Maya-Yukateka y Amigos de Madruga, cuya familia llegó a Cuba desde Yucatán en la década de los 20, la época descrita por Carpentier. En la discusión final un asistente preguntó cómo era posible que personas mayas estuviesen llegando a Cuba en tal época, durante el gobierno de Carrillo Puerto que se representa en nuestro estado como un «idilio yucateco» para la población indígena. Aunque los detalles precisos se desconocen, la investigadora recordó que algunos mayas llegaron como parte de la «servidumbre» de hacendados que huyeron de la revolución y que nunca regresaron (caso de Olegario Molina), y que la represión contra las Ligas de Resistencia en la etapa posterior al asesinato del gobernador también pudo ser un factor.
Este nuevo proyecto de investigación también desafía a la historiografía cubana. Craveri explicó que uno de sus objetivos sería desmentir al historiador cubano Moreno Fraginals, que en su obra magna El Ingenio (1964) asegura muy pronto: «La inmigración yucateca murió al nacer», y en cuyo recuento se deja de mencionar a los indios yucatecos después de 1862. En cambio, la nueva investigación se atreve a asegurar que este traslado forzado llegó a ocupar «un papel determinante» en el trabajo y sociedad cubana, y llega a preguntarse sobre la participación de estas personas dentro de procesos históricos como las guerras de independencia y de revolución.

La doctora estableció antecedentes bastante anteriores al tráfico de la «Guerra de Castas». El pionero de la trata identificable por documentación sería el conquistador y fundador de la Mérida blanca, Francisco de Montejo, quien poseía una autorización oficial otorgada por la corona para el tráfico de «indios de rescate» comprados a otros grupos indígenas, entre quienes más de mil fueron trasladados a Cuba.
Otros esclavos fueron exigidos como tributo o reclamados como botín por la campaña de conquista. Craveri citó ejemplos presentes en el Códice de Calkiní y la Crónica de Chac Xulub Chen, crónicas indígenas que desde el siglo XVI relataban la esclavización de pueblos por expediciones armadas de españoles y en algunos casos el traslado a sus posesiones antillanas.
Para 1544 en Puerto Príncipe (el actual Camagüey) se identificaba la habitación de 150 «negros e indios yucatecos» y solo veinte pobladores españoles, además de cientos de indios originarios. En La Habana desde 1564 se estableció el barrio de Campeche poblado por mayas en sus viviendas de estilo tradicional yucateco. En otros registros de la época, en algunas regiones de Cuba aparecen tantos «indios yucatecos» como españoles. Craveri además ha encontrado documentos que acreditan matrimonios entre «indios de Mérida» y esclavas africanas, o hasta la participación de indios yucatecos en redes de cimarronaje.
Entre los documentos más perturbadores que pudo compartir con el público, vimos anuncios de periódico solicitando ayuda para localizar y detener a «criados huidos» a quienes se identificaba como adolescentes yucatecos de catorce y quince años de edad, incluso por parte de negocios citadinos como panificadoras que los empleaban forzosamente y sin siquiera el acompañamiento de sus familiares.
Los estudios de Michela Craveri se enfocan en la documentación e interpretación del siglo XIX, tiempo en que la presión inglesa sobre el océano Atlántico exigía una abolición de la trata de esclavos en las colonias de España (mas no, necesariamente, la abolición de la esclavitud misma). A partir de ahí nace en Cuba el llamado sistema de «colonato» que mantiene al régimen de esclavitud con otro nombre, sin una transición al trabajo asalariado sino un cambio en formas legales que no transformó las condiciones efectivas.
La modernización de los ingenios azucareros fue factor fundamental en las transformaciones del siglo XIX cubano. Así como el campo yucateco se transformó con la invención de la máquina para raspar henequén, la maquinaria para la caña de azúcar revolucionó a Cuba exigiendo cada vez más caña y mayor mano de obra para que la producción satisfaciera a los mercados globales. El «colonato», temeroso de la «africanización» de Cuba, estudió entonces la posibilidad de importar a trabajadores del norte de Europa y otras regiones para «blanquear» la isla. Específicamente, países como Alemania y Escocia atravesaban un periodo de industrialización temprana difícil —en el sentido físico, sanitario y moral— para los trabajadores (época que William Blake llamaba de los «oscuros molinos satánicos» en Inglaterra) y se pensaba que la opción de migrar sería atractiva para mejorar sus condiciones. El resultado final —el más sencillo— fue el tráfico de mayas desde Yucatán impulsado por casas de «comerciantes de hombres» aprovechando la coyuntura de la «Guerra de Castas» (en Yucatán también se enganchó a colonos alemanes, y en ambos casos, a chinos y coreanos).
