
La actitud de la actual ciudadanía es pasiva ante eventos elementales como las lluvias. Todos saben la llegada de ellas y sus efectos negativos, en muchos ámbitos, pero nadie hace nada (pudiendo hacerlos), para evitar esas consecuencias. Muchas personas exigen servicios, atención y soluciones de la ciudad o del gobierno, pero no asumen responsabilidades hacia la comunidad, el espacio público o la vida colectiva. La culpa de ello, es la idea política que les sembraron de que sus impuestos deben servir para todo.
Los meridanos actuales exigen todos los derechos, pero olvidan que también existen deberes hacia la ciudad que habitan.
Ante las inundaciones, muchas personas se subieron videos de la condición en que quedó la ciudad. Y dos por lo menos, me resultaron absolutamente grotescos y groseros. En el primero, una muchacha, a grito pelado, le exigía a Cecilia Patrón Laviada, que se pusiera a trabajar y dejara de hacer política. En el segundo un par de mujeres rubicundas, como las esculpidas por Botero, o las pintadas por Castro Pacheco, levantaban la alcantarilla de la puerta de su casa, y a base de insultos, las limpiaban, mientras decían que eso era labor de las autoridades.


Si una persona no siente la ciudad como propia, tiende a verla solo como una proveedora de servicios y no como una responsabilidad compartida. Por eso reclama, acusa y exige, pero participa poco en su cuidado, conservación o construcción.
Cuando fui niño, antes de las lluvias, mi mamá organizaba a sus nueve hijos para que subieran al techo de la casa a barrerlo, quitar las hojas de los árboles y encalarlo un poco, para que el agua cayera muy limpia al depósito destinado a su consumo. Luego, en el patio, que tenía unos cuarenta metros, nos señalaba qué objetos debíamos retirar para evitar encharcamientos que pudieran representar un peligro al salir. Tortillas, pan francés, frijoles, fideos y arroz nunca faltaban; había provisiones suficientes para cualquier contingencia.
Las lluvias eran incluso un placer, porque después de ellas llegaba, durante las noches, el interminable croar de las ranas y, al mediodía, el espectáculo de los turixes y las mariposas besando el manto del agua. Luego venían el reverdecer de los árboles y la floración silvestre.

Cuando la lluvia llegaba, mi mamá abría las puertas de par en par porque, según decía, «hay que dejarla pasar». Después colgaba las hamacas de todos para que escucháramos los truenos, la fuerza del agua y el momento en que la lluvia se iba alejando hasta convertirse en una llovizna casi imperceptible.
No había mucho que hacer en la calle, porque muchas aún no estaban adoquinadas. Sin embargo, las familias construían puentes de piedra para poder ir de un lugar a otro.
Me voy al otro extremo del cuidado que una ciudadanía puede tener por su ciudad. En una ocasión, en Chicago, mientras me hospedaba en un hotel para artistas de la Dearborn Street, presencié algo que me impresionó profundamente. Los sábados, en el enorme parque Abraham Lincoln, los habitantes de la zona —de clase media alta, por cierto— acudían voluntariamente a limpiarlo de manera meticulosa: podaban plantas, recogían basura, la embolsaban y la dejaban lista para que el ayuntamiento hiciera su parte.

Aquel parque era motivo de orgullo para la ciudad y había recibido diversos reconocimientos por su limpieza y por el compromiso cívico de quienes lo cuidaban. Y la pregunta es inevitable: ¿quiénes disfrutaban de ese lugar en la vida diaria? Precisamente los mismos ciudadanos que dedicaban parte de su tiempo a conservarlo.
El frente de tu casa es como parte de tu propiedad, debes mantenerlo desyerbado, limpio y sin objetos de plástico que son los que en realidad provocan todas averías que molestan a los habitantes de distintos rumbos de Mérida.
La Tía Chayo y todas las yutuberas enmestizadas, en lugar de salir a bogar agua mostrar más de lo mismo, deberían de servir de ejemplo para iniciativas positivas como las que he descrito.
¿Lo harían? Me parece escucharlas: “¿Me van a pagar?”. ¡Me jodí, no voy a hacer propaganda gratis!
Eso mismo dicen las que suben los podcast de los que hablaba al principio.



