Opiniones

Hay que ver cómo van las mestizas a la jarana de Yucatán

Quien diga que la jarana —ese corazón que late en la vaquería— está moribunda, no sabe lo que dice. Basta con haber estado en la explanada del Museo del Mundo Maya, el sábado 25, para desmentirlo sin titubeos.

El sol caía a plomo, rajando la piedra y encendiendo el aire. A las cuatro de la tarde, por escalinatas y andadores, comenzaban a asomarse —como convocados por una antigua memoria— los jaraneros. Llegaban con paso firme, con la ropa blanca encendida, con el ánimo dispuesto. Los motivos eran varios, pero dos sobresalían: la presentación de un disco de jaranas de una orquesta de Tizimín y la celebración anticipada del Día Internacional de la Danza.

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Hoy, una vaquería tiene la fortuna —y también la responsabilidad— de sostenerse gracias a esos grupos de jaraneros que, desde el interior del estado, viajan para engalanar cualquier fiesta, en cualquier rincón de Yucatán. No llegan solos: traen consigo su embajadora, su organizador, su columna de baile. Traen, sobre todo, una manera de estar en el mundo.

Desde niño asistí a las vaquerías de Acanceh y Tecoh, llevado por los lazos familiares; después, por razones profesionales, seguí presenciándolas. Y sin embargo, cada una guarda su asombro intacto.

La del sábado reunió a muchas de estas agrupaciones. ¿Cuántos bailadores llenaron la explanada? Intentemos una cuenta: cinco parejas del Ballet Folclórico del Estado suman diez jaraneros. Si calculamos la presencia de representantes de unos cuarenta municipios, la cifra se eleva fácilmente a cuatrocientas personas vestidas con el traje regional. Una multitud que no desentona con las grandes vaquerías tradicionales. Porque son ellos —los grupos— quienes sostienen, nutren y multiplican estas celebraciones.

Y ahí estaban también los otros protagonistas: los familiares. Felices, atentos, guardianes de mochilas y botellas de agua, pero sobre todo, testigos. Con el celular en la mano, capturaban cada giro, cada zapateo, como si quisieran retener el tiempo.

Fue especialmente revelador ver a los niños y a las niñas: pequeños cuerpos ya iniciados en la cadencia, en el ritmo, en el orgullo. Con sus trajes diminutos, se entregaban al huachapeo —que no es zapateo— y al valseo, siguiendo los compases de 3/4 y 6/8 con una naturalidad que emociona.

Conviene, sin embargo, hacer justicia a la memoria. No es esta la primera vez que Mérida presencia vaquerías monumentales. Humberto Novelo Ascencio organizó una memorable en el parque deportivo Carta Clara; en el Palacio Municipal se vivió otra de gran resonancia. Y en San Sebastián, un personaje emblemático de los carnavales convocaba celebraciones que aún resuenan en la memoria colectiva.

Pero lo ocurrido el sábado confirma algo esencial: la jarana no sobrevive. La jarana vive. Y mientras haya mestizas que la bailen —erguidas, luminosas, orgullosas—, seguirá diciendo quiénes somos.

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