
Solamente dos veces lo vi pelear en vivo. Cuando tenía yo 8 años de edad acompañé a mi hermano Eduardo a verlo desde ring side en la Plaza de Toros Mérida contra el filipino Rudy Billones. Fue una emoción que compartí hasta mi adolescencia cada vez que tuve oportunidad. Muchos años después supe que el filipino venía con una racha de siete derrotas en línea, a la que se agregarían esta y una más, que obligaron a su prematuro retiro.
La segunda vez, ahora con mi padre, fue de campeonato mundial contra el jalisciense Antonio “Poema” Avelar, de quien se decía que contaba con el bachillerato concluido y gozaba de una posición económica desahogada, por lo que sólo peleaba por gusto. Desde algún lugar de ese lleno total un aficionado repetía una y otra vez: “¡De ese ‘Poema’ no va a quedar ni un verso!”. Nunca despertó alguna reacción, pero su vaticinio se cumplió, pues Miguel Canto ganó de calle. (Avelar tendría que esperar un tiempo para obtener un campeonato mundial).
Agrego otra ida con mi papá a la Plaza de Toros Mérida para ver (lo correcto es medio ver) en una pantalla gigante la pelea contra el desconocido tailandés Facomron Vibonchai, con apenas siete combates profesionales. Tailandia es una potencia boxística, aunque con campeones distinguidos por su fiereza, mas no por su técnica. Algunos atribuyen —sin base real alguna— su manera tan tosca de pelear a que también practican su boxeo autóctono, el cual incluye las patadas.
Y ese “medio ver” que mencioné se debió a que el empleo de pantallas gigantes era algo rarísimo en la Mérida de ese 1978, por lo que la imagen estaba tan borrosa y el audio por completo ininteligible que ni cuenta nos dimos de que Canto había estado sangrando desde el cuarto round debido a un choque de cabezas. Incluso saber quién había ganado fue inferido entre los mismos aficionados. Ya minutos después, gracias a la radio, tendríamos claro lo que había ocurrido: decisión dividida a favor de Miguel.
Varios nombres terminaron siendo asociados a su carrera, empezando por su manager Jesús “Cholain” Rivero, hombre de libros y de ideología marxista; seguido por los contrincantes que le dieron más batalla: Alberto “Costeño” Morales, Ignacio Espinal, Shoji Oguma, Martín Vargas, Chan Hee Park y Betulio González. La pelea con este último en Monterrey fue demostrativa de los regionalismos que prevalecían y aún persisten en México. Su fracaso económico se debió a que a los norteños no les interesaba ver pelear a un púgil del Sureste. Eso no lo sabía aquel mañoso promotor venezolano Rafito Cedeño y a sus berrinches se sumó el de su protegido Betulio, luego de la derrota, al lanzarle una patada desde el ring al presidente del CMB, de nacionalidad mexicana.
Miguel Canto tenía sus detractores: “¡Puro correr hace!”, “Sólo lanza golpes en los diez segundos finales de cada round”, “Es fastidioso que no trate de noquear”, pero eran más sus defensores: “En el boxeo es más difícil defenderse que atacar”, “Es muy buena técnica atinar unos pocos golpes y que tu rival haga el ridículo lanzándolos al aire”. Sobre todo, se exaltaba la eficiencia de sus movimientos. Y si se mira su trasfondo, las reglas del Marqués de Queensberry priorizan la defensa sobre el ataque, al considerar como más importante la integridad física del boxeador.
Canto poseía un estilo personalísimo, resultado de una estrategia y generador de una estética. Dominio cerebral y somático, con trazos elegantes sobre el ring y el frente a frente. Un poder sobre el espacio amplio y el limitado, con su rival sometido a sus hábiles desplazamientos y torsiones.

Vi por la televisión la mayoría de sus peleas de campeonato. Ya en su etapa de excampeón, la final y penosa, recuerdo en especial su combate con Orlando Maldonado, púgil puertorriqueño de 20 años de edad. En esa pelea Canto lanzó un gancho casi sin potencia, pero tan refinado, tan directo al lugar preciso, que mandó a la lona al rival. El joven boricua se levantó con facilidad en dos segundos e hizo una caravana de reconocimiento a la maestría de su contrincante.
Comparo ese golpe con aquel de Juan Manuel Márquez (quizá el último gran campeón que ha tenido México) con el cual dejó tumbado durante largo rato a Manny Pacquiao. El de Canto era arte primero que nada y luego una apenas desarrollada tecnología corporal; el de Márquez era, sí, una avanzada tecnología corporal, diría yo que racionalizada, planeada y eficazmente practicada.
Volviendo a la pelea con Maldonado, un desafortunado y brutal cabezazo involuntario de éste obligó a que fuera descalificado, con la consiguiente victoria del yucateco. El joven de Puerto Rico, lleno de pena, se deshizo en disculpas ante el público por lo ocurrido.
Varias veces he oído decir a un experimentado periodista que “el colmo de Miguel Canto es que tiene una avenida, pero carece de casa propia”. Haberle puesto su nombre a una arteria urbana me parece justo. El deporte es parte de nuestra vida social y de nuestra cultura y él fue un deportista ejemplar a todas luces. De ser cierta la otra parte de la frase, es lamentable que como sociedad no hayamos sido capaces de generar los medios para brindarle ayuda. Ya fallecido, nos acordamos de lo que significó, lo vitoreamos y apenas queremos reconocer la injusta modestia obligada en que vivió el último tramo de su existencia.
Un periodista cultural, de esos tantos que vienen a congresos literarios y pasean y comen rico y abundante con dinero de los yucatecos, devolviendo tales atenciones con reclamos y regaños, comentó con severidad en una ponencia que era una vergüenza que los yucatecos no hubiésemos escrito nada acerca de nuestros campeones mundiales de boxeo. Al momento de la intervención del público alcé la mano, efervescente, pero como se cumplió la cuota de los dos participantes me quedé con las ganas de rebatirlo.
Hay un buen número de crónicas, reportajes y entrevistas relativas a esos campeones, publicadas en periódicos y revistas de nuestro estado. Mencionando algunos nombres, aparecen Eduardo Amer y Juan Brea (Felipe Escalante Ruz), así como una crónica que leí en mi infancia, quizá de Alberto Cervera Espejo o de algún otro colaborador del Novedades de Yucatán, titulada más o menos así: “Canto, maracas, Caracas, Maracaibo… y no me caigo”. Agrego a ello un divertido cuento de Conrado Roche, donde el embrollo está en las inesperadas circunstancias que trae consigo la transmisión radiofónica de una pelea campeonil de Miguel Canto con un japonés. Todo ello debería recopilarse en uno o más libros, aun con los engorrosos trámites de derechos por los autores fallecidos.
De niño la disyuntiva era Miguel Canto o Vicente Pool. Canto fue el que escaló las alturas nacionales y mundiales, despertando admiración, pero no pasión. Nadie ha puesto en duda su maestría. A 40-50 años de sus hazañas, el número de sus principales admiradores ha decrecido al igual que el fervor por el boxeo. Pero no me cabe la menor duda de que es un boxeador que ha alcanzado la condición de un clásico, semejante a los de la literatura.



