Cultura

Club del libro

Durante los primeros años de nuestro Club del libro, fundado a finales de los ochenta del siglo pasado, todos leíamos y comentábamos la misma obra, investigábamos la trayectoria del autor o autora, la recepción de la crítica, etc., etc. Así fue hasta que a una de las socias se le ocurrió la feliz idea de modificar radicalmente el sistema: que cada quien lea lo que quiera y luego lo platique al grupo. No hubo oposición.

La nueva dinámica nos permitió enterarnos oportunamente de novedades literarias en diversos géneros y de ensayos sobre todo tipo de asuntos, incluida la ciencia, ya que a algunos de los integrantes del grupo les encanta incursionar en los vericuetos de la física cuántica, la mecánica de fluidos y la robótica industrial. Cuando a estos últimos les corresponde comentar sus lecturas nos esforzamos por disfrazar nuestras caras de aburrimiento o de franco desconcierto. Es la pura verdad, al menos en mi caso.

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Así pasaron varios años, hasta que recientemente otra compañera del club propuso una nueva vuelta de tuerca:

— Que cada quien asuma el compromiso de poner en práctica, al menos por un día, las costumbres o manías de los personajes principales o secundarios. ¿Qué les parece?, preguntó Clara.

(Mientras que a los científicos del grupo no se les ocurra hacer experimentos peligrosos durante nuestras juntas, no creo que haya problema, pensé)

Para asimilar aquel extravagante planteamiento acordamos reunirnos el 10 del mes en curso. Roberto preguntó si debíamos filmarnos con nuestros celulares para evidenciar que efectivamente habíamos cumplido. Hubo una breve discusión que concluyó con un voto de confianza: “no es necesario, basta con que lo hagas y luego lo platiques”. Huelga decir que todos esperábamos con ansias esta sesión, pues intuíamos que sería más interesante que las que habíamos sostenido hasta entonces. Se indicó que, para sentirnos más a gusto, la junta se llevara a cabo en un espacio privado, amplio y ventilado, y no en la cafetería de costumbre. De los tres que ofrecieron sus casas, se seleccionó la de Esther, que nos quedaba más o menos cerca a todos.

En la víspera nos proveímos de platos, vasos y cubiertos desechables, pedimos refrescos, pastel, tacos y pizzas al pastor y nos entregamos de lleno a nuestra sesión en la amplia terraza del inmueble, flanqueada por una piscina y cocoteros iluminados.

–¿Quién se avienta al ruedo primero?, pregunté. Hubo risas, pero nadie dijo yo. Por fin, Víctor alzó la mano.

–Decidí salir a la calle y detenerme a recoger cualquier papel roto para leerlo, a semejanza del personaje principal de El Quijote, según ….

–¡Hijos, yo he comenzado a leer ese libro siete veces y no he pasado del primer capítulo!

–No eres el único, a mí me ha pasado lo mismo.

–Es que está gordota esa obra.

–¿No sería más práctico leer un resumen?

–Les decía, que salí de mi casa y recorrí la avenida principal de mi rumbo extremando precauciones al caminar sobre las escarpas pues hay huecos, registros sin tapa y rampas sin señalamiento; lo mismo que al cruzar las calles, pues muchos conductores se pasan la luz amarilla y en ocasiones incluso la roja de los semáforos. En medio del ruido de camiones, coches y motos miraba por todas partes en busca de impresos de cualquier tipo, pero para mi sorpresa no encontré ninguno. Entonces me hice varias preguntas: qué tipo de papeles se encontrarían en las calles de la España de los siglos XVI y XVII; efectivamente existía la costumbre de arrojarlos en la vía pública o fue nada más un recurso retórico de Cervantes para convencernos de la compulsión o desvarío de su hidalgo. ¿Somos tan bien educados en el siglo XXI que ya no tiramos papeles en las calles o contamos con el sistema de recolección más eficiente del mundo?

(Francamente estas sesudas elucubraciones de Víctor ya me estaban aburriendo).

–Si en vez de mirar hacia abajo hubieras alzado la vista te hubieras topado con todo tipo de textos en los llamados espectaculares, indicó Ernesto. Son una auténtica plaga.

–Además de que contaminan el ambiente, intervino Rita.

–Lo mismo que las pantallas de TV gigantes incrustadas aquí y allá y que son una peligrosa distracción.

–¿Entonces cómo calificarías tu experiencia, Víctor?