Según Craveri, los traficantes formaban redes que involucraban tanto a privados como a veces a militares y burócratas portuarios. Frecuentemente eran españoles (muchos catalanes) radicados en Cuba como Pancho Marty —involucrado en la trata de africanos a Isla Mujeres— o la Casa Zangróniz y traficantes independientes como Bruno Egea Martínez, el poeta José Zorrilla (como lo menciona desinteresadamente en sus memorias) y Carlos Moreno, que hacía promesas de matrimonio y dinero a mujeres para procurarlas como trabajadoras domésticas en la Perla de las Antillas. Estos secuestradores institucionalizados se hacían de un repertorio de engaños y trampas para «enganchar» a los futuros esclavos cuando no eran comprados directamente, contaban con licencias del gobierno español en Cuba y con una red de agentes y reclutadores que operaban en Mérida y Sisal. Los compradores en Cuba eran hacendados, traficantes, empresarios, médicos, licenciados, bancos, burócratas y otras personas pudientes, incluyendo algunas mujeres.

El corpus de documentos utilizados en la investigación se construyó a través de consultas al Archivo Nacional de Cuba y al Archivo Histórico Provincial de Matanzas durante una estancia en Cuba en 2022. Incluye fuentes como censos y referencias hemerográficas que facilitan la reconstrucción histórica de los casos conocidos de este infame comercio. La doctora también ha elaborado mapas que muestran la distribución de los «colonos» yucatecos en distintos momentos históricos —por ejemplo, en el año 1870 ubica a 700 registrados en la isla—, lo cual se dificulta más tarde cuando la categoría de «yucateco» desaparece de los censos. Aunque se contempla el trabajo etnográfico —la convivencia directa con las comunidades aún existentes—, este aspecto está pausado debido a la difícil situación en Cuba a raíz de las cada vez más severas sanciones económicas estadounidenses. Por lo pronto podrá aprovechar el vasto acervo de los archivos yucatecos.
La etapa actual de su investigación, explicó Craveri, es la de la paleografía —la de leer, descifrar y clasificar los documentos disponibles—. Una etapa posterior, la de la interpretación teórica, comprendería la composición del archivo como una «forma de control» a la cual no todas las versiones históricas tuvieron acceso. ¿Qué es lo representable en los documentos? Muchas de las personas esclavizadas ni siquiera hablaban español, mucho menos sabían escribir, y siempre que sus «voces» fueron registradas fue a través de la mediación de intereses ajenos a ellos.
Quizá los documentos más importantes gracias a los que la investigadora realiza su trabajo sean las quejas legales presentadas por las mismas personas esclavizadas. En ellas, los «colonos» denuncian violentos castigos corporales, actos de desidia en su reclutamiento, retención de pagos cuando supuestamente los había (casos en los que fue prometido y nunca otorgado), e incluso la venta de sus hijos a otros «empleadores». La ponente resaltó que estos documentos son singulares por ser los únicos en registrar los reclamos del trabajador en voz propia y sin mediación de sus contratantes (únicamente de burócratas y escribanos), problemática perenne de la historiografía.
Gracias a estos documentos, la doctora ha logrado identificar a hasta 124 personas esclavizadas por sus nombres propios, incluyendo a once menores de edad. Ubicó una distribución más o menos pareja entre hombres y mujeres (con ligeramente más hombres) pero, notoriamente, pocas veces eran unidades familiares. Aunque fueran secuestrados juntos se prefería mantenerlos aislados. Incluso a los niños.
En las quejas se hallan denuncias por maltrato físico, incumplimiento de pago (cuando existía) o pago en comida, y en la mayoría de los casos, por ser obligados a seguir trabajando incluso después de cumplido el contrato establecido. Estos contratos, además, se vendían y anunciaban libremente en los periódicos.
Entre otros, Craveri identifica el caso de Demetria Villalobos, una mujer maya yucateca que tuvo una hija y cuyo patrón decidió separarlas «vendiéndola» a otro esclavista. Aunque la doctora encontró documentación que garantiza que Demetria eventualmente fue liberada, se desconoce el destino de su hija y si algún día se reunieron.
La reconstrucción de otras vidas individuales ha descubierto historias de encarcelamientos sucesivos, de diversas contrataciones dentro del mismo régimen, y en algunos (pocos) casos, la eventual libertad de la persona esclavizada —comprendida como su asimilación al trabajo asalariado—. Revelan también, nos comenta la Dra. Craveri, una «red de espacios vinculados» para el control y la «disciplina» de los colonos: hospitales, cárceles y depósitos a donde fueron enviados para morir. En estas vidas de privación, su movilidad era «estrictamente controlada», y si un esclavo huido era reapresado se le obligaba a pagar los gastos de su propia captura.
