
El 18 de febrero del año pasado, publiqué en EstamosAqui.MX una reseña de la singular sesión de nuestro club del libro (https://estamosaqui.mx/club-del-libro/), en la que, a sugerencia de Clara, varios de nuestros asociados relataron cómo habían imitado una manía de algún personaje de ficción y qué habían sentido al hacerlo. Tuve que interrumpir abruptamente aquella colaboración porque ya resultaba demasiado larga.
Si bien prometí que la retomaría, lamento decirles que en esta ocasión actuaré como las y los políticos mexicanos: haré como que no me acuerdo y a otra cosa mariposa. Bueno, no será tan así, pues referiré el resultado de un experimento que llevamos a cabo en el seno de nuestro grupo aunque, como verán los que tengan la paciencia de leer estos apuntes hasta el final, en realidad fue más o menos lo mismo que hicimos en aquella ocasión.
Comencemos por el principio. En marzo pasado, Raymundo hizo un elogio desmesurado de Dublineses de James Joyce y fue tan convincente, que todos convenimos en leerlo, aunque previamente habíamos acordado lo contrario, es decir, que cada quien elija el texto que desee y luego lo comente a los demás, en caso de que así lo decida.
Raymundo, que ha adoptado como una actitud contracultural aumentar día con día el tiempo que pasa desenchufado de todo aparato electrónico, hasta desintoxicarse, nunca nos dijo que bastaba con leer un relato incluido en esa obra para llevar a cabo el ejercicio por el que tanto pugnaba. Cuando le reclamaron argumentó que la satisfacción inmediata era un síntoma inequívoco de la generación z y que nosotros somos Baby Boomers y, por consiguiente, perfectamente capaces de diferir la recompensa. Yo entendí que para nada era una pérdida de tiempo leer a Joyce.
En Un caso doloroso, el protagonista James Duffy lleva una vida que yo calificaría de campanario: era tan ordenada, tan ortodoxa, tan apacible, tan perfecta que a final de cuentas resultó tan inhumana para los que lo rodeaban. Lo interesante, sin embargo, era cómo se percibía a sí mismo el señor Duffy:
[…] Vivía a una cierta distancia de su cuerpo, viendo sus propios actos con mirada de soslayo. Tenía la extraña costumbre autobiográfica de construir de vez en cuando frases mentales sobre sí mismo con el sujeto en tercera persona y el predicado en pasado […] (p. 132)
El término autobiográfico generó una animada discusión porque, como dijo Alfredo, nadie en su sano juicio iba a revelar intimidades de las que después pudiera arrepentirse o bien poner en aprietos a otras personas. Pensé que esa observación solo era parcialmente válida, pues hoy día basta con curiosear en las redes sociales para enterarnos de todo lo que piensan, dicen y hacen sutana y mengano incluso cuando van al baño. Para zanjar la diferencia de opiniones, se acordó quitarle esa condición. Obviamente, Raymundo no estuvo de acuerdo pero no le quedó más remedio que apechugar.
Advertencia de espóiler: si se siente incomoda o incómodo con lo relacionado con el sexo sáltese las frases mentales de los integrantes de nuestro club que sin querer queriendo, como diría el Chavo del 8 –es pura especulación mía–, revelaron su subconsciente de manera inconsciente.
“Cuando besó a Margot no cerró los ojos, como acostumbraba, pues quería guardar en la memoria los gestos que ella hacía mientras sus lenguas chocaban como látigos furiosos y sus bocas ensalivadas emitían chasquidos equidistantes”. Eurídice.
“Fue tan ingenua que la mayor parte de su vida se dejó gobernar por ideas y principios estúpidos de otras épocas y circunstancias”. Clara.
“La tarea más noble del ser humano es dar y recibir placer, pensó mientras saboreaba un ajenjo”. Manolo.
“De pronto lo embargó un punzante sentimiento de tristeza como si aun estuviera en la pandemia”. Elmer.
“Siempre se esforzó por vivir en la verdad, pero en la práctica resultó un experto en la mentira”. Turcios.
“Por fin decidió no perder el tiempo en recrear aventuras eróticas jamás consumadas”. Naty.
“Aprendió que no hay gozo sin sufrimiento y que nadie te puede arrebatar la felicidad si luchas por ella”. Jojo.
“Todo empezó con el juego de recrear diálogos de telenovelas románticas con Aurora hasta que se enganchó con ella en una relación desenfrenada”. Guillermo.
“Durante mucho tiempo creyó que tenía una patología psicológica pues en el orgasmo en vez de gemir reía a carcajadas”. Soco.
“Se prometió a sí mismo jamás incurrir en la mezquina actitud del señor Duffy de desdeñar los sentimientos de otro ser humano”. Evaristo.
“Fue presa del desconcierto cuando súbitamente Dunquerque hizo a un lado la portañuela de su pantalón”. Raymundo.
Y así por el estilo continuaron las intervenciones de las y los integrantes del club del libro, quienes en esta ocasión nos vimos espléndidos pues en vez de pizzas y tacos encargamos un sabroso chocolomo que nos zumbamos a las once y media de la noche, cuando se dio por terminada la sesión previa al Día Internacional del Libro. Doy por sentado que más de uno no pudo conciliar pronto el sueño por tan indigesto manjar.
¿Alguna vez estaré en Barcelona para el día de San Jordi?



