
Quien habría de ser uno de nuestros principales investigadores de historia y literatura daba grandes zancadas por la cancha rumbo al patio del Colegio Americano, evitando que un obeso perseguidor pudiera darle alcance en el juego de encantados. “¡Hasta cree ese gordito que lo va a encantar!”, comentó riéndose otro niño que al igual que yo estaba de observador apoyado en la reja de la terraza techada, mientras comíamos alguna golosina. Nadie podía alcanzar a aquel niño, aunque era común en él que al estar quieto se atontara y entonces sí lo pescaran.
¿Cuánto habrá influido ese tipo de juegos en la vida de ese futuro historiador y literato que corría como gacela y del otro que echaba inútilmente el bofe? ¿Cuánto en la vida de todos los que jugamos encantados, pesca-pesca, guarda-guarda brinca-burro y demás juegos infantiles de carreras y de equipos?
Esos juegos tienen una historia de siglos o milenios, ya sea que provengan de otros continentes o de aquí, y cumplen muchas funciones, más allá de la activación física. Son modos de mantenerse alerta, de adquirir conciencia hacia los espacios y los desplazamientos, pero sobre todo de tener un sentido de participación colectiva y por extensión de pertenencia a un grupo, procurando competir sin que ello sea impedimento para la convivencia.
Habría que analizar el efecto de su disminución en la práctica de las generaciones recientes. Una baja debida al sedentarismo obligado por el tránsito y los riesgos callejeros, a la maquinización de los juegos y juguetes y a la falta de continuidad generacional.
Cuando entré a trabajar al área social y cultural del ISSSTE en 1989 me pareció interesante que el departamento de Fomento Deportivo promoviera un taller de juegos tradicionales, coordinado por una instructora en la explanada donde se ubican la tienda y la biblioteca pública de dicha institución federal en la colonia Pensiones. Se veía a los niños corriendo, escondiéndose, riéndose. Y luego de la satisfacción y el agotamiento de las carreras, seguían con los juguetes de origen artesanal (aunque ya fabricados en serie a base de plástico u otros materiales industriales) como el trompo, yoyo y balero, e incluso el tinjoroch de corcholata aplastada.
En ocasiones, el departamento de Acción Cultural se sumaba a la promoción de este tipo de juegos en Mérida y otras poblaciones, sobre todo portuarias, como ocurría en las temporadas de vacaciones de primavera y verano con juegos en la arena, incluyendo a veces el vuelo de papagayos.
En la década de 1990, jóvenes voluntarios de una asociación civil organizaban estos juegos en plazas céntricas de Mérida, principalmente en los parques de la Madre e Hidalgo, con el propósito de integrar a los niños en situación de calle. Durante un buen tiempo fueron una parte alegre del panorama nocturno meridano.
En tiempos más cercanos supe de un programa de seguridad de algunos de nuestros gobiernos estatales, donde policías varones y mujeres se presentaban en plazas o terrenos públicos de colonias marginadas de Mérida y Kanasín para propiciar esos juegos infantiles de convivencia. Por lo que he escuchado, ante la desconfianza de los residentes hacia los uniformados, empezaban poco a poco jugando con unos cuantos niños y niñas, pero luego se iban sumando las mamás y hermanos mayores, hasta que, por último, contaban también con la participación de algunos de los papás.
Ese programa tenía como objetivo la prevención del delito y no me cabe la menor duda de que era una feliz idea con intención integradora en lo vecinal y lo familiar.
Ignoro si alguna institución gubernamental o de la sociedad civil se ocupe ahora de organizar actividades lúdicas con propósitos sociales. Que procure la recuperación de estos juegos tradicionales que han sido pilares en la cohesión cultural de Yucatán y en el grado de tranquilidad social tan celebrado.
Estos juegos son una manifestación cultural que se encuadra en la categoría de las actividades de participación. Es un tema que tiene que recuperarse de distintos modos: antes que nada, con el mismo hecho de practicarlos, pero también procurando hablar y escribir de ellos y hacerlos familiares para todos por medio de la frecuencia de las imágenes.



