Opiniones

Elogio del chocolate

En un museo en Puebla, a fines de 1990, el guía mostró un batidor de madera con su molinillo y explicó que servía en otro tiempo para preparar chocolate. Extrañado, intervine enseguida:

            —¿Cómo que en otro tiempo? En mi casa todavía baten el chocolate de esa manera.

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            Algo asombrado, el guía me preguntó de dónde venía. En esos años en Yucatán seguía empleándose el batidor, aunque la licuadora se estaba imponiendo cada vez más por ahorro de tiempo y de esfuerzo, aun cuando el sabor no sea el mismo.

            El chocolate es para mí la reina de las bebidas. Energético y alimenticio, llenador. Tan térmico que podría tomarlo a cualquier hora, incluso a las tres de la tarde, como dijo Justo Sierra que ocurría en el siglo XVI, el segundo chocolate del día en esa época. Beberlo es una costumbre que Yucatán comparte con otras regiones de México y me imagino que ocurría lo mismo que en una obra de teatro decimonónica en la que el insurgente Ignacio Allende llegaba muy agitado a caballo a Querétaro desde San Miguel y era recibido con una jícara de chocolate para reconfortarse.

            Y le estoy agradecido a esa bebida. El colmo es que de la vitivinicultora Mendoza, Argentina, recuerdo ante todo un chocolate que tomé. Me sentía aterido luego de un nocturno recorrido bastante imaginario por casas comunes y corrientes construidas en terrenos donde estuvieron edificios históricos (“aquí estuvo la casa donde se alojó el general José de San Martín”, etc.), que ya no existían a causa de un devastador terremoto ocurrido muchos años. Era tanto el frío que no habíamos podido cruzar la frontera con Chile debido a que la carretera estaba cubierta de nieve. Tiritando a más no poder, le comenté a mi entonces esposa que daría cualquier cosa por una taza de chocolate. Y se me cumplió. En un café lleno de gente me sirvieron mi chocolate hirviendo, que con un postre me alivianó bastante. Ya después en la habitación del hotel sí dimos cuenta de una botella de tinto, fría por el mismo clima y, por tanto, sin aportar nada de calor, obtenido gracias al embutido, quesos y aceitunas que la acompañaron.   

            Vagando por Madrid, al pasar por una callejuela vi una placa en una chocolatería donde se mencionaba a Rubén Darío y Valle-Inclán, así que imposible no sentarnos y gozar de un chocolate espesísimo que se consumía no bebido, sino untado en azucarados churros.

            En la Ciudad de México recuerdo haberme activado a la octava potencia luego de consumir uno tras otro un chocolate a la española, uno a la francesa y otro a la vienesa. ¿Y qué decir del almendrado como el que tomé algunas veces en el mercado de comidas de la ciudad de Oaxaca, acompañado de piezas de la rica panadería oaxaqueña?

            En otros tiempos en Yucatán muchos molinos de maíz lo eran también de cacao, por lo que la gente podía preparar sus tablillas en casa. Mis recuerdos se remontan a Tizimín cuando las hermanas López llevaban a mi casa el chocolate casero, que ponía contenta a toda la familia por ser infaltable en la cena junto con la exquisita panadería de esa ciudad del oriente yucateco. Y en Mérida nuestro favorito siempre ha sido el Chocolate Imperial, de la familia Carrillo, que cumple con lo que dice su lema: de calidad real.

            Al no encontrar dicha marca, largas caminatas, a veces infructuosas, me he hecho buscando algún otro que no sea de lo que venden para turistas extranjeros. En un café del barrio de Santiago encontraba yo dos marcas tabasqueñas, pero gracias a un alumno ahora consigo uno artesanal chiapaneco, de buen sabor y tan práctico con sus pequeñas tablillas, que puso contentas a mis hermanas: “Con una sola tablillita da para una taza”.

            Así sea con agua calentada en horno de microondas, alabado sea el chocolate, mi bebida de noche, que despeja mi zarandeado cerebro y me hace dormir plácidamente.

Jorge Cortés Ancona

Licenciado en Derecho, con Maestría en Cultura y Literatura Contemporáneas de Hispanoamérica. Es egresado del Doctorado en Literatura de la Universidad de Sevilla con una tesis sobre teatro y boxeo, y cuenta con un DEA (equivalente de maestría) de la misma institución. Ha impartido clases y cursos en diversas instituciones educativas y culturales sobre literatura e historia de las artes visuales. Ha escrito numerosos artículos y entrevistas sobre temas culturales y figura en varias antologías de poesía.

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