

Aprovechando los días de Pascua decidí ver varias series de Netflix, cosa que casi nunca hago, ya que prefiero la lectura en mis tiempos libres.
Una de las que me causó gran impacto, es la relativa a un caso real de un farmacéutico estadounidense llamado Robert Ray Courtney quién, después de una investigación fortuita, se descubrió que había suministrado aproximadamente 98,000 dosis diluidas de medicamentos, principalmente de quimioterapias para tratar diferentes tipos de cánceres.
Courtney se había graduado en la facultad de Farmacia de la Universidad de Missouri-Kansas City en el año de 1975 y diez años después ya era propietario de la Research Medical Tower Pharmacy de dicha ciudad, por lo que se convirtió en el encargado de preparar diversas drogas intravenosas y medicamentos, conforme a las recetas solicitadas por varios médicos.
Robert pronto se convirtió en una figura relevante de la ciudad además de adquirir un alto nivel de vida, asimismo, era miembro reconocido de la sociedad ya que fungía como diacono, de la Northland Catedral, una iglesia de la Asamblea de Dios de Kansas.
Su creciente ambición por el dinero hizo que en el año 1990 comenzara a comprar productos farmacéuticos en el mercado negro y posteriormente a diluir las formulas solicitadas por los doctores, para aumentar sus ganancias.
En 1998 hubo una primera investigación de sus actos que no derivó en acusación alguna, iniciada por una representante de la compañía farmacéutica Eli Lilly, quien notó que Courtney de acuerdo con sus registros, vendía el triple del medicamento para el cáncer llamado Gemzar en relación a la cantidad que estaba comprando. La investigación fue interna y al no poder demostrar alguna ilegalidad, Lilly decidió cerrar la indagación.
A principios de 2021 la doctora oncóloga Vera Hunter, también comenzó a sospechar sobre las dosis que el farmacéutico aplicaba a sus pacientes, ya que no presentaban ningún síntoma de los comunes al recibir quimioterapias, ni reflejaban mejoría alguna, por lo que decidió informarle al FBI.
Se decidió prepararle una trampa al farmacéutico Courtney, ya que era difícil comprobarle hechos pasados, así como de acusarlo de ser el causante del fallecimiento de varios de ellos. Se le pidió a la doctora Hunter que expidiera una receta para un paciente donde especificara las dosis que se necesitaban de tres medicamentos y solicitara a Robert Courtney que él mismo las preparara.
El farmacéutico, como era su costumbre, diluyó los medicamentos requeridos y entregó al paciente junto con su firma, las supuestas dosis requerida. El FBI las confiscó enseguida y las mandó a analizar, descubriéndose que tenían menos del 20 % de la quimio solicitada.
Ante tal la evidencia se declaró culpable y un juez lo condenó a 30 años prisión, más la indemnización a las víctimas por varios millones de dólares, por considerarse que el caso es comparable con un hecho criminal.
La confianza depositada en los médicos va a la par con la que le otorgamos a las farmacias y boticas, generalmente no dudamos ni de las dosis prescritas ni de las sustancias que componen los medicamentos que consumimos, por lo que resulta en extremo preocupantes que sucedan estos actos que burlan esta fe y mucho más cuando se trata de medicamentos para una enfermedad que causa tanto dolor y estrés.
Imaginé al terminar de ver la serie que sería un caso aislado y difícil de repetirse en algún lugar del mundo, extrañándome haya acaecido en un país como Estados Unidos del que cada día nos desilusionamos más y donde pensábamos que “esas cosas no suceden”.
wGrande fue mi sorpresa al leer la noticia de que algo similar aconteció hace unos días en nuestra ciudad de Mérida, la de Yucatán. Un paciente oncológico del Hospital Regional del ISSSTE había recibido un medicamento calificado como “falso”. No puedo asegurar si las investigaciones han concluido o están en proceso, ni a que se refiere la nota cuando lo califica como “falso”, pero es necesario esclarecer el caso para dar certeza a todos los pacientes de estar recibiendo las dosis que los doctores consideran será para su bien y en el mejor de los casos para su cura definitiva, evitando que nuestra confianza en los fármacos se diluya.



