
Estimado lector, he de confesar que a mis cercanos ochenta y tantos años, a veces me cacho mirando la calle a través de la ventana, con el pecho apretado por una nostalgia que las nuevas generaciones difícilmente comprenderán.
Cómo extraño el Yucatán de los años 40, esa época de oro donde la vida se cocinaba a fuego lento y la tranquilidad era nuestra mejor vecina. Me duele profundamente saber que mis nietos ya no vivirán muchas de estas hermosas tradiciones, atrapados como están en un mundo de pantallas y prisa, ajenos a la magia que alguna vez habitó en nuestras esquinas.
Ellos nunca sabrán lo que era sacar las sillas a la puerta al caer la tarde para platicar con los vecinos, mientras el aire fresco de la brisa yucateca nos devolvía el alma tras el calor del día. Hoy las puertas se cierran con llave y el aire acondicionado reemplazó las tertulias donde se heredaban las leyendas de la Xtabay o el Huay Chivo.
Mis nietos tampoco verán a la gran mayoría de las mujeres portar con orgullo y naturalidad el hipil de diario para ir al mercado, una estampa cotidiana que ha ido perdiendo terreno frente a las modas pasajeras.
Incluso los sabores han cambiado; aunque la cochinita pibil sigue vigente, ya no se vive con aquella devoción de esperar el rito dominical de la carne horneada bajo tierra, comprada de madrugada entre el bullicio respetuoso de los mercados de barrio.
Se nos están yendo los gremios más auténticos, las vaquerías de pueblo que no eran para el turismo, sino para el santo patrono, y el misticismo puro de una tierra que sabía honrar sus raíces. Queda en nosotros, los abuelos, seguir contando estas historias, para que al menos en su memoria quede un destello del Yucatán que fuimos y que no debió morir.
Fin.