–De buena pues hice a un lado mi rutina e intenté hacer algo diferente.

(No voy a caer en el clisé de “Se los dije, los clásicos son aburridos” porque lo más probable es que el letárgico sea Víctor, aunque sin duda hubiera sido más interesante que optara por propiciar, digamos, un encuentro con alguna Dulcinea o al menos que montara un poni en vez de un Rocinante)

–¿Ahora, quién dice yo?, pregunté de nuevo.

Eutimio nos contó que estaba leyendo el libro LSD. Cómo descubrí el ácido y qué pasó después en el mundo de Albert Hofmann y que para recrear el célebre desplazamiento de ese científico de su laboratorio a su casa, bajo los efectos de esa sustancia sicodélica, había desempolvado su vieja bicicleta de montaña.

(¿A quién se le ocurre tener una bicicleta de montaña en esta monótona planicie?)

–¿Y te metiste LSD como lo hizo Hoffman?

–No, para nada. Yo solo consumo drogas legales, así que le transé a mi jefe un Diazepam y un Viagra.

–¡Qué bruto! ¿Por qué combinaste esas pastillas?

–Nada más por experimentar, a tono con el espíritu de don Albert.

–¿Y qué sentiste mientras paseabas en tu bicla?

–Nada; los efectos vinieron después, cuando regresé a mi casa, almorcé, me bañé y me acosté a dormir la siesta, que se prolongó hasta las seis de la mañana del día siguiente.

–¡Ese sí que fue un viaje muuuuuy largo!

Por su parte, Odilón dijo que inspirado en uno de los personajes del cuento El fluir de la vida de Ricardo Piglia solicitó la anuencia de su esposa para fotografiarla en la cama en todas las posturas posibles, de espaldas, al sesgo, con disfraces, en cueros, con vestidos….

–¿Y aceptó?, preguntaron tres simultáneamente.

–No solo me mandó por un tubo, sino que me consiguió una cita con el Dr. Espadas porque, según ella, es evidente que ya presento síntomas de locura. No obstante, seguí leyendo los Cuentos completos del argentino.

(Lástima, pues con ese material gráfico yo habría gestionado al menos una exposición privada en alguna galería de Santiago)

Sin incitación de por medio, Esther tomó rápidamente la palabra con el evidente fin de evitar que alguien más se le adelantara:

–En las últimas dos semanas decidí estar desnuda en mi casa. Apenas llego del trabajo me despojo de mi ropa, zapatos, aretes y pulseras, expresó.

–¿Uay, no te da frío, chula?

–Para nada.

–¿Cierras ventanas y cortinas?

–Al principio lo pensé, pero luego dije: al carajo, el que quiera ver que lo haga.

–¡Qué aventada!

–No niego que al principio me sentí rara, pero con el paso de los días me olvidé de aquella primera sensación. Mientras recorro la casa me esfuerzo por ser consciente de la dureza del piso, la suavidad del sofá, las caricias de las plantas, del movimiento ondulante de mi cuerpo; subo las escaleras y observo cómo mis senos y mi vientre responden a la fuerza de gravedad, me detengo ante el enorme espejo de la sala que ustedes vieron al entrar y examino cuidosamente toda mi superficie corporal.

–¿Toda, sin excepción?, inquirió Benigno.

–Sí.

–Mmmmm.

–Después me meto a la piscina, nado durante unos quince minutos y luego simplemente me mantengo flotando en la superficie del agua mientras contemplo las nubes, escucho atentamente los sonidos del ambiente y disfruto de una copa de vino. Creo que hasta dormito unos minutos.

(¿Esther, por qué no repites en este preciso momento todo lo que nos has platicado?)

–¡Te arriesgas a morir ahogada¡

–Tiene sus beneficios vivir sola.

–¿No has visto a algunos de tus vecinos fisgoneando por ahí?

–Me tienen sin cuidado. Les confieso que me encanta tanto la experiencia que estoy pensando seriamente en adoptarla en forma permanente.

–Espero que cuando te dé por cocinar te pongas aunque sea un delantal, chulis.

–Solo te faltó rociarte Chanel Nº 5 para dormir como Marilyn. Jajaja.

–Me inspiro en ella, china.

Un aplauso espontáneo y numerosos murmullos rubricaron su relato. Hubo otras intervenciones, pero las dejaremos para otra ocasión porque este recuento ya se extendió demasiado.

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