
Por esos años, aquel pueblo vivía una especie de modorra y calma, con pocas opciones para el esparcimiento. Para aquello existían dos salas de cines, una, el Cine México, propiedad de mi tío “Huelo”, y en la misma cuadra, en el que pasaban películas norteamericanas, se encontraba el Cinema Izamal, que proyectaba puros churros de la llamada época de oro del cine mexicano. En este último se escenificaba antes, durante y después de la función, verdaderas batallas con pepitas, huayas y otros proyectiles, y al término de la función había que correr a los respectivos hogares, ya que a las 10:30 en punto la planta eléctrica dejaba de funcionar y eso sí, abundaban fantasmas, almas en pena y chivos brujos. Con este pequeño prólogo comentaré una de las miles anécdotas y bromas, algunas de ellas bastante crueles, llegando incluso algunas a la brutalidad.
Todo esto se acababa con la llegada de la más rumbosa feria que existía en Yucatán por entonces, llegaban las mejores atracciones en juegos mecánicos, tanto de Yucatán, como del interior. Y por las noches se efectuaban bailes en el palacio municipal. Debo aclarar que dicho edificio se encontraba en alto. Siendo un niño pequeño, pienso que se contrataban las mejores orquestas.
Aún perduraba la resaca de una gran discriminación, arriba bailaban las personas notables y en la parte de abajo, los indios, se emborrachaban y bailaban en la calle. Había un sujeto, que siempre intentaba colarse entre los privilegiados que, aunque de ley no estaba prohibido, era un hecho aceptado entre Dios y los gentiles. Este joven siempre era descubierto y se corría la voz de: “se coló Iso Leal”, quien, en su calidad de mestizo, no debería estar ahí y de facto mediante trucos era echado con disimulo.
Muchos años después, Iso Leal se convirtió en cochero, que abundaban por entonces en la “Ciudad de los cerros”, llamados ahí “Victorias” los coches de caballo. Celebrado su “victoria” enfrente del convento, símbolo de la población y cerca de otro mítico lugar que hizo historia hasta hoy, recordaba el bar “La Trucha”. Iso Leal se pasaba la mayor parte del tiempo dormido en el asiento de su vehículo. En cierta ocasión, después de tomar unas cervezas, hombres de las fuerzas vivas del lugar, el médico, el abogado, el rico comerciante y el notario, y creo incluso el presidente municipal, al mirar a Iso profundamente sumergido en brazos de Morfeo, le desataron el caballo del coche y le amarraron los brazos del infeliz cochero, el más malévolo de los dzules, le da tremendo chicotazo al caballo, mismo que emprendió veloz carrera, volando el pobre de Iso Leal, dándose tremendo golpetazo en el suelo, y por algún milagro, sin graves consecuencias, esto es un hecho real. Una broma, mucho más que pesada… ¿No les parece? Fin.
Historia de la vida real.