La sombría exposición fue seguida por una ronda de preguntas y participaciones del público. Se preguntó sobre el papel de los Estados Unidos —el imperio al alza del momento, que vivía su propia saga esclavista y colocaba sus ojos sobre la isla—, sobre el que no hay mucha información que los vincule con la trata de mayas (eso sí, es conocida la conspiración con «filibusteros» como Narciso López para anexar a Cuba e incorporarla a los estados esclavistas del sur). Intervino el cronista de la ciudad de Felipe Carrillo Puerto (antigua capital maya que en 1860 fue ocupada por el esclavista y traficante Pedro Acereto), Carlos Chablé Mendoza, para expresarse «desde la mayanidad» en contra de otro asistente que se había referido al proceso de traslación forzada como una «migración»; observó correctamente que «[vinieron] a buscar a los mayas de aquí porque ya habían acabado con los indígenas de ahí» (esto propició una discusión acerca de cuáles grupos de indígenas cubanos fueron directamente exterminados por la ocupación española, cuáles míticamente se autoinmolaron para evitar la esclavitud y cuáles sobreviven en condiciones disminuidas) y agradeció la aportación de la doctora a «una versión propia de nuestra historia» que no ha sido atendida por instancias oficiales.
Igualmente participó Carlos Acereto, fundador del Ballet Folclórico de la UADY, quien recordó las colaboraciones entre la institución y la Universidad de La Habana en los años 1990 con dirección de Carlos Bojórquez Urzaiz por medio de la Facultad de Ciencias Antropológicas. Entonces se pensó en un proyecto de escena coreografiado al que llamaron «Son del Caribe» (son con las acepciones de ritmo y del «ser» conjugado) en el que se hablaba de la historia compartida entre Cuba y nuestro estado. Advirtió que lo discutido en la sesión difícilmente sale de los cuatro muros en que se reunen especialistas, y que se debe considerar la función divulgadora del arte.
La Dra. Cervera lamentó el relativo desconocimiento del tema y el que tuvieran que venir investigadores «de fuera» para contar nuestra historia, pero agradeció y destacó la obra del Dr. Jorge Victoria como precursor en los estudios de la esclavitud en Yucatán. También reclamó, aprovechando el conversatorio en la UNAY y haciendo eco a la intervención de Acereto, la necesidad de una «poética de la representación» que haga justicia desde las artes a los momentos dolorosos de nuestra historia con estas aportaciones de pericia ajena a nuestra localidad.
Solicitó que «si la vamos a regar, la reguemos bien», y evocando al poeta y dramaturgo martinico Aimé Césaire —quien fuera, junto con José Martí, el más lúcido y correcto de los críticos sociales que ha nacido de nuestra región Caribe—: «No nos quedemos con las mentiras del colonialismo si tenemos las herramientas para iluminarlas. No podemos seguir reproduciendo acríticamente discursos que han causado tanto dolor».
Hace varias décadas el mismo Césaire adoptó como símbolo al personaje Calibán de Shakespeare (Calibán viene de «caníbal» y «caníbal» viene de «Caribe», acepción derivada de las fantasiosas crónicas de Pigafetta), el esclavo de Próspero nativo de la isla en que ocurre La tempestad. Más tarde el personaje daría su nombre, por inspiración de Césaire, al polémico ensayo del cubano Fernández Retamar Calibán. Apuntes sobre la cultura de nuestra América (1971). En aquel texto el intelectual cubano descubre que el pensamiento de José Martí mantenía un diálogo implícito con Domingo Sarmiento, el presidente decimonónico de Argentina que fue autor de Facundo o civilización y barbarie (1845), un texto de esencia supremacista que defendía el derecho de la autodenominada «civilización» de arrasar con el mundo «bárbaro» a través de la violencia desmesurada. Barbarie era lo que se pusiera en su camino (como hoy se utiliza «terrorista»). Pero Martí lo dice mejor:
«Civilización, nombre vulgar con que corre el estado actual del hombre europeo, se cree con derecho natural a apropiarse de la tierra ajena perteneciente a la barbarie, que es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o la América europea».
Decía Walter Benjamin: «no hay documento de civilización que no sea a la vez un documento de barbarie». Una lección en la composición dialéctica del mundo: nuestra historia se construye por inagotables versiones de los hechos. No nos conocemos hasta que nos conocemos a través de nuestros vecinos. Y una intuición más del tipo espiritual: nunca terminamos de conocer ni de ser conocidos. En fin que las contradicciones hacen sumas.
Nuevamente Marti, en su reclamo por Nuestra América con una historia propia: «No hay batalla entre civilización y barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza». Y por eso me detengo. No quisiera pasar por civilizado.




