
Fue un hombre íntegro, acostumbrado al trabajo, hábito forjado desde su infancia en la milpa, donde participaba junto con toda su familia. Firme en su conciencia de hombre maya, de intelectual maya, nos brindó un conocimiento de la microhistoria de su pueblo natal, Muxupip, con hechos destacables como la historia de su Sociedad Ejidal y el velorio que cada año, desde 1925, se ha efectuado a la memoria de Felipe Carrillo Puerto.
Nació en 1951 y falleció el pasado 2 de junio. Promotor cultural formado en la Unidad de Culturas Populares, licenciado en Antropología y catedrático universitario, siguió siempre orgulloso de sus raíces mayas y muxupipeñas, compartiendo sus saberes en cuanto foro tuvo oportunidad de hacerlo, ya fuese en poblaciones yucatecas o de otras entidades y del extranjero.
Tanto por escrito como en sus charlas Santiago defendía la alimentación proveniente de la milpa y de los cultivos de traspatio, “fuente de vida y salud”, como podía leerse en el subtítulo de uno de sus libros bilingües. Conocía las propiedades alimenticias y salutíferas de los productos del cultivo tradicional, ya fuese colectivo o doméstico, lo cual explicaba con convicción, abundando en los ejemplos.

Lo traté de manera intermitente a lo largo de unos 35 años, en buena medida por razones editoriales: en tres libros institucionalmente y en dos más como parte del trabajo independiente. Fue maestro universitario de maya, idioma que dominaba desde el ámbito familiar y luego en el aprendizaje académico de su gramática y ortografía, pero hablaba y escribía el español correctamente, con una pulcritud sintáctica y lexical de la que carecen vergonzosamente tantos escritores que han tenido el idioma de Cervantes como nativo y único.
Fue de los escritores mayas que recibieron las enseñanzas de Carlos Montemayor, a quien le profesó siempre un profundo agradecimiento. Tan entrañable amigo suyo que lo visitó tres veces en Muxupip, la última vez el día de su boda en 2009 con Martha Elena Tec Chi, donde fue el padrino y participó a gusto en el festejo, incluso bailando música tropical a pesar de encontrarse ya mal de salud, como pudimos ver en un video proyectado como parte de un homenaje póstumo a dicho poeta, novelista, ensayista y políglota chihuahuense un año después.
Santiago siempre fue muy respetuoso, al grado de que le reclamaba amistosamente que mientras yo lo tuteaba, él me trataba de usted, a pesar de ser mayor en edad. Nunca dejó de hacerlo, pero le agradeceré siempre su estimación, expresada de tantas maneras con la sinceridad que lo caracterizó. Por supuesto, reconozco el aprendizaje que tuve a través de sus libros y de sus charlas.

De manera constante, manifestaba sus ideas políticas con pasión, criticando lo que consideraba negativo de tal o cual orden de gobierno, y era claro que tenía como propósito la justicia social, sobre todo para los campesinos y los pueblos originarios. Su conciencia identitaria le hizo exclamar en el homenaje que le rindieron el 19 de febrero pasado en el Auditorio Manuel Cepeda Peraza de la UADY que los mayas no podían renacer porque nunca habían dejado de estar vivos. Su ¡kuxano’on! (¡estamos vivos!), expresado con fervor, retumbó en el recinto.
Es triste que no haya podido gozar más tiempo su reciente jubilación, en la cual hubiera sido ideal que nos siguiera brindando su sabiduría acerca del medio rural y de las tradiciones y costumbres mayas, que siguiera enseñando el idioma y la cultura maya a las nuevas generaciones yucatecas y de otras regiones del mundo, que continuara compartiendo sus relatos de tema rural. Nos quedan, sin embargo, sus libros y puede conocérsele más a fondo gracias a la biografía escrita por Arturo Mijangos, publicada por Kóokay Ediciones en este 2026.
Adiós, Santiago, sabio maestro, narrador, aportador de facetas poco conocidas o negadas de la cultura yucateca tanto maya como mestiza, digno seguidor de Felipe Carrillo Puerto, a quien tanto admiraste.



