Cultura

Cuando imitar se vuelve la forma más común de existir

En cada época aparecen. Cambian de ropa, de música, de palabras, pero el fenómeno es el mismo: los “wannabes”. Personas que adoptan una estética, una forma de hablar o un estilo de vida intentando parecer parte de algo… aunque en el fondo todavía estén buscándose a sí mismas.

La palabra puede sonar despectiva, casi como un juicio inmediato. Decirle a alguien “wannabe” implica señalar que no es auténtico, que está copiando, que está “intentando demasiado”. Pero la realidad es bastante más compleja. Ser un “wannabe” no siempre es fingir; muchas veces es explorar, probar, experimentar con distintas versiones de uno mismo. Especialmente en etapas como la adolescencia o la juventud, donde la identidad todavía está en construcción.

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Hoy, más que nunca, este fenómeno está a la vista de todos. Vivimos en una era donde las tendencias no solo existen, sino que se aceleran. Lo que ayer era original, hoy ya está saturado. Y gran parte de esa velocidad viene de plataformas como TikTok o Instagram, que funcionan como vitrinas constantes de estilos de vida aspiracionales. En cuestión de minutos puedes ver cómo vestir, qué escuchar, cómo hablar e incluso cómo pensar para encajar en determinado grupo.

El resultado es una especie de catálogo infinito de identidades. Están quienes adoptan la estética “minimalista”, los que siguen la vibra “retro”, los que se inclinan por lo alternativo, lo urbano o lo “lujoso sin serlo”. Y aunque cada estilo parece único, muchas veces se repiten patrones: mismos gestos, mismas frases, mismas poses. Es ahí donde surge la crítica: ¿hasta qué punto es expresión personal y en qué momento se convierte en imitación?

Sin embargo, reducir todo a una falta de autenticidad sería simplificar demasiado. Porque el deseo de pertenecer es profundamente humano. Desde siempre, las personas han buscado grupos con los cuales identificarse. Antes eran tribus, subculturas, movimientos culturales; hoy son comunidades digitales. La diferencia es que ahora todo sucede más rápido, más expuesto y con mayor presión social.

El problema no es querer formar parte de algo. El conflicto aparece cuando la identidad se vuelve una copia sin filtro, cuando todo gira en torno a encajar en una imagen en lugar de construir una voz propia. Cuando alguien deja de preguntarse qué le gusta realmente y empieza a preguntarse qué debería gustarle para ser aceptado. Ahí es donde el “wannabe” deja de ser una etapa natural y se convierte en una máscara difícil de quitar.

También hay que reconocer algo incómodo: muchas de las figuras que hoy admiramos por su autenticidad pasaron por procesos similares. Nadie nace con una identidad completamente definida. La mayoría construye su estilo a partir de influencias, referencias y pruebas fallidas. La diferencia es que antes ese proceso era más privado; hoy ocurre frente a una audiencia que observa, juzga y etiqueta en tiempo real.

Además, el concepto de autenticidad en sí mismo ha cambiado. En un mundo hiperconectado, donde todo ya parece haber sido hecho antes, ser “original” se vuelve un ideal casi inalcanzable.

Quizá la conversación debería cambiar. En lugar de dividir entre “reales” y “falsos”, sería más útil preguntarnos qué estamos buscando cuando imitamos algo o a alguien. ¿Es validación? ¿Es pertenencia? ¿Es curiosidad? ¿O es simplemente parte del camino hacia construir algo propio?

Al final, todos, en algún momento, hemos sido un poco “wannabes”. Y lejos de ser algo vergonzoso, puede ser una etapa necesaria. Porque antes de encontrar una voz propia, casi siempre toca probar muchas que no lo son.

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