Cultura

Reflexiones de muerte

“En cuanto el cielo haya terminado con mi abuela, me gustaría que me la devolvieran. Gracias”.

Mi hija había escrito esto en el libro de condolencias del funeral de mi madre, una de esas ocurrencias presuntuosas e incongruentes de los adolescentes. Pero al volver a ver a mi madre, al oírla escuchar cómo funcionaba este mundo de “muertos”, como la gente le llamaba al recordarla… bueno, quizá María supiera algo.

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Es día de tormenta en la casa, pronto pasó y tuve un pequeño accidente, por lo que pude apretar los ojos con fuerza, los pedazos de cristal de la ventana, intenté quitármelos, pero hasta eso me parecía requerir un gran esfuerzo. Me estaba debilitando, marchitando. Aquel día, mi madre estaba perdiendo su luz. ¿Voy a morirme? Pregunté. No lo sé, Jorge. Sólo Dios lo sabe. ¿Esto es el cielo? Esto es Mérida, ¿no te acuerdas?…  si estoy muerto… si muero… ¿voy a estar contigo? Ella sonrió. ¡Hombre, ahora sí que quieres estar conmigo!. Quizá parezca una respuesta fría, pero mi madre solo estaba siendo ella misma. Un tanto divertida, un tanto chistosa, tal como hubiese sido de haber pasado aquel día juntos, antes de su muerte.

Además, tenía motivos, ¿Cuántas veces había optado por no estar con ella? Demasiado ocupado. Demasiado cansado. No estoy de humor para eso. ¿Ir a la iglesia? No, gracias. ¿A cenar? Lo siento. ¿Venir a verme? ¿Visitarme? No puede, quizá la semana que viene. Cuentas las horas que podrías haber pasado con tu madre. Son toda una vida.

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