
En el ámbito de la cultura regional, en el marco de la península, pero más específicamente de Yucatán, el nombre de Fernando Espejo es mención obligada y certeza absoluta de que la lejanía física y la identidad con LO NUESTRO, nada o poco tienen que ver. Quién con otro nombre más acertado para ilustrar lo que caracteriza la entraña yucateca, raíces profundas y además fundamentadas hasta la saciedad en una y mil charlas, formales o informales, públicas o privadas; sabrosas todas.
“El habla del Yucateco”, como análisis lingüístico, como humorismo ameno, como reflexión literaria; como se le quiera mirar, es sin duda una producción insustituible en la cultura de estos lares.
Fernando Espejo, poeta de oficio, con gran oficio de poeta; diestro jinete de los catorce corceles del soneto, voz que una vez fue verde, partió con su pluma y su lira a cuestas, para cantar en otras latitudes dejando entre nosotros un vacío imposible de llenar.
Yucateco de gran entraña, modelista de conciencia plena y declarada como dogma de fe, nos regaló a lo largo de su paso entre nosotros, los invaluables tesoros de la afabilidad, el carisma y, por sobre todas sus cualidades, la amenidad incomparable.
Sobre él, nos dice Álvaro Mutis: “… En la poesía de Fernando Espejo encuentro un apego amoroso hacia algunas de las maravillas que nos rodean, las más sencillas, las más cotidianas, las más esenciales. Esta fidelidad, este puente amoroso que Espejo establece con el mar, con la sal, con la sed, con el tiempo y con la inagotable y ebria trampa del amor, me parece que están concebidas con la sabia inocencia que da perpetuidad a la poesía hecha con las más bellas palabras, con las que cada día nos sirven para designar las cosas del mundo que se confunden con nuestra vida”.
Indudablemente, Fernando Espejo fue un gran poeta, pero su creatividad no se ciñó a este campo. Fernando fue también narrador magistral. Muestra de ello lo encontramos desde los primeros números de “Voces Verdes”, donde, junto al poema “Anhelo de Presencia” encontramos “Arena y Barro”, delicada prosa poética que describe situaciones y costumbres de esas MUY NUESTRAS de la vida cotidiana del Yucatán de entonces.
Su interés por el análisis de la lengua marcó siempre una vertiente esencial en su producción, como lo demuestra el trabajo “La Poesía Indígena y el Estilo Contemporáneo” publicada en el número dos de Voces Verdes en junio de 1951, en la que dice: “El idioma, hoy tan abundante en vocablos, hoy tan rico en léxico, era en su formación, como es lógico, parco, escueto y simple. El hombre, por carecer de palabras apropiadas para designar un objeto o una acción, creaba los sonidos que más se acercaran a la concepción de su pensamiento, o empleaba para designar las cosas o los movimientos, lo que más se asemejara, entre las palabras ya formadas y conocidas. Así nació la comparación, que él usaba circunscrita a lo que estaba a su alcance, – al alcance de sus pies y de sus ojos -, que naturalmente era siempre fruto de la naturaleza virgen. Cuando por determinada circunstancia, se sentía obligado a darle nombre a algo nuevo, sólo podía recurrir a lo que conocía. Y ya lo hacía asociándolo con otro objeto visto con anterioridad, o bien si era animal o cosa propiamente productora de sonidos, imitando en lo posible el ruido más característico, capaz de distinguir su esencia entre las demás cosas. Así nació la onomatopeya que en todos los idiomas del mundo tiene su lugar. En la prosecución evolutiva se manifiesta claramente en palabras como tragar, (Drink en inglés) en las que se puede observar sonar las letras como el ruido característico de la garganta.”
Voces Verdes… afán de jóvenes inquietos que marcó un momento trascendente en las letras de Yucatán. Vale la pena escuchar lo que al respecto escribió Ermilo Abreu Gómez, pluma gloriosa de nuestra literatura aquí y más allá también: “Lo que publica el primer número de “VOCES VERDES” me da esperanza de que el camino de la creación es ancho. Ninguna palabra de elogio ciego en este momento es buena. Ninguna palabra de censura en esta hora de prueba es justa. Las palabras que convienen son de alerta. Hay que estar alerta contra los peligros de lo fácil, contra los peligros de lo novedoso sin raíz, contra los peligros de lo arcaico sin historia, contra los peligros de lo sentimental sin sentimiento, contra los peligros de lo racional sin humanidad.”
Como los buenos vinos, Fernando Espejo adquirió sabor superior por efecto del tiempo y la madurez, su gracia fue adquiriendo visos de profundidad sin precedentes en su propia palabra, la amenidad se agudiza y su filo es capaz de hender en materias no tocadas y con tonos no escuchados; Gracia, amenidad, cualidades incomparables y que dieron a la voz de nuestro poeta perfiles y sonoridades de calidad superior y tono mayor.
Fernando, donde estés, mira, aquí estamos, recordándote, gozando tu palabra, tu gracia incomparable, regodeándonos en el humor que supiste dejarnos ahora y para siempre, para los que estamos hoy aquí y para los que aún no te conocen; pero que sabrán reconocer que aquí… HUBO UN POETA.



