
Después de una inolvidable gira por algunos territorios de Turquía, regresamos a Estambul, la ciudad que nunca se termina de conocer y amar, porque es más que sus monumentos y palacios. Estambul es atmósfera de leyendas, aromas, sonidos, pero sobre todo, de la gente que transcurre: la memoria de Ataturk.
Decidimos quedarnos unos días más de lo previsto, para caminar con placidez la avenida Istiklal, desde Taksmin hasta Torre Gálata, y disfrutar sus sitios de ensueño, sus callejones, comidas, tiendas de ropa, mercadería de suvenires, haciendo algunos altos para saborear la rica cerveza Efes.

De la tienda Kotton guardo un recuerdo especial. Al pagar en la caja, no aceptaban dólares, únicamente liras. Pedí que me conservaran la compra en tanto iba a la casa de cambio cercana. Cuando abrí la bolsa me di cuenta que mi cartera no estaba, tuve la vaga idea de haberla guardado antes de salir del almacén pero seguramente cayó al piso. Como tenía otros dólares en el bolsillo, hice el cambio y regresé. Después de pagar, me fijé que detrás de la caja estaba mi cartera en una repisa. Pedí por ella, y después de identificar lo que contenía, me la entregaron. Alguien la encontró y la devolvió intacta, a la caja. Esta no fue la única muestra de honestidad que comprobamos.

Desde luego visitamos los sitios históricos acostumbrados en el turismo, pero haré énfasis en el Palacio de Topkapi, conjunto de edificios unidos por patios y jardines, fundado en 1465, que fungió como residencia de sultanes hasta el fin del imperio otomano en 1923. Se convirtió en Museo a partir del decreto gubernamental que firmó Kemal Ataturk en 1924, como uno de los tantos cambios por modernizar el país.
Topkapi compendia toda la suntuosidad y la opulencia del Imperio. Cada sala es una muestra de ostentación, y de la grandeza de sus orfebres y sus calígrafos. Las primeras salas con armaduras, cotas de malla, yelmos y espadas, incluyendo armaduras para caballos, reflejan la artesanía militar con sus diferentes grados de lucimiento.

Hay que caminar despacio e irse deteniendo para contemplar las salas del tesoro imperial, con incontables gemas incrustadas en oro en objetos preciosos. Entre los más valiosos: la Daga del Sultán, muestra de su poderío, está confeccionada con delicada orfebrería destacando sus tres enormes esmeraldas y un reloj oculto. Y El Diamante del Cuchillero: un diamante en forma de pera, de 86 quilates.

Riqueza incalculable es la Biblioteca. Contiene volúmenes en árabe, turco otomano y persa, con temas sobre historia, literatura, religión, poesía y ciencias, muchos de ellos manufacturados artísticamente en los primeros doscientos años de la dinastía otomana. Su exquisita colección contiene manuscritos ilustrados, y los confeccionados en miniatura fueron obra de los artistas del Palacio. (Involuntariamente, vino a mi memoria el libro de Orhan Pamuk “Me llamo Rojo”, que describe el universo gráfico de los ilustradores del Imperio). La joya del acervo es el Corán de Topkapi, datado en el siglo VIII, que entre otros valores, contiene obras raras de astronomía, teología y caligrafía, sólo que el manuscrito reposa en la Sala de las Reliquias.

Las Reliquias que se conservan y exhiben en las cámaras privadas del Sultán son: la olla de Abraham, el turbante de José, el cayado de Moisés, la espada del rey David, los rollos pertenecientes a Juan el Bautista, un molde con la huella del pie del Profeta Mahoma, así como un diente suyo, un cabello de su barba, una carta autógrafa, su sello, y sus espadas y arco. Los objetos están dentro de un relicario de plata en una sala donde se recitan versículos del Corán continuamente.

Acaso este sea el sitio más impresionante de Topkapi: sentado, un Muftí lee los versículos del Corán en voz alta. Desde hace 500 años hasta el día de hoy, el Corán se ha recitado ininterrumpidamente con Muftíes que van haciendo relevos sin permitir que la Palabra se deje de pronunciar. Uno no entiende cómo es que muchos turistas pasan de largo sin mirar, en vez de permanecer un momento con recogimiento hacia una práctica ancestral que demanda respeto. Cabe aclarar que un Muftí es una persona con amplia preparación en jurisprudencia islámica, estudios de comparación entre las religiones, conocimientos de las ciencias sociales, idiomas, entre otras erudiciones.

Una visita a Topkapi requiere, si se está con tiempo limitado, un mínimo de cuatro horas, lo ideal es regresar dos o más veces, para recorrerlo por completo. Además, el paseo en barco por el Bósforo (que amerita hacerlo de día y de noche, y no solo una vez) al Mercado de las Especias, el Gran Bazar, la Cisterna Basílica, las Mezquitas de Santa Sofía y la Azul, el Sulthanamet (plaza donde se encuentran monumentos históricos y en donde es necesario descansar en sus bancas o tomar fotografías), son de obligado encuentro.

En una de esas pausas, nos sorprendió un diálogo que sugería oración y canto, de la Mezquita de Santa Sofía con la Mezquita Azul. Terminaba una y comenzaba la otra, con esa potencia que nace desde lo más hondo del diafragma, que se desborda fluyendo a los oídos y se respira en su estallido por los aires. Así es Estambul, su exquisita gastronomía, sus mujeres caminando con el hiyab ala cabeza, y sus hombres trabajando de sol a sol. Estambul es el agua azul que une a Europa con Asia, es el sonido intermitente de las sirenas de los barcos cruzando, cortejándose día y noche; son los cientos de gaviotas aleteando en las orillas, atraídas por el olor de los asados. Estambul es un concepto personal al que se antoja regresar cuantas veces sea posible.



